Las claves
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Para Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, uno de los conceptos clave en el vocabulario político reciente español es consenso. Pero a su juicio, ese eje vertebrador de la Transición se encuentra en un brete, prisionero de los nuevos tiempos de la división y el enfrentamiento.
Experto en los entresijos políticos de esa época, ha publicado obras sobre el 23-F y la relación de los socialistas con la Corona o una minuciosa biografía política de Adolfo Suárez.
Conoce bien el esfuerzo que requirió la muda del disfraz de la dictadura al traje de la democracia. Y por eso celebra la Constitución de 1978, que este martes se convierte en la más longeva de la historia de España, como un éxito colectivo.
Fuentes, ganador el año pasado del Premio Nacional de Historia con Bienvenido Mister Chaplin: la americanización del ocio y la cultura en la España de entreguerras (Taurus) y autor del más reciente Hambre de patria: la idea de España en el exilio republicano (Arzalia) aborda en esta entrevista los éxitos que ha acarreado la Carta Magna para la sociedad española y los desafíos a los que se enfrenta en un momento en el que ese "espíritu de consenso" está a punto de saltar por los aires —si no lo ha hecho ya—.
47 años de vida de la Constitución. ¿Es un éxito o que haya que celebrar esta efeméride implica cierta preocupación por su salud?
Es un gran éxito. La Constitución tiene sus achaques y requeriría una puesta a punto, pero por desgracia no se dan las condiciones políticas para ello. Estamos dejando demasiadas cuestiones importantes para más adelante, y la reforma constitucional es una de ellas, pero solo se podría abordar desde un acuerdo entre PSOE y PP, y eso hoy parece imposible.
¿El dato es un triunfo en sí mismo teniendo en cuenta el rosario de textos constitucionales que jalonan los dos últimos siglos de historia de España?
Sí, su larga duración es un triunfo en sí mismo y demuestra el acierto del consenso: llegar a un texto transversal que pudiera ser asumido por una amplia mayoría y que hiciera posible la alternancia en vez de dificultarla, como ocurrió con algunas constituciones anteriores, obra de una mayoría parlamentaria circunstancial o directamente de un partido.
Juan Francisco Fuentes es biógrafo de personajes como Adolfo Suárez o Largo Caballero.
Hasta ahora la Constitución más longeva era la de 1876, la de la Restauración. Como la de 1931, su fin llegó mediante un golpe de Estado. Nuestra Carta Magna sobrevivió al 23-F, ¿pero hay alguna lección a extraer de estos dos episodios?
Se pueden sacar varias lecciones. Una de ellas es que la del 78 también sufrió su bautismo de fuego, pero, a diferencia de lo ocurrido en 1923 o 1936, salió fortalecida.
Desde el punto de vista histórico, ¿cuáles han sido los tradicionales problemas y enfrentamientos que ha resuelto la Constitución?
El principal mérito fue romper con el espíritu partidista que animó a muchas de las constituciones anteriores y plantear un marco de convivencia suficientemente amplio y flexible como para facilitar la alternancia democrática y la adaptación del sistema a situaciones cambiantes e impredecibles cuando se redactó.
Los padres de la Constitución siempre han hecho hincapié en la dificultad de su redacción y desarrollo, en lo arduo que fue el salto de la dictadura al nuevo sistema democrático. ¿Cree que las críticas más furibundas al texto emanan precisamente del olvido de ese proceso, de dar por sentada la convivencia?
Es curioso que en una época en que se habla tanto de memoria haya tal desmemoria sobre las circunstancias que marcaron la Transición, entre otras el terrorismo, con 124 muertos en tan solo un año (1980).
Las dificultades del proceso constituyente explican que se prolongara durante un año y medio. Era el precio por alcanzar un acuerdo duradero, basado en una negociación extenuante.
La de 1931 se redactó en cuatro meses y uno de sus autores se jactó de que España tuviera por fin una Constitución de izquierdas. En menos de dos años esa mayoría había saltado por los aires tras las elecciones de noviembre de 1933 y la Constitución del 31 quedaba a merced de un partido, la CEDA, que ni siquiera existía cuando se redactó.
En términos históricos, la Constitución de 1978 supone un éxito sin precedentes. Hay que recordar que la más longeva hasta ahora, la de 1876, no era una Constitución democrática.
