Sevilla

Pablo Casado no sólo dejará este sábado de ser presidente del Partido Popular. También deja el escaño en el Congreso de los Diputados "y toda responsabilidad en el partido". Su despedida, este viernes en Sevilla, la anunció en un discurso que fue una reivindicación de la obra que nunca jamás sucedió.

Una intervención con muchos menos aplausos que los recibidos por los demás oradores en la primera jornada del XX Congreso del PP. Bastantes al llegar, muchos al irse... y casi nada en medio. Sólo interrumpieron sus compañeros cuando habló del Rey Felipe, de las víctimas de ETA... asuntos definitorios, no descriptivos, de los populares.

Casado enumeró, más que disertó. Habló como cuando describía el contenido político en sus convenciones, desgranando su legado ideológico. Aunque sudaba demasiado, leía todo (pero sin entonación) y no hubo emoción, sino un adiós aséptico. Como tocaba en un cónclave que protagoniza otro, Alberto Núñez Feijóo... y en el que se le hizo venir para que se fuera, cumpliendo el acuerdo de la noche en la que claudicó ante los barones, "en un congreso democrático"

Porque Casado sigue sin saber qué mal ha hecho para que este PP, que deja "rumbo a la Moncloa", dijo, ya no sea el suyo. No se arrepiente "de nada", sostiene que hizo "lo que debía", alega que siempre dijo "la verdad" y proclama que sus "cicatrices", que las hay, "son las huellas del esfuerzo de trabajar por los españoles desde el proyecto político más importante de España, que es el PP".

Un proyecto que (añadió entre metáforas marineras) deja "encaminado a buen puerto", después de "gobernar el timón" frente a la corrupción "que nos hizo perder millones de votos", un centro derecha "roto en tres" y "el Gobierno más sectario y radical de la democracia".

Cierre de paréntesis

Pero rebobinemos un poco, porque los mensajes que rodearon al caído Casado en su última media hora ante la militancia se prepararon concienzudamente para que este sábado, de vuelta cada uno a su circunscripción, los compromisarios entendieran que el PP lo que cierra es un paréntesis. Y lo que abre es "el camino a la Moncloa".

Eso también lo asumió el saliente, cuando pudo hablar... lo hizo emparedado entre los expresidentes del Gobierno, José María Aznar y Mariano Rajoy, y el ungido para "volver a sacar a España del desastre en el que la meten nuestros adversarios". De la Monclo a la Moncloa...

"El futuro se hace dejando atrás los errores, pero no a las personas. Por eso quiero hablar del trabajo realizado por Pablo Casado... Pablo dio el paso cuando tenía que darlo, se hizo cargo del partido en un momento que no era fácil ni era bueno, hizo frente al Gobierno más radical de la democracia. Donde quiera que esté, gracias Pablo por tu esfuerzo". 

¿Dondequiera que esté? Al acabar este discurso de José María Aznar, hubo un revuelo en el salón... Alberto Núñez Feijóo subía las escaleras y se iba del auditorio, para ir dondequiera que estuviera Pablo Casado, esperando el turno para su último paseíllo.

"Entra en el recinto el presidente Casado", dijo por megafonía Teófila Martínez, presidenta del Congreso. No lo anunció como "presidente del Partido Popular". Y es que eso ya se lo habían llamado muchas veces varios oradores, desde primera hora de la mañana, al gallego que llega.

Eran en ese momento las 18.36 horas y, durante cinco minutos, Casado estrechó las últimas manos y dio los últimos abrazos al son de People have the Power, una canción de Patty Smith de 1988 que encerraba un mensaje... A las 18.41, las luces se apagaron. Justo a tiempo de que nadie pudiera comprobar si Isabel Díaz Ayuso dejaba de hacerse la distraída y, finalmente, lo saludaba. Pero es que tocaba presentar al "presidente del Gobierno Mariano Rajoy".

