“Mira, mira, ahí va Anguita”. Y Anguita caminaba, sandalias y bermudas, hacia su inconfesable placer monárquico: el Café Alfonso XII. Sus admiradores no guardaban distancia. Eran vecinos además de espectadores: “¡Hola, Julio! ¡Adiós, Julio!”. Todos ellos practicaban una abstinencia inédita en esta España asediada por Instagram: ni rastro del flash, como si el selfie no se hubiese inventado.

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Desde una esquina, todavía sin presentarme, asistí algo asombrado a ese carisma enraizado en el ser, tan alejado del ropaje. Yo, que no fumo, eché en falta un par de caladas para contemplar a ese dirigente que deja tan desnudos a los emperadores que ahora padecemos. 

Se lo pregunté al poco de sentarnos a la mesa: “No me hago fotos con la gente, no soy un político whiskero”. Tras reconocer que, de vez en cuando, se ablandaba con algún niño, comenzó a explicar ese concepto: “Político whiskero”.

Se colaba la luz por la cristalera. Una mesa y tres sillas. Me dijo el camarero que “Julio” solía marcharse adentro con su taza de café cuando la terraza se inundaba de muchedumbre. Anguita creció en ese barrio: “Mis recuerdos de niño, adolescente, amores y desamores, están en estas calles. Ahí, en la iglesia de La Magdalena, hice la primera comunión”. Calles estrechas, de paredes blancas.

Julio Anguita no me resultó cercano. Tampoco cariñoso. Pero sí extremadamente educado, mayéutico hasta la médula: la conversación como forma de armarse y desarmarse. Sus manos, ya coloreadas de morado por sus problemas circulatorios, jugaban un papel clave en esa partitura aderezada de “lucha de clases” y “combate del capital”.

-¿Político whiskero?

-Sí. Yo no tengo nada que ver con eso.

Se refirió a los selfies, a las paelladas de partido, a la foto folclórica en las fiestas de tal pueblo, a los besos y los abrazos forzados... A, en definitiva, todo eso que caracteriza la “nueva política”, que carcome todas las formaciones sin importar su antigüedad.

Anguita no era un hombre dado a la sonrisa cuando empezaba la esgrima de la entrevista, pero se le escapó una muy verdadera, justo después de definir lo que, a su juicio, debe ser el ejercicio de la política: “Un arte agrario… Hay que roturar la tierra, sembrar, regar, que pase el sol, la luna… Es un trabajo muy duro”.

Acto seguido, cargó contra el parlamentarismo de los fuegos artificiales: “Hoy, sólo importa lograr algo en veinticuatro horas. No estoy de acuerdo. Quizá sea la angustia que los medios imprimen al debate. La política serena está reñida con el ritmo de los periódicos. Debemos asumir y tratar de resolver esa contradicción”. A Anguita le ponía enfermo la “gracieta”, la “chocarrería”… Daba miedo su ceño fruncido.

Tenía esa extraña manía de predicar con el ejemplo. ¡Lo que costó hacerle las fotografías para la entrevista! “Venga, venga, que me tengo que ir, llego tarde y me gusta ir andando”, le decía a mi compañera Silvia P. Cabeza, que tiró de magia para retratarle cuatro o cinco veces en apenas un par de minutos.

Habían pasado muy pocos años. Anguita era uno de mis personajes favoritos en una asignatura de la universidad. Aquel día, lo tuve ahí enfrente, un par de horas. Oscilé entre la admiración y la discrepancia. Cuando hablaba de las bondades de Venezuela y de que la Transición había sido una especie de apaño, yo arqueaba las cejas y él decía: “No me ponga usted esa cara”.

La perilla poblada de Anguita era la del profeta en el desierto. La “política whiskera” también es la de los “másteres que se regalan como rosquillas”: “Esa proliferación de títulos que no sirven para nada, salvo para sacar dinero… La connivencia entre los partidos y las universidades es la de un régimen corrupto. ¡Peor que el de la primera restauración monárquica!”.

"Programa, programa, programa" 

Anguita, aquella mañana, se quedó pasmado cuando le conté lo de los audios de Villarejo y las cosas que, en ellos, decían algunos políticos: “Hemos llegado a un punto… El que está en la vida pública debe morderse la lengua en cuanto sale de su casa. A veces también dentro. Es una desgracia, se ha potenciado la hipocresía como mecanismo de autodefensa. Así estamos. Pero también le digo que a mí nunca me ocurrió nada parecido”.

