Landelino Lavilla (Lérida, 1934) solía decir que sus compañeros de aventura política estaban "en los retratos y en los libros". Desde hace una década, él venía jugando ese papel de enlace entre la Transición y el presente. "Miren, saluden a don Manuel", apuntaba al lienzo de Gutiérrez Mellado camino de su despacho.

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Hasta su fallecimiento -este lunes en su domicilio-, atendió a todos los medios que se lo pidieron con una pasión sosegada -con lo difícil que es conjugar estos dos términos-. Las entrevistas transcurrían por donde le pedía el periodista, pero él siempre se las apañaba para llegar al mismo puerto: la extrema necesidad de que España cuente con la moderación y el centro político.

Así lo transmitió, una vez más, en una conversación mantenida con este diario a las nueve de la noche de este jueves. "Soltar y retener, soltar y retener", repitió sobre la estrategia seguida por los dirigentes que, como él, labraron el consenso de los Pactos de la Moncloa en 1977.

A día de hoy, es el apartado económico de aquellos acuerdos el que se lleva la palma en los manuales que se publican. Por eso, Lavilla solía decirle a Fuentes Quintana -el gurú presupuestario de Adolfo Suárez-: "Enrique, que no se olvide que los pactos tenían dos patas".

Landelino Lavilla fue uno de los encargados de poner por escrito la creación del delito de torturas, el nacimiento de la asistencia letrada a los detenidos, la despenalización del adulterio y los anticonceptivos, o el acceso de la oposición a la información parlamentaria. Fue uno de sus grandes logros como ministro de Justicia, cargo que desempeñó entre 1976 y 1979.

El 23-F de Lavilla

A partir de esa fecha, testada ampliamente su moderación, fue elegido presidente del Congreso de los Diputados. Lavilla, hombre modesto, solía revestir de normalidad los logros conseguidos en la Transición. Los definía como algo lógico, una suerte de sendero inevitable. Pero le brillaban los ojos cuando recordaba aquel 23 de febrero de 1981.

Para la Historia queda el duro alegato que lanzó contra Tejero y que, en cierto modo, simboliza el final del golpe: "Aquí las órdenes las doy yo. Esto se ha acabado, desaloje".

Lavilla era un hombre entregado a las instituciones. En 2018, cumplió sesenta años de servicio público. "¡15 de abril de 1958!", saltaba como un resorte. A lo largo de las últimas semanas, había sufrido algunas infecciones y le lastraba haber sido apartado, debido al confinamiento, de esa rutina que le llevaba cada día al Consejo de Estado.

La presidenta de este órgano, María Teresa Fernández de la Vega, ha dicho tras conocer su muerte: "Landelino Lavilla sirvió con toda su sabiduría y generosidad intelectual. Puso siempre en el centro de su preocupación la lealtad constitucional y la defensa del Estado social y democrático de Derecho a través del rigor jurídico. Fue un excelente jurista, un valiosísimo político y un magnífico consejero".

Jamás creyó que el centro político fuera un unicornio, a pesar de que, desde la desaparición de UCD, hubiese caído en el ostracismo. Él vivió en carne propia la imposibilidad de dar continuidad al legado de Adolfo Suárez. En 1982, fue nombrado candidato de una coalición de centro que jamás resucitaría.

En esta España de las posturas enfrentadas, disfrutaba de la institucionalidad del Consejo de Estado. "¿Sabes? Aquí los partidos se difuminan", celebraba cuando se vestía de anfitrión para atender a los periodistas.

Tras dar su habitual repaso a la prensa, exteriorizaba su "preocupación". Hablaba, como Unamuno, de los unos y los otros... con "hache". Luego deslizaba una sonrisa de resignación: "Claro que me preocupo, pero ya no me ocupo".

Cuando se creó la comisión de transferencia en relación a Cataluña, Josep Tarradellas pidió que fuera Lavilla el hombre al otro lado del teléfono. "Había dificultades, pero nunca dejamos de ayudarnos. Salíamos, comíamos, hablábamos, me advertía de los peligros...", recordó al respecto en una charla con este periódico.

A Lavilla, que jugó un papel fundamental el 23-F, le parecía "mucho más grave" lo de Cataluña: "El golpe de Tejero fue tremendo, pero se redujo a un episodio. Salimos adelante. El pueblo cortando autopistas no es el pueblo soberano".

Estupefacto ante los actuales debates parlamentarios, aseveraba: "Es un espectáculo nocivo que nos perjudica gravemente. Se han perdido los modales y la serenidad".