Luego, a las 19.27 horas, ya sí, Casado fue presentado como "presidente del Partido Popular"... y se pudo comprobar que a su funeral, el finado acudía con corbata negra de luto. Con sonrisa forzada, comenzó a hablar: "Al presidente Aznar lo he visto allí donde se me ha dicho, que esto de estar en funciones significa cumplir la disciplina desde el primer día".

Fue su único reproche, tan leve. Su compromiso militante no le permitía  liberar fantasmas.

Gastó 24 minutos de repaso a su trabajo, de reivindicación de sus planes inconclusos y de alarde (insistimos, sin tono) recordando que "el entorno era terrible" cuando tomó el partido en 2018, que "otras formaciones de centro derecha europeas han sido sustituidas en este tiempo por nuevas plataformas" y él, sin embargo, prevaleció ante "los que prefieren ser minoría indomable que mayoría imbatible"... pero a las 19.51, Casado dio la noticia

"Alberto, te agradezco el ofrecimiento para seguir trabajado contigo, pero creo que ahora toca que dé un paso al lado y deje mi escaño y cualquier responsabilidad en el PP. Aunque podrás seguir contando conmigo esté donde esté"...

Dondequiera que esté.

Cuentas pendientes

Antes de que hablara Casado, el Comité Organizador del Congreso había organizado un rosario de discursos territoriales. Dos recados iban implícitos en este diseño, según confesión de un miembro del comité organizador: en este partido "no sobra nadie" y este partido "se funda en cada rincón de España".

Vendidos en positivo (por supuesto), con esos mensajes arrancaron aplausos todos los barones regionales y los presidentes autonómicos. Pero pegando la oreja en los pasillos a cada corrillo de dirigentes y compromisarios, ambas ideas eran también un reproche a la anterior dirección, tan "dictatorial desde Génova"

En esas tres palabras de un líder regional "amigo de Pablo, al que quiero mucho", se resume lo de estos dos días de abril. El poder es del pueblo, de la gente, no de un valido. People have the Power...

Tres palabras para no pronunciar el nombre del que todos hablan pero que nadie mienta: Teodoro García Egea.

De entre esos líderes territoriales, sólo Ana Beltrán había puesto el foco más en Casado que en Feijóo. La presidenta del PP de Navarra es quizá la más casadista de los barones y baronesas, e introdujo un "agradecimiento especial" al ya casi expresidente. Algún barón comentó a este periódico "hoy era muy difícil ser Ana Beltrán".

Era más sencillo, quizá, ser Ayuso... o al menos, ella así se lo tomó en sus 10 minutos en el atril. Porque no tardó cinco segundos en atizarle a Casado: "Este congreso es el resultado de una crisis que nunca debió existir". Ni otros cinco en triuturar a Pedro Sánchez, "presidente del Gobierno más sectario e ineficaz" que ella dice haber visto.

Y, más que fácil, era glorioso ser José Antonio Monago. Este domingo entrará en la dirección como presidente del Comité de Garantías del partido, pero cuando hace mes y medio explotó el PP de Casado, las malas lenguas -otros barones- decían que a Monago "le vino Dios a ver" con esa crisis, "porque habría sido decapitado en pocos días".

No hubo más que ver su discurso, repartiendo palos al casadismo. Arremetiendo contra quienes "no respetan las canas, ni la experiencia de gestión, ni el amor a España". O contra los que hacen política "de tuit fácil".

Otras tres palabras.

...y es que el mismo mensaje secundario del congreso lo advierte. Porque, aunque Casado había sido recibido en el Fibes al grito de "¡presidente, presidente!" (y hasta sonrió), y pese a que el lema de su funeral es Lo haremos bien, la motivación de esta ceremonia sevillana es la de un "reinicio"

De ahí lo de traerlo a la capital de Andalucía, donde se refundó en 1990 aquella Alianza Popular en el PP de José María Aznar. De ahí lo del borrado implícito al que se somete, en este Congreso, toda la etapa de Casado. Y de ahí las reivindicaciones al pasado, no sólo al glorioso en Moncloa, sino incluso al de otros dos gallegos: el mentor de Feijóo, José Manuel Romay Beccaría, y el primero de todos, Manuel Fraga.

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