"Algunas críticas a la Transición no buscan una democracia de mayor calidad sino sustituirla por otra cosa"
¿Cómo recuerda el ambiente para la gestación de la Carta Magna? ¿Qué cree que fue lo más sobresaliente del proceso?
El ambiente era de esperanza, a pesar de las enormes dificultades del momento: terrorismo, crisis económica, miedo a un golpe militar… Pero las principales fuerzas políticas actuaron con sentido de la responsabilidad y la ciudadanía se lo reconoció.
En el referéndum del 78 el "sí" a la Constitución ganó por una abrumadora mayoría. Habría que recordar que es la única Constitución de nuestra historia que ha sido sometida a referéndum y que contó, por tanto, con una doble legitimidad democrática: la del Parlamento y la de su refrendo popular.
Además de dar legitimidad al texto constitucional con sus votos, ¿cómo habría que valorar la influencia de la sociedad española en 1978 a la hora de apremiar a los políticos de todo el espectro a ponerse de acuerdo?
Había una corriente muy fuerte a favor del acuerdo, de la reconciliación y del consenso, palabra que, por cierto, apenas se había usado hasta entonces.
Azaña se lamentó al final de su vida de que los españoles hubieran sido incapaces de establecer un régimen por "asenso común". Es lo que hoy llamamos consenso.
Me gusta recordar aquel consejo de Azaña en 1938 a los españoles del futuro: que aprendieran la lección de eso que él llamó "la musa del escarmiento" y no repitieran los errores del pasado. Es lo que se hizo en la Transición.
Juan Francisco Fuentes es Premio Nacional de Historia de España 2025.
¿La izquierda actual ha olvidado que fue la izquierda de entonces la que precisamente más empujó en las calles, con víctimas mortales mediante, para lograr esas libertades y derechos que fueron una utopía durante cuatro décadas de franquismo?
Sí, ya he dicho que hay una extraña desmemoria en sectores que curiosamente han sacralizado la memoria.
En este sentido, Herrero de Miñón dice que "algunos que intentan deslegitimar constantemente a la Constitución están donde están merced a la Constitución". Una curiosa paradoja, ¿no cree?
Es una paradoja o una obviedad, según se mire. En todo caso, conviene recordarlo: la izquierda actual y sus socios, que no son precisamente amantes de la Constitución, gobiernan gracias a ella.
¿Las críticas deslegitimadoras a la Constitución se pueden entender también como una reacción a una supuesta mitificación de la Transición democrática?
Marcelino Camacho, diputado comunista en las Cortes constituyentes, secretario general de CCOO y víctima cualificada de la represión franquista, afirmó en las Cortes en octubre de 1977 que lo que había vivido España en el último año había sido "casi un milagro". Quienes ahora descalifican la Transición no vivieron la cárcel, la persecución y el exilio, como Camacho.
"La izquierda actual y sus socios, que no son precisamente amantes de la Constitución, gobiernan gracias a ella"
En casi medio siglo el texto apenas se ha retocado mínimamente en tres ocasiones. ¿Señal de que ha envejecido bien o reflejo de la incapacidad de la clase política para embarcarse en grandes pactos?
Las dos cosas. Los retoques han sido probablemente insuficientes, pero es impensable que la clase política actual pueda ponerse de acuerdo en una reforma constitucional.
Probablemente ningún texto así sea perfecto. ¿Dónde colocaría usted el foco para acometer las reformas más necesarias?
Dejo esta cuestión a los constitucionalistas, que son los que entienden de esto. Por cierto, sería deseable que al Tribunal Constitucional llegaran los más cualificados e independientes constitucionalistas y no los más dóciles a las directrices partidarias o gubernamentales.
La Constitución y la Transición han sido defendidas por sus artífices como un extraordinario éxito colectivo. Un relato cuestionado por ciertos sectores en los últimos años… ¿Se ha perdido ese "espíritu de consenso"? ¿Es esto el núcleo de todos los problemas actuales de España?
Sí, yo lo veo como un gran éxito colectivo. Algunas críticas a la Transición no buscan una democracia de mayor calidad sino sustituirla por otra cosa. Ya dijo Camus que la democracia es un ejercicio de modestia. Las concepciones utópicas de la democracia a menudo conducen a situaciones muy poco democráticas.
