Sevilla

Su corazón rojo de casi 80 años ha dado su último latido. Julio Anguita (21 de noviembre de 1941, Fuengirola) no ha resistido este último envite y ha fallecido en el Hospital Reina Sofía de Córdoba a los 78 años en plena crisis sanitaria del Covid-19. Una semana después de ser ingresado en la UCI del Hospital Reina Sofía de Córdoba, su corazón rojo no ha resistido más.

Noticias relacionadas

No era la primera vez que su corazón le jugaba una mala pasada. En 1993, en Barcelona le dio el primer aviso al sufrir un infarto en plena campaña electoral. Cinco años después, en Córdoba, la historia se repitió. Después llegaron varias anginas de pecho y cateterismos que permitían que por sus venas fluyera más sangre. Como no, roja.

Desde ese primer aviso, ese corazón le permitió hacer muchas cosas, incluso soportar la muerte de un hijo, Julio Anguita Parrado, alcanzando por un misil cuando cubría la Guerra de Irak para el periódico El Mundo.

En política, le ha permitido liderar ideales de la izquierda profunda donde deja una huella importante e incluso poder ver con medianamente buenos ojos el pacto entre Podemos y PSOE a nivel nacional.

En su vida personal, el corazón le ha aguantado hasta para vivir en Córdoba sus últimos años con su sueldo de profesor jubilado. Todo este tiempo, sin dejar de ser consultado por líderes de izquierda como Pablo Iglesias y Alberto Garzón. Ellos ahora muestran su hondo pesar por su pérdida.

Llegó a contarlo en una de sus muchas publicaciones, su libro Corazón rojo, una obra que él mismo consideró un canto a la esperanza tras los infartos sufridos en ese músculo que ha bombeado con fuerza su sangre hasta hoy.

Su primer latido fue en Fuengirola (Málaga) en 1941, pero después siempre latió en Córdoba y por toda España cuando dio el salto a la política nacional.

Miembro de una familia de militares, su padre era suboficial del Ejército y su madre gobernanta de una residencia militar, él decidió que su vida fuera por otros caminos. Gran orador, incansable lector y también escritor, estudió Magisterio y, posteriormente, se licenció en Historia, lo que le permitió dedicar su vida a la formación, además de a la política.

El ‘califa rojo’

A mediados de los años 70 comenzó su periplo. Ingresó en el aún clandestino Partido Comunista de España (PCE) y pronto empezó a destacar. Los comunistas de Córdoba lo eligieron para formar parte de su comité provincial y de la candidatura al Congreso de los Diputados del PCE por su ciudad, pero su destino estaba más cerca. En la propia Córdoba como alcalde, donde se ganó el apodo del califa rojo.

A finales de esa década, el triunfo de su partido en las elecciones municipales proyecta su nombre como único alcalde comunista de capital de provincia en todo el Estado. En 1983 vuelve a ser elegido, esta vez con mayoría absoluta, y comienzan las “tentaciones” políticas.

Lo veían como una esperanza en esos primeros años de la Transición y llevó a IU a sus cotas más altas de relevancia política, cuentan quienes conocen su trayectoria, en conversación con EL ESPAÑOL. De hecho, en 1986 presentó su dimisión como alcalde para ser candidato de Izquierda Unida a la Presidencia de la Junta.

Fue corta esa etapa porque pronto dio el salto a la política nacional. Primero como secretario general del PCE y un año después también al frente de Izquierda Unida, consiguiendo escaño en el Congreso de los Diputados.

‘Las dos orillas’

Estuvo más de 10 años en primera línea, en la que alcanzó los mejores resultados electorales de la historia de IU como candidato a la Presidencia con el lema 'Programa, programa, programa' y en los que defendió la teoría de Las dos orillas. En ella aseguraba que en el espacio político español había sólo dos verdaderas opciones: por un lado el PP y el PSOE, a los que consideraba partidos de derecha y aliados con los poderes económicos y, por el otro, como única representante de los trabajadores, la coalición Izquierda Unida.

Vivió bajo las sombras del franquismo, las expectativas y frustraciones de la Transición, la caída de la URSS, la hegemonía del neoliberalismo en los años 90, el Tratado de Maastricht, la citada teoría de Las dos orillas, los gobiernos de Felipe González y José María Aznar, las múltiples crisis de Izquierda Unida y el famoso sorpasso que quería hacerle al PSOE en sus horas bajas. Él mismo lo cuenta en su libro Atraco a la memoria, un recorrido histórico por la vida política de Julio Anguita, de la mano del historiador Juan Andrade.

