Las claves
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Tenemos a Patxi López debajo, justo debajo, unos pocos metros en vertical desde la Tribuna de Prensa. A Patxi lo podría haber encuadrado Tusquets en aquella colección, "La sonrisa vertical". Porque a Patxi no se le valora lo suficiente. Siempre sonríe, siempre está de chascarrillo. Es una sonrisa absolutamente vertical, que nace en Moncloa y acaba proyectada en él.
Hoy era un día para estar a su lado, para hacerse consciente, como nos explicaban las monjas en el colegio, de lo importante de una sonrisa en momentos tristes. A Patxi le han robado, le han robado en la cara y lo sabe toda España.
Patxi no ha querido ir a una comisaría, a un tribunal ni nada por el estilo. Ha callado con resiliencia. Ha preferido sentarse en su escaño, cumplir con sus electores y renunciar a la propia honra para proteger la honra de un país.
Pocas horas antes de esta sesión de control en la que nos sumergimos, este periódico publicaba los mensajes que intercambiaba Koldo con su mujer durante las primarias de 2017. En esos mensajes se narra el atraco. Koldo le pide a su entonces pareja que meta los votos de "cuatro rumanos" –en favor de Sánchez– para adulterar el resultado final. Ella confirma el éxito de la misión.
En aquel 2017, Sánchez se enfrentó a Susana Díaz... y a Patxi.
Pero Patxi, con sus notas en cuartillas y sus caramelos, se ha presentado puntual, como un miércoles cualquiera, a su cita con el escaño. Aquel Patxi de 2017, tan irónico como ahora, humillaba a Sánchez preguntándole, Pedro, si sabía lo que era una nación. La sonrisa vertical ha tenido su impacto: Sánchez sigue sin saberlo y ahora tampoco lo sabe Patxi.
Resulta imposible no creer en el espíritu. Sánchez no está. En su escaño, por si acaso, por si Puigdemont quiere pedir algo, hay un pinganillo. Y una caja negra. La caja negra de los Smint de María Jesús Montero. Sánchez sólo está en espíritu y, aun así, Patxi no es capaz de decir nada.
El Ulises de Portugalete tiene la fuerza de callar para proteger a todo un Estado.
A ratos mira el móvil, a ratos mira al techo, donde los disparos de Tejero, y a ratos, menos vehemente que otras veces, mira a la bancada del PP, que habla del robo, del atraco.
Cuando no está Sánchez, la sesión se convierte en un purgatorio de los desorientados. Un gesto parecido al de Patxi tenían los ministros de Sumar, que ya no saben si son ministros de Yolanda Díaz o de Rufián. Un diputado del PP le pregunta a la vicepresidenta por los líos fratricidas, los que contó Jorge Semprún, y Mónica García rebusca en su mochila.
Se van cayendo objetos de la mochila de la ministra de Sanidad como se les van cayendo los escaños en las encuestas. Hasta que, cuando parece que por fin va a emerger el piolet, sale la barra de cacao.
Miramos a los ministros de Sumar. A Mónica García, a Ernest Urtasun, a Pablo Bustinduy, a Sira Rego. Y de reojo a Gabriel Rufián, alumno aventajado de Ortega, vertebrador de España, que se ha puesto el traje de Falcon Crest. Están con la mirada alucinada de los poetas, casi todo el rato en silencio, deseosos de que alguna causa contra la extrema derecha les haga sentirse orgullosos –y aplaudidores– de su propio Gobierno.
Porque va enumerando la oposición los escándalos. Con poco talento y mucha frase hecha, todo sea dicho. Que si las primarias amañadas, que si el jefe de la Policía dimitido por una presunta agresión sexual, que si Koldo, que si Ábalos, que si Santos, que si el fiscal general...
¡Ellos, Sumar, que venían a regenerar la política! ¡La sonrisa vertical, Patxi, que publicó, entre otros, "Las 120 jornadas de Sodoma"!
Después es el turno de Belarra, que llama "ser despreciable" al dueño de Mercadona; y que pasa del análisis grotesco al análisis luminoso cuando hace un retrato perfecto de lo que es hoy la vida en España para la clase media-baja y la clase media en general: los alquileres, el coste de la vida, los sueldos miserables...
Y una guinda colosal: "Crece Vox, pero son ustedes los que alimentan el lodazal en el que crece la extrema derecha". Más razón que un Santos.
Una de las degradaciones éticas más impactantes es la respuesta a los escándalos que aparece en el argumentario de Moncloa. ¡Reaccionamos muy bien! ¡Llevamos casi ocho años gobernando, esas cosas pasan, pero cuando pasan, reaccionamos muy bien!
Esa es, lo juramos, la respuesta. Pasó lo de Santos. Hombre, lo cesaron. Pasó lo de Ábalos. Hombre, lo destituyeron. Pasó lo de Koldo. Hombre lo apartaron. Pasó lo del fiscal. Hombre, cumplieron la sentencia. Y ahora... ha pasado lo del jefe de la Policía. Hombre, lo han forzado a dimitir.
Como si lo que pasara fuera sólo tiempo, acontecimiento inevitable, el suceder de las magdalenas de Proust. Lo mismo pasa con el colapso de las infraestructuras. No importa el colapso, sino la respuesta que se da al colapso. Porque este es un Gobierno que responde. Gobernar no sabemos si gobierna, pero tiene respuestas para todo.
De Vox, poco se puede decir, en su línea, poniéndoselo cada vez más difícil a Feijóo y más fácil a Sánchez. Hoy, su dirigente Pepa Millán ha dicho –también juramos que es cierto–: "El salvaje oeste son los barrios de Barcelona donde no hay ningún español". Al final, sin darse cuenta, van a prohibir la entrada de Trump en España.
Y en el PP, en el contexto más fácil de la legislatura, el de las arenas movedizas, siguen sin darse cuenta, parece, de que sus abrazos a Vox suponen el crecimiento de Abascal y el decrecimiento de Feijóo. Este miércoles, Pedro Sánchez no estaba porque se había ido a la India. Y el PP sí estaba, pero se ha ido a Turquía.
La gran mayoría de sus diputados, golpeando los escaños, impidiendo la celebración de la sesión, gritando, unidos con Vox, ¡dimisión, dimisión! –dimisiones necesarias– a Marlaska primero y a Puente después. Confundiendo, ebrios de populismo, la jungla con el parlamentarismo.