¿Considera que la actual clase política está capacitada para recuperar ese "espíritu de consenso"? ¿Cómo se podría lograr en una sociedad ya tan polarizada?
Sinceramente, no lo veo posible. Tendrán que cambiar mucho las cosas. Tal vez en un nuevo ciclo político y con un PSOE que no apueste por levantar muros, sino por construir pactos de Estado duraderos.
Por otro lado, a pesar de los ímprobos esfuerzos de la clase política y del Gobierno por polarizar a la sociedad española y enfrentarnos los unos a los otros, la convivencia es todavía relativamente buena.
En todo ese tiempo, anda que no se ha escuchado veces que fulanito está "rompiendo la Constitución". ¿Cuál ha sido el mayor desafío al que se ha enfrentado o se enfrenta la Carta Magna?
El gran problema es el modelo territorial. Que se haya agravado desde entonces, en vez de haberse resuelto, puede llevar a pensar que estamos pagando, con retraso, pero con usura, el precio de un modelo mal diseñado en origen.
Es una interpretación comprensible, pero creo que injusta, porque es difícil imaginar qué alternativa se podía haber planteado entonces para resolver de una vez por todas el problema territorial.
Hay que asumir que hay problemas que, como dijo Ortega de la cuestión catalana, no se pueden resolver, solo se pueden "conllevar". Se hizo un apaño que sirvió durante un cierto tiempo y sin el cual España tal vez hubiera acabado como Yugoslavia.
Juan Francisco Fuentes.
¿La democracia española está en riesgo?
La democracia suele ser más fuerte de lo que creen sus enemigos de todo tipo, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. Al régimen parlamentario se le ha dado por muerto muchas veces desde el siglo XIX y ha superado crisis históricas que parecían irreversibles.
De todas formas, sus enemigos actuales, dentro y fuera de España, son temibles, así que no conviene confiarse en exceso.
¿Le augura muchos años de vida a la Constitución? ¿Cuál aventura que podría ser el mayor terremoto que sufra? ¿Reconocer un cambio en el sistema de gobierno de la Monarquía parlamentaria a la República?
Los historiadores somos malos predictores del futuro. Recuerdo a un prestigioso colega norteamericano que en los años 80 vaticinó que Estados Unidos se derrumbaría antes que la URSS. Este historiador sigue activo y de vez en cuando nos regala alguna nueva predicción. Siempre que lo hace pienso: "Al menos ya sé lo que no va a pasar".
¿Quién es el mayor garante hoy en día de la Constitución? ¿El Rey?
Sin duda, la Corona representa una línea roja hoy por hoy infranqueable, ante la cual han retrocedido, a su pesar, incluso algunos enemigos de la actual Monarquía parlamentaria, que lo son también de nuestra democracia.
Los Reyes y la Princesa de Asturias son un gran activo de nuestro sistema constitucional, tal como indican las encuestas.
"Para recuperar el espíritu de consenso se necesita un nuevo ciclo político y un PSOE que no levante muros"
¿Cómo compara el papel que jugó Juan Carlos I en la consolidación del sistema constitucional con el que ha desempeñado Felipe VI en un contexto de mayor polarización y crisis de confianza?
Son personalidades y momentos muy distintos. Nuestros retos y problemas actuales tienen poco que ver con aquellos, salvo el territorial, que es, si cabe, más grave que entonces, aunque haya desaparecido el problema tremendo del terrorismo.
La contribución de Juan Carlos I a la reconciliación, al consenso y al sometimiento de los poderes fácticos al régimen democrático es indudable, por grandes que sean los errores que haya cometido después.
Se ha dicho alguna vez que la declaración de independencia de Cataluña en octubre de 2017 fue el 23-F de Felipe VI. Hay algo de eso. Fue una crisis institucional gravísima en la que el Rey se la jugó, como su padre en 1981. Pero el paralelismo entre ellos casi se limita a eso.
Son épocas distintas, que requieren una interpretación diferente del papel del Rey. No olvidemos tampoco la influencia, yo creo que muy positiva, de la reina Letizia en el nuevo perfil de la Corona, muy siglo XXI.
