Patxi Zabaleta (Leiza, Navarra, 1947) creció en un caserío. Pero en uno de los de verdad, donde se producía casi todo lo que se comía. En casa hablaban euskera, aunque sus padres conocían el castellano. Creían en Dios. A los catorce, entró en el seminario, donde estuvo casi ocho años.

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Cuando a Zabaleta, histórico dirigente de Herri Batasuna, se le pregunta si alguna vez apoyó o justificó la violencia de ETA, responde: "No, nunca". Y, acto seguido, apunta a su educación cristiana. Hoy es agnóstico, aunque a veces va a misa porque le seduce el rito y lo que esconde.

En los ochenta, su oposición al asesinato le convirtió en uno de los dirigentes más controvertidos de la izquierda abertzale. ETA mataba y él lo condenaba, no así muchos de sus compañeros. Entonces, ¿por qué seguía militando? En torno a ese interrogante gira, por ejemplo, esta conversación.

Zabaleta reitera que no dio el portazo porque era "más efectivo trabajar por la paz desde dentro". Hasta que ETA le tachó de "traidor". Llegaron las pintadas, los insultos y los señalamientos. Hoy, pide un acuerdo entre la banda terrorista y el Estado para alcanzar una "amnistía" que dé lugar al "esclarecimiento de todos los atentados": "Se haría en dos semanas".

Patxi Zabaleta, el candidato nacionalista más votado de la Historia de Navarra, fundó Aralar, el partido del que proviene Jon Iñarritu. El diputado de Bildu copó las portadas esta semana tras dar el pésame a un parlamentario de Vox cuyo hijo asesinó ETA. "Es el camino a seguir", incide este poeta y escritor miembro de la Real Academia de la Lengua Vasca.

Pese a reconocer a Arnaldo Otegi como "hombre de paz", asegura que le haría "ilusión" que el actual líder de los abertzales reprobara explícitamente la violencia de ETA, tal y como hizo su discípulo Iñarritu.

¿Ha leído Patria?

Lo tengo, lo he ojeado, pero los que nos creemos escritores, aunque seamos malos, no somos buenos lectores. Nos saltamos páginas, vamos al final… Eso también es muy de abogados. Empezamos las sentencias por el fallo. 

¿Y qué le ha parecido?

Tengo la impresión de que es una novela parcial. Creo que no refleja lo que en realidad ocurrió. Aramburu tiene ese estilo que pusieron de moda, sobre todo, los autores americanos. A mí no me gusta, creo que no profundiza en los asuntos ideológicos. Hace descripciones sociales llamativas, pero a mí, personalmente, me aburre.

¿Por qué dice que la novela no refleja lo que sucedió?

La sociedad está pacificada. Tanto la vasca como la española. Nunca ha habido división social, sino política. Entre las imágenes culturales, la mejor prueba que encuentro de eso es una película: Ocho apellidos vascos. Debajo de ese éxito, anida una convicción: la sociedad está en paz.

Pero esa película representa un tiempo en el que no hay asesinatos. En los días de Patria había muerte, silencio y connivencia. 

El silencio se debe a que el asunto no ha acabado. Muchos insisten en que quedan 350 asesinatos sin resolver. Podrían esclarecerse rápidamente, en dos semanas, si hubiese condiciones para ello.

¿Condiciones?

El Estado no acaba de reconocer que ETA abandonó la lucha armada y desapareció. Poco después de concluir la Segunda Guerra Mundial, sólo estaban presos los jefes de la Alemania nazi, no los soldados, que fueron liberados a pesar de haber cometido una enormidad de crímenes.

¿Está diciendo que sólo deberían estar en la cárcel los jefes de ETA, y no todos los terroristas? 

Creo que una amnistía como la de 1977 sería el final más digno que podría tener esto. Para eso, el Estado debería reconocer la realidad. ETA ya no existe. Es surrealista que algunos estén presos hoy por “ser de” o “colaborar con” ETA.

Muchas de esas personas de las que usted habla no están en la cárcel sólo por “ser de ETA”, sino por matar.

Por supuesto. Ha habido asesinatos. La lucha armada nunca debió abordarse, debió cesar tras la muerte del dictador. En cualquier caso, y al margen de eso, es evidente que esos miembros de ETA, que actuaron a las órdenes de una dirección, también decidieron en buena parte el fin de la violencia.

Entiendo que ese es el relato que le gustaría para los colegios. 

