El incendio del municipio onubense de Niebla arrasó 33.000 hectáreas.
Aunque es una cifra desoladora, se trata de 5.000 menos de las que se pensaron en un primer momento. Fue por esto por lo que, según la Consejería de Emergencias de la Junta de Andalucía, este fuego no se ha situado como el más extenso de la historia de la comunidad. Cerca estuvo, sin embargo.
Tras la visualización de las imágenes del satélite Copernicus, los expertos comprobaron que en el interior de la superficie calcinada habían quedado las catalogadas como "islas interiores" o "refugios del fuego".
"Se trata de islas interiores de hasta 400 hectáreas que hemos protegido durante la emergencia y que servirán para favorecer la regeneración natural de la zona", explicó el consejero de Emergencias andaluz, Antonio Sanz.
Estas "zonas situadas dentro del perímetro de un incendio que no llegan a quemarse o que sufren un fuego mucho menos intenso o menos severo", según explica a este medio Toni Jordán, profesor de Ciencia del Suelo del departamento de Cristalografía, Mineralogía y Química Agrícola de la Universidad de Sevilla (US).
El concepto va más allá que el de área no quemada.
"Incluye tanto los lugares que permanecen completamente intactos como aquellos en los que el fuego causa menos daños, de modo que se conserva gran parte de la vegetación".
Y ahí está precisamente su importancia.
Después de las llamas, el paisaje queda prácticamente sin vida.
La conservación de árboles, arbustos o plantas que han sobrevivido permite "recolonizar rápidamente una superficie que ha quedado completamente quemada".
Pero ¿dónde aparecen estas islas?
No existe una fórmula exacta. El fuego es imprevisible y cambia constantemente. Sin embargo, "sí es posible señalar algunos paisajes donde las condiciones favorecen su aparición". El relieve es uno de ellos.
Cuando el terreno presenta "fuertes cambios de pendiente y orientación, barrancos, cauces o afloramientos rocosos", aumentan las posibilidades de que el fuego encuentre obstáculos o cambios en sus condiciones de propagación.
Lo mismo ocurre cuando la vegetación es muy heterogénea y se mezclan distintos tipos. Además, un paisaje fragmentado puede ser de gran ayuda. Cultivos, pastizales, caminos o zonas previamente gestionadas pueden actuar como cortafuegos.
No obstante, hay algo que pasa desapercibido y en lo que, según el profesor, conviene poner el foco: el suelo y su humedad.
Los lugares próximos a cursos de agua pueden mantener una vegetación menos inflamable que la de su entorno, disminuyendo así la capacidad de las llamas.
El tamaño de las islas
En lo que respecta al tamaño de las islas, Jordán asegura que "no todas tienen el mismo. No hay una medida estándar".
"Una pequeña superficie que conserve varios árboles adultos capaces de producir semillas puede resultar fundamental para la regeneración posterior. Del mismo modo, una isla de mayor tamaño puede tener un enorme valor si conserva un fragmento pequeño de hábitat que prácticamente ha desaparecido en los alrededores", explica.
Y puede ocurrir algo más: que un incendio deje numerosas islas pequeñas distribuidas por toda la superficie afectada.
La clave está en que cada una de estas zonas por separado pueden parecer insignificantes, pero, juntas, representar una proporción considerable del área del incendio.
Cuando el ser humano también crea refugios
Tal y como señala el docente, estas islas "son frecuentes" en los incendios forestales de Andalucía.
La humedad, una superficie rocosa, una vaguada o un cambio en el viento hacen que el frente pierda intensidad y que, casi de forma inesperada, aparezca un refugio.
Pero también suele ocurrir que sean los propios equipos de extinción quienes protejan determinadas zonas.
Cuando consideran que un espacio tiene importancia estratégica o que sirve para frenar el avance de las llamas, los efectivos actúan para conservarlo.
La extinción, sin embargo, "no consiste simplemente en echar agua sobre una zona para mantenerla intacta. Lo que se intenta es modificar las condiciones que permiten al fuego avanzar".
Si las circunstancias lo permiten, los equipos actúan directamente sobre el frente para reducir su intensidad.
En otras situaciones recurren a estrategias indirectas como caminos, cortafuegos o zonas con menor cantidad de combustible.
Incluso la propia vegetación puede convertirse en una herramienta. Ahí entran las actuaciones de prevención tales como clareos, desbroces, podas, determinadas formas de pastoreo o quemas prescritas, algo que "no se debe abandonar".
Tal y como relata el profesor, "el objetivo no es conseguir un monte completamente libre de vegetación, sino "reducir la continuidad del combustible y modificar el comportamiento que podría tener un futuro incendio".
Fenómeno del que aprender
Las islas interiores son, "sin duda", un fenómeno del que aprender.
En todos los ecosistemas, "cualquier cosa que pueda quemarse terminará quemándose en algún momento". Pero existen sistemas más resilientes o mejor adaptados al fuego.
Tradicionalmente, cuando se piensa en prevención de incendios la pregunta que aflora es dónde puede arder el monte y cómo se puede evitar.
Sin embargo, el estudio de las islas interiores permite plantear qué ecosistemas consiguen resistir al fuego y por qué.
Lo ideal es "analizar qué características tienen aquellas zonas que, tras varios incendios, permanecen sistemáticamente sin quemar o sufren incendios de baja severidad".
"Quizá exista una determinada orientación, mayor humedad del suelo, una estructura concreta de la vegetación, o, simplemente, una combinación de varios factores".
Para Jordán, esto conduce a una idea clave.
"Quizá no sea suficiente con intentar eliminar combustible". También se necesitan crear paisajes más heterogéneos con diferentes tipos de vegetación, zonas agrícolas y gestionadas, áreas forestales, pastizales, espacios húmedos.
Esto tiene como objetivo "conseguir que, cuando se produzca un incendio, le resulte mucho más difícil mantener durante mucho tiempo una propagación continua y de alta intensidad".
Las islas interiores demuestran que el propio escenario ya contiene, de manera natural, mecanismos capaces de dificultar la propagación del fuego.
La gestión forestal puede consistir en entender esos mecanismos, conservarlos y, cuando sea necesario, reforzarlos.
