Tiene que ser muy difícil no perder la sonrisa al dirigirte a los millones de votantes hipotéticamente perdidos, o que dudan de si cambiar su papeleta en el último momento, congregados frente al televisor cuando acabas de conocer la última deserción: la del padre del charrán que ha guiado la travesía del Partido Popular durante las últimas décadas. Sólo unas pocas horas antes de comenzar su intervención en el debate de TVE, Pablo Casado supo que Fernando Martínez Vidal, ideador del exitoso logo del partido con la gaviota, se pasaba al gran enemigo, a Vox. 

En tales circunstancias, lo normal hubiera sido que el líder del partido que más se juega en estas elecciones saliera en tromba a arrasar a su gran rival, Pedro Sánchez, el político que con una nimiedad de diputados expulsó de la Moncloa al Gobierno del Partido Popular el año pasado; el mismo político que en apenas nueve meses dio la vuelta a la tortilla electoral. Sin embargo, el pupilo de José María Aznar, con quien ha dado 20 veces la vuelta al mundo –según confesión de éste-, cogió su guitarra e interpretó una música inesperada. La del bajo electrónico que sabe tocar, como vimos en El Hormiguero: melódico, con sonidos rítmicos graves, compactos, serios, sin estridencias, pero, para nada, seguramente, el ritmo que los confusos votantes del Partido Popular esperaban escuchar.

Anoche, en el primer debate electoral, Pablo Casado demostró que en su cabeza bien amueblada caben todas las cifras para la gobernación del Estado. A la vez exhibió un sincero y profundo amor por su partido al defender la labor realizada todos estos años al frente de España, pese a los grandes borrones conocidos.

Tantas cifras y datos expuso Casado ante la mirada mohína del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que, por momentos, parecía que asistíamos a la reedición de aquel debate de infausta memoria entre otro Pedro socialista, Pedro Solbes, y Manuel Pizarro, el experto económico del Partido Popular. Infausto porque Pizarro se anticipó al futuro aquella noche del 21 de febrero de 2008 y adelantó el desastre al que se dirigía España con José Luis Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno. 

Casado se equivocó de escenario y de instrumento musical. No se trataba de elegir al delegado de la clase, un chico educado, respetuoso, locuaz en su turno de palabra, incapaz de exteriorizar un mal gesto ni de interrumpir al contrario. Al revés, su misión era disuadir desde la firmeza democrática a quienes están siendo cautivados por la rudeza, los maximalismos y los brochazos gordos, a la vez que exponer con inteligencia el peligro de la fragmentación del voto de la derecha.

Este martes Pablo Casado debería tomarse un respiro. Llamar a José María Aznar, sin Adolfo Suárez Illana, y ver con él el vídeo del debate que éste mantuvo con Felipe González el 24 de mayo de 1993. Aquella noche, el aspirante noqueó al campeón. Años después, la excusa fue que el día anterior el avión de González estuvo a punto de estrellarse al despegar de Las Palmas. Sin sonreír, metafísicamente imposible en el caso de Aznar, miró a los ojos a González y resumió los tres vértices de la equivocada y nefasta política socialista: paro, corrupción y despilfarro. 

Líder Casado, despierte: menos cifras, menos sonrisas y más actuación. En la televisión se mira más que se oye. En términos futbolísticos, en el partido de esta noche del martes debería dejar de jugar melindroso como su equipo, el Real Madrid, y más como un guerrillero del Getafe. 

En una de las fábulas de Esopo, las ranas piden a Júpiter que les envíe un rey. Reciben un tronco, para que flotasen sin esfuerzo, y ellas, decepcionadas, piden algo mejor. Entonces, Júpiter les envía una serpiente, que se come a las adorables ranas. ¿Qué debe pedir Casado a Júpiter? Ser él, pero sin complejos.