Para Anguita, el político que dice barbaridades en ese tipo de conciliábulos… es el “político whiskero”: “Si yo comiera con altos mandos policiales, me quedaría mudo. Como mucho, hablaría de fútbol, música o Historia. Me invitaron muchas veces al Palacio de Oriente, pero sólo asistí en tres ocasiones”.

Anguita me impactó por sus lecturas, su refinada dialéctica, su excelsa libertad y lo grueso de sus principios. Quizá fuera por mi juventud y por sólo haber conocido, desde la tribuna del Congreso, a las dos últimas generaciones de políticos. 

El califa rojo alcanzó la alcaldía de Córdoba gracias a un acuerdo con la UCD, a la que él consideraba de “derechas”. ¿Y por qué no pacta ahora la izquierda con la derecha? ¡Ni siquiera se sientan! Respondió: “Yo tengo una máxima. Antes de cualquier acuerdo, leo el programa. Luego me fijo en quién firma”. ¡Programa, programa, programa! Era verdad lo que había visto en la tele.

Estoy seguro de que Anguita, en días como hoy, se habría sentado a la mesa con los de enfrente. Quizá se hubiera levantado, pero habría leído todos los papeles que le hubieran puesto bajo la vista.

Aunque siempre sobrio, Anguita tenía sentido del espectáculo. Pero era un espectáculo ceñido al verbo. En sus largas respuestas, incrustaba un par de titulares para activar a su interlocutor: “España es un país esencialmente corrupto. Se admite como algo natural, se concibe como una especie de engrase para que la vida funcione (…) España es un país acostumbrado al miedo a pensar”.

La Tercera República

Pero, detrás de esa crítica al sistema, no se escondía la autocomplacencia. Pensaba, como cantaba Víctor Manuel, que la Historia no se cambia maldiciendo en la mesa de un Café. Soñaba con la Tercera República y la buscaba. Anguita demostró que la sensatez del político es mucho más importante que la ideología: gobernó Córdoba -en su segunda legislatura- con mayoría absoluta y, siendo comunista, no convirtió la ciudad en una colonia de la URSS. 

Eso sí, Anguita tenía claro cuál era su “trinchera”: “No es lo mismo la crítica al hermano que al adversario. Cuando me preguntaban por Fidel Castro, yo decía: ‘En la misma trinchera contra los yanquis, a partir de ahí pregunte usted’. Pues eso”.

Empedernido idealista, trabajaba en un “movimiento de base” que uniera a los republicanos. Quería, como Ortega -la cita es suya-, una República “transversal”, “ni de derechas ni de izquierdas”: “Los republicanos no deben estar todo el día hablando de la Segunda República. ¡No mencionan la Tercera! Y la Tercera no puede ser, en absoluto, una repetición de la Segunda. Hay gente que se agarra a la bandera tricolor, pero siempre pensando en lo que pasó. La construcción debe ser nueva, totalmente ligada al siglo veintiuno”.

Ahí me di cuenta de que Anguita era a la política lo que Gabriel Celaya a la poesía. Una Tercera República como el “arma cargada de futuro”. “Ni vivimos del pasado, ni damos cuerda al recuerdo. Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos (…) Y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo”, escribió el poeta.

Anguita creía en la Memoria Histórica. ¡Claro que creía! Pero no en el furibundo espectáculo. Me contó que, cuando tomó posesión como alcalde de Córdoba, lo hizo bajo el retrato de Franco: “Al día siguiente lo quité. También cambié el nombre de algunas calles, pero sin estridencias”. Me encantó la anécdota de los concejales comunistas que hicieron acopio de los cuadros de José Antonio y, en lugar de tirarlos, los entregaron en la sede de Fuerza Nueva.

Estaba de acuerdo con la exhumación de Franco, pero le dolía que el Gobierno hubiera “empezado por la guinda”: “Antes había que haber sacado a los cadáveres de las trincheras para que sus familias les dieran digno entierro”. Anguita no repetía compulsivamente la palabra “pueblo”, pero ese sujeto colectivo brillaba en sus arengas. Ni el califa era emperador, ni el califa iba desnudo.

Se levantó de la mesa cuando alcanzamos las dos horas de conversación. Llegaba tarde. Estábamos discutiendo acerca de Venezuela. Le molestó que pensara que rehuía el asunto, pero no tuve esa sensación. A Anguita no le molestaban las preguntas. Prefería los oídos discrepantes a los halagadores. Por lo menos, eso sentí aquel día de septiembre. Descanse en paz, profesor. Intentaré cumplir con la lección y alejarme del periodismo whiskero, que también existe, pero esta noche brindaré por usted.