Hay que estudiar la verdad. El relato tiene que ser plural. Los relatos oficiales no funcionan. Ya lo intentó el franquismo. Acaban siendo un mero relato más. La propia oficialidad los empobrece. Se convierten en instrumentales. La verdad está en el conjunto de los relatos. Y en ese conjunto va a quedar evidenciado que ETA fue un fenómeno de origen político.

También creerá que Franco, Mussolini, Hitler y Stalin actuaron por “razones políticas”. 

Claro que sí. No le quepa la menor duda. El análisis que se hace del fascismo y del nazismo es muchas veces político. Sin embargo, hay miles de parlamentarios que se hartan de hablar de ETA... ¡sin querer hacer un análisis político! Por eso me produce carcajadas y náuseas aquello que decía Franco: “Haced como yo, no os metáis en política”.

Sucede algo muy llamativo con los libros, películas y series sobre el terrorismo. Revivimos sensaciones que parecían olvidadas y todo esto sucedió hace un telediario. ¿Detecta cierta amnesia colectiva?

Sí, pero es una reacción de defensa social. La misma sensación se tiene cuando escuchas a los que padecieron la guerra. No contaban lo que les había pasado. No querían que se supiera ni en sus familias. Es una reacción psicológica y social que no es sólo de este caso, pero efectivamente, es así.

La eclosión literaria sobre ETA no es negativa. Puede provocar el hartazgo de algunos que no quieren saber, pero en los que siguen interesados, hace revivir sensaciones. Al fin y al cabo, esa es la literatura. La verdad se alcanzará si se puede llegar a un conjunto de relatos.

Una encuesta reciente diagnostica que en torno al 60% de los jóvenes entre 18 y 35 años no saben identificar a Miguel Ángel Blanco. Por otro lado, siete de cada diez ciudadanos no recuerdan el secuestro de Ortega Lara. ¿Le preocupa? 

Más que preocuparme, me parece que es un tema que debemos tomar en consideración. Las torturas, que se convirtieron en una forma de actuación constante y de la que presumían los policías, también merecen ser contadas hasta que lleguen al máximo número de personas. Siempre habrá una parte de la sociedad que cierre los oídos. 

Nunca apoyé la violencia, crecí en una familia cristiana; siempre defendí que había que dejar la lucha armada

Lo positivo del relato es la veracidad, pero para comprenderla hay que tener la capacidad de mirar al sufrimiento del de enfrente. Es bueno que salgan publicaciones, encuestas, películas y libros. Y que no sea con personajes tan estereotipados como en Patria. ¿Dónde están, por ejemplo, esos que primero apoyaron la lucha armada y luego dejaron de hacerlo?

¿Ese es su caso? En los ochenta y noventa, condenó los asesinatos de ETA, pero ¿los apoyó o justificó en algún momento?

No. Crecí en una familia cristiana. Ahora soy agnóstico, mal que me pese. Pero estuve en el seminario siete años y pico, hice la carrera de Filosofía valiéndome de lo aprendido allí… No, nunca apoyé la violencia. Siempre he defendido que había que dejar la lucha armada. También quise que la izquierda abertzale participara en las instituciones y que se creara la figura del militante dentro de Herri Batasuna. Estas dos cosas, aunque no lo parezca, están íntimamente ligadas con la paz.

Usted conoció mucha gente que defendía, apoyaba e incluso participaba activamente en lo que llamaban “lucha armada”. ¿Qué pasaba por la cabeza de los que estaban plenamente convencidos de que había que asesinar al diferente?

No los consideraban diferentes, sino “enemigos”. Los miembros de ETA luchaban contra el “enemigo que oprimía al pueblo”. Creían que lo suyo era una guerra; una continuación de la guerra civil contra Franco. Ese era, por ejemplo, el pensamiento de Monzón. Nunca dijo que la guerra había terminado. Hablaba de los guerrilleros emboscados en el monte. Con el paso del tiempo, encontraron a personas para continuar en eso. Hablo de la mentalidad de quienes usted me pregunta, no de la mía.

Usted condenaba los asesinatos de ETA, pero al mismo tiempo era miembro de la mesa nacional de Herri Batasuna. ¿La violencia no era motivo suficiente para marcharse del partido? 

La violencia era motivo suficiente para tratar de que dejara de existir. En 1998, perdí la esperanza de que podría reconducir a la izquierda abertzale desde dentro. Cuando vi que no había nada que hacer, nos pusimos enfrente. En Aralar, apostábamos por no negociar con el Estado. No queríamos que se escenificara que la lucha armada concluía a cambio de una contraprestación política. Queríamos ponerle fin de forma unilateral.