Pero en 1999 su corazón rojo volvió a darle otro aviso y decidió dejar esa primera fila, alegando problemas de salud, y la candidatura en manos de Francisco Frutos. No obstante, en una entrevista realizada en 2004 aseguró que el principal motivo fue el descontento respecto a la línea política de Izquierda Unida.

La muerte de su hijo

Tras más de 20 años en la política volvió a la enseñanza donde su corazón siguió latiendo pero a un ritmo menor, sin tantos sobresaltos, hasta que en abril de 2003 recibió otro duro golpe: la muerte de su hijo Julio Anguita Parrado tras el impacto de un misil en la Guerra de Irak, donde se encontraba como corresponsal del periódico El Mundo.

Recibió la noticia justo antes de intervenir en el Teatro Federico García Lorca de Getafe en un acto organizado por la Unidad Cívica Republicana y tuvo las agallas de subir al estrado. "Mi hijo mayor, de 32 años, acaba de morir, cumpliendo sus obligaciones de corresponsal de guerra. Hace 20 días estuvo conmigo y me dijo que quería ir a la primera línea", dijo muy emocionado, acuñando su famosa frase: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen".

Pidió la unión de la izquierda

En sus últimos años se ha dejado ver en actos públicos y en 2015, 15 años después de que dejara la primera línea, participó en un acto de campaña por las elecciones andaluzas en un abarrotado Palacio de Congresos de Málaga, junto al excandidato a la Presidencia de la Junta, Antonio Maíllo, y al aspirante entonces por IU a presidente del Gobierno, Alberto Garzón, con quien guardaba una buena y cercana relación.

Con una gran oratoria presagió que ocurriría años después. Pidió el voto para la coalición de izquierdas en las elecciones andaluzas y llamó a tender la mano a partidos como Podemos y Equo y a los sindicatos para lograr la unidad popular que permitiera tirar abajo democráticamente el régimen de la Transición. En ese mismo acto dijo que “la unidad de la izquierda no es hablar con el PSOE. Los nuestros son otros”.

Sin embargo, en una de sus últimas entrevistas en el diario Publico.es defendía el pacto de Pablo Iglesias con Pedro Sánchez resumiéndolo en que “hay veces en la vida que no sabes qué ha pasado para que te encuentres ahí, pero ahí estás y no te queda otra que pedalear pa’alante”.

Es más, aseguró en esa misma entrevista que él no pactó con el todopoderoso Felipe González cuando éste perdió fuerza a principios de los 90 porque Felipe no quiso ni tampoco aceptó la propuesta de Aznar para hacerle una moción de censura.

Una vida activa

Desde que dejó la política no ha perdido el tiempo. Ha cuidado su maltrecho corazón haciendo deporte, ha dado conferencias, ha publicados libros, ha concedido entrevistas y ha impulsado varias iniciativas sociales como el Frente Cívico Somos Mayoría en 2012 o el Colectivo Prometeo.

Precisamente, a través de este último pidió hace unos días a los ciudadanos la adhesión a un manifiesto impulsado por esta organización en el que invitaba a analizar una salida política, ecológica y económica a la pandemia del coronavirus.

“De cómo salgamos del hoy va a ser el mañana, y en el mañana están nuestros hijos y nuestros nietos”, señalaba Anguita en el citado vídeo, en una España en la que hay “demasiada visceralidad y demasiados bulos, así como demasiada política que está arrimando al ascua de una sardina que ya huele, de podrida que está”.


Padre de dos hijos y casado en segundas nupcias, tras varios avisos, el músculo más importante de su cuerpo no ha aguantado otro achaque. “Las unanimidades son propias de los panteones”, dijo en 1993 cuando fue elegido candidato de IU a las elecciones generales sin el apoyo del 37% de su dirección, según recogió en aquellas fechas una crónica política el diario El País.

Una unanimidad que ahora se ha reflejado en un sinfín de mensajes de cariño en las redes sociales hacia el dueño de este corazón de raza de un califa rojo, que ha dado su último latido.