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Las claves

Su nombre en clave era 'Aduana'. Ese era el alias del inspector jefe de la UDEF en Madrid cuando alguno de sus socios quería ponerse en contacto con él. Durante lo que se sospecha que fueron al menos seis años, fue la llave que utilizó una gran organización internacional para introducir toneladas de droga en España eludiendo el control policial, con la seguridad de tener en su bando a un mando clave de la lucha contra el crimen organizado.

Portada del nuevo libro de Cedeira. Planeta

La operación en la que cayó Óscar Sánchez Gil es una de las más importantes de los últimos años. Es también un síntoma de cómo los grandes clanes internacionales operan en nuestro país y corrompen con facilidad a valiosos activos en el seno de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Algo que para sus objetivos resulta no solo fundamental, sino un objetivo ineludible a la hora de introducir toneladas de estupefacientes en Europa por tierra, mar y aire.

Según fuentes de la Policía Nacional a cargo de la operación que terminó con su detención y la de un entramado de considerable envergadura, Óscar Sánchez Gil, afincado en la Jefatura Superior de Policía de Madrid, llevaba años facilitando la entrada de contenedores con grandes alijos de droga en España. Un agente que había labrado su reputación precisamente en la lucha contra el narco.

El arresto sumió en la conmoción a la UDYCO, ya que muchos conocían a este agente, que perteneció durante más de una década a la Brigada Central de Estupefacientes.

En 2020, cuando ya había comenzado a colaborar con este clan, pasando inadvertido para todos, dio el salto a la Unidad de Antiblanqueo. A Sánchez Gil se le investiga por los delitos de blanqueo de capitales y cohecho. La denuncia de la Fiscalía Antidroga se interpuso en junio de 2024, y fue entonces cuando comenzaron las pesquisas sobre este mando.

En los últimos años, España se ha convertido en la principal puerta de entrada de la cocaína en Europa. Es posible que parte de la culpa de esa situación se deba a las acciones delictivas de este mando policial.

Su detención se precipitó tras el hallazgo en octubre de 2024 del mayor alijo de cocaína de la historia jamás interceptado en España. Trece toneladas de cocaína en un mismo contenedor del puerto de Algeciras. Con esta operación, los análisis de inteligencia de los especialistas en tráfico de drogas constataban una realidad incontestable: estaban ante una organización delictiva tan confiada a la hora de introducir fardos por los puertos españoles que eran capaces de enviar trece toneladas