Pero, ¿qué sentía cuando ETA mataba y sus compañeros apoyaban el crimen o pasaban de puntillas por él?

Cojamos un ejemplo concreto: Tomás Caballero. Era íntimo amigo de un amigo mío. Caballero estuvo en el Ayuntamiento cuando se puso la ikurriña. Salió presidente del Consejo de los Trabajadores del Sindicato Vertical con el voto de diversas fábricas. Le apoyó mucha gente, entre ellos yo.

Escribí un artículo sobre la gran pérdida, el sinsentido político y el dolor humano. Fue lo máximo que pude hacer. ¿Debí haber dado el portazo a Herri Batasuna? Pues igual sí, pero eso se sabe después. No obstante, quizá mi actitud, estando dentro, fuera más efectiva. Le contaré otra cosa. 

Diga. 

Estábamos reunidos la mesa nacional de Herri Batasuna y nos llegó la noticia de que ETA había matado a Gregorio Ordóñez. Tres personas hicimos un comunicado: dijimos algo que luego fue asumido por Batasuna. Primero, mostramos el desacuerdo. Después, nuestra solidaridad con la familia, amigos y correligionarios. Por último, hicimos votos para solucionar todo aquello. Ese mensaje, incrustado en aquel documento, lo terminaría haciendo suyo Batasuna. Lo utilizó durante casi un decenio. Algún día me gustaría escribir todo esto con más detenimiento.

ETA mataba políticos como los que ha mencionado. También policías, guardias civiles, niños… Estando en la mesa de Herri Batasuna, imagino que le asaltarían dilemas morales.

Sí, pero en el fondo tenía la convicción de que las personas que estaban en Herri Batasuna eran sensibles a las reflexiones que yo iba haciendo. Las iban aceptando y creía que avanzábamos, aunque en ocasiones me encontré muy solo. En un momento dado, llegué a la convicción contraria.

ETA intentó que yo cambiara mi postura contra la lucha armada; pero eran ellos quienes tenían que cambiar

Su oposición a la violencia le colocó en la diana. Aparecieron pintadas que decían: “Patxi, traidor”. Estaba reciente el asesinato de Yoyes. ETA mataba a los “traidores”. ¿Temió por su vida?

Tenía la obligación de no hacerlo. Inconscientemente, seguí a lo mío. Alguno me insinuó la posibilidad de un guardaespaldas, pero lo rechacé de plano. En cualquier caso, no quiero pasar por un valiente. Probablemente fuera un inconsciente. Hacía mucha vida pública. Es evidente, seguro que a más de uno se le pasó por la cabeza una acción contra mí.

¿Recibió amenazas directas?

Por carta, no. Insinuaciones de palabra, sí. Quisieron poner amenazas en mi despacho, que estaba en la calle Amaya, portal 2ºC, pero se confundían y las ponían en el 2º, el 2ºA, el 2ºB... Está claro que mandaban a los pintores desde fuera de Pamplona, porque aquí me conocían hasta las palomas. 

Creo que ETA envió un comunicado a una reunión de Batasuna para empujar a Patxi Zabaleta a un cambio de opinión sobre la violencia. Usted se levantó y se fue. ¿Cómo fue aquello?

Estábamos en un sótano a las afueras de San Sebastián. Se dijo que me iban a leer un comunicado. Pedí una copia y se me negó. Después, dije que no estaba dispuesto a modificar mi forma de pensar y salí. Tuve que esperar en la calle a que saliesen también los que habían ido conmigo en coche desde Pamplona. No me quedó más remedio porque el coche no era mío. Aquello fue muy duro, para qué negarlo. 

¿Qué decía el comunicado?

Me explicaban el contenido de la palabra “traidor”. Yo, antes de levantarme, dije que no era un traidor; que creía debía hacerse lo que yo decía, y no al revés. Hubo un par de adhesiones personales, pero eché en falta la de muchos otros. Sé que hice lo mejor. Fue un día difícil, pero el resultado a la larga fue positivo, aunque no durmiera mucho aquella noche.

A día de hoy, en distintos pueblos del País Vasco, se producen homenajes a algunos terroristas que salen de la cárcel. ¿Le molestan?

No. Las personas que llegan a los pueblos lo hacen tras cumplir su condena. Son gente, en el noventa por ciento de los casos, que ha estado a favor del cese unilateral de la violencia. Incluso de la disolución de ETA. Eso les hace acreedores de ser tomados en consideración por sus familiares, vecinos y allegados. No simbolizan a quienes fueron condenados.

Son gente que ha pagado y que, de alguna manera, está en paz con la sociedad. Creo que la imagen que se da de eso en los medios no es la correcta. Los Ongi etorri, en el noventa y pico por ciento, son estrictamente humanos. A lo sumo, sociales. Y en muy poco porcentaje son política.

¿No es síntoma de un grave problema social que se vitoree en la calle a un terrorista?

Es que ya no hablamos de un asesino, sino de alguien que ha cumplido su pena y que, en algunos casos, ha contribuido al cese de la violencia. Esos homenajes no van contra las víctimas. Por cierto, esas personas también son víctimas de lo que provocaron. 

Tampoco le preocupará que se vitoree en la calle a un asesino de los GAL que salga de la cárcel. 

Si su hermano, su cuñada, su pareja, sus hijos si los tiene, y sus allegados quieren darle una bienvenida, no pasa nada. Estamos hablando de personas con contenido simbólico diferente, pero no pasa nada. El problema es que hay muy pocos de los que hicieron los GAL en la cárcel. Algunos ni han estado.

¿Habla de Felipe González? ¿Cree que fue el “señor X”?

Hombre, es imposible que no lo sea. Por acción o por omisión. Y por omisión es muy difícil porque Felipe González… tonto no es.

Lo de Iñarritu fue un gran ejemplo. Lo hizo con gran sensibilidad y muy bien.

El otro día, fue muy sonado el pésame de un diputado de Bildu -proveniente de Aralar, la corriente que usted fundó- al padre de un asesinado por ETA. ¿Ese es el camino a seguir? 

Sí. Iñarritu lo hizo con gran sensibilidad y muy bien. También habló de las “víctimas de otras violencias”, aunque eso no haya trascendido tanto. Pero todo lo que dijo es real.

Hay que tener la capacidad de sentir el dolor del antagonista político, por muy adversario que sea. Formamos parte de la misma sociedad, respiramos el mismo aire y pisamos la misma tierra. Fue un gran ejemplo. En el Parlamento de Navarra, yo usaba esta otra fórmula, con una retahíla de varios nombres: Tomás Caballero es una víctima, pero Mikel Zabalza también; Germán Rodríguez es una víctima, pero Múgica también. 

En Bildu, son muchos los que evitan condenar la violencia de ETA, entre ellos el propio Arnaldo Otegi. ¿Le gustaría que lo hiciera?

Sí me gustaría que la condenara en un sentido que ahora voy a explicar. Lo que pasa es que “condenar” es una palabra con una carga dialéctica histórica.

Oiga, pero…

Lo sé, lo sé. Evidentemente, el verbo “condenar”, en términos políticos, no es distinto a “reprobar”. De alguna manera, como se le ha exigido tanto la “condena”, Otegi se ha resistido a utilizar esa palabra. En muchas ocasiones, ha recurrido a subterfugios. 

Otegi tampoco ha “reprobado” explícitamente la violencia de ETA. Habla de “violencias” en un sentido ambiguo. La diferencia entre él y usted, por ejemplo, es palmaria. 

Otegi ha contribuido a la pacificación, aunque la terminología que utiliza no sea análoga a la mía. Ya le digo: obedece a unas cargas dialécticas históricas. Mi ilusión sería que lo superase y que hiciese lo que Iñarritu.

La violencia de ETA hay que reprobarla. Hay que reprobar todas las violencias. Algunos solo condenan la de ETA. En cualquier caso, a mí me gusta la terminología de Iñarritu. Es la que yo utilizo.

En definitiva, le gustaría que Otegi lo hiciera. 

Me parecería acertado que lo hiciera. Sé que no lo hace por esa carga dialéctica histórica que la palabra tiene en la izquierda abertzale.

Otegi se queja de que Bildu no es “un partido más”, pero nunca ha pedido perdón por el secuestro de Luis Abaitua. No ha mostrado siquiera arrepentimiento personal. ¿Por qué cree que no da ese paso? 

Otegi ha demostrado con hechos su apuesta por la paz. Se podrá decir que actúa a la defensiva en la utilización de algunos términos, pero su aportación a la paz es cualificada e indiscutible. Su postura obedece a esa carga dialéctica tradicional de la que le hablaba. La mejor manera de superarlo es dar el salto. Entonces, es cuando colocas a los antagonistas políticos en una situación difícil, como hizo Iñarritu.

Pero, ¿se puede ser un “hombre de paz” sin haber pedido perdón por secuestrar a una persona?

La contribución de Otegi a la paz es clara. Yo no voy a hacerle una acusación personal porque se lo tendría que preguntar a él directamente, y no lo he hecho.

Cuando el ultimátum de ETA sobre Miguel Ángel Blanco estaba a punto de concluir, usted movía cielo y tierra para evitar el asesinato. Otegi contó a Jordi Évole que ese día estuvo en la playa de Zarautz. ¿Se sintió muy solo? 

No sabía lo de Otegi. En aquel momento, yo saqué un comunicado escrito. Lo hice público y me pareció la mejor manera de luchar. No tuvo efecto.

¿Llegó a recibir una respuesta de ETA?

No. Además, las interlocuciones con ETA para gente como yo siempre fueron muy raras y coyunturales. No tenía ningún teléfono ni sabía adónde dirigirme. Pero sí salí en público con ese comunicado. Era la única manera. El comunicado fue solo mío, pero me ayudaron algunos allegados. Mayor Oreja y compañía no hicieron nada. Esperaron a que ETA cometiera el crimen, que lo cometió, y a que metiesen la pata. Sé que es muy duro lo que digo, pero me lo creo. 

¿Insinúa que el Gobierno prefería que ETA cometiera ese crimen? 

En ese caso, como en Hipercor, el Gobierno quiso beneficiarse dialécticamente de la violencia. Si ETA mataba a un secuestrado, además de todas las consideraciones humanas, cometía un error político. No sé si me explico bien… 

Es tremendo lo que usted está diciendo. 

Sí. Lo sé.

Es posible que a Sánchez le dé vergüenza pactar con Bildu, pero es cuestión de tiempo. La prueba está en Navarra

En cuanto al Congreso de los Diputados, ¿cree que hay un pacto del Gobierno con EH Bildu? Sucede algo muy curioso: los socialistas dicen que no existe tal acuerdo y, al mismo tiempo, los abertzales preguntan a sus bases por ese acuerdo.

Soy militante de base de EH Bildu. Se nos ha preguntado si estamos de acuerdo con el voto afirmativo a los Presupuestos. Vamos a estar nosotros para que no tenga que estar Ciudadanos o cualquier otra fuerza de la derecha. La propuesta era positiva. El resultado está a la vista.

¿Piensa que a Pedro Sánchez le da vergüenza pactar con Bildu?

Es posible, pero le viene bien. Para él, es positivo hacerlo. Se lo reprochan por pura envidia. A los independentistas no nos van a quitar la obligación de pagar impuestos. Si pagamos, tenemos los mismos derechos políticos que los demás.

A Sánchez el pacto le viene muy bien, aunque tiene en su propia casa toda una serie de problemas, pero es cuestión de tiempo. El ejemplo está en Navarra. Hace dos años, el PSN tenía problemas en pactar con Bildu, ahora que lo ha hecho dos veces, ya no existe ese problema. 

Cree que Sánchez, dentro de poco tiempo, ya no tendrá ningún problema.

Los listos de Guerra y González están obligados a decir cosas así porque es la única manera de que se les oiga.

Si usted volviera a ser el negociador, ¿qué le pediría al Gobierno actual?

Los demócratas independentistas estamos en la idea del derecho a decidir. Lo demuestra Gran Bretaña con el referéndum en Escocia. EH Bildu es la izquierda abertzale y debe hacer, además, reivindicaciones que sirvan a los trabajadores y a la gente necesitada.

A lo largo de esta entrevista, ha mencionado varias veces al PP y a Vox. ¿Cómo ha vivido el auge de este último partido?

Me parece normal. La derecha española ha evolucionado al compás de Europa. Esa derecha ultra, lo que antes se llamaba el búnker, siempre ha existido. Estaba dentro del PP y mandaba mucho.

¿Se tomaría un café con Santiago Abascal?

Sí, sí. Si él quiere… Yo no le voy a pagar el suyo, pagamos a medias, o que pague él los dos -se ríe-. La primera exigencia de la democracia es el respeto; y la segunda, el diálogo. Probablemente, no lleguemos a acuerdos, pero no tengo ningún inconveniente en tomar un café. En mi vida profesional como abogado he tenido muchos clientes de UPN y de la derecha en general. Se lo decía antes: no hay fractura social, sino crispación política.

¿Qué epitafio le pondría a la historia del terrorismo?

La lucha armada ha sido un condicionante que nos ha puesto cien mil fronteras. El mayor avance fue el de la paz. Es la mayor satisfacción. El nacionalismo no es una ideología. Dentro, existen la derecha y la izquierda. Todos, tanto los nacionalistas como los no nacionalistas, debemos acordar sobre la paz y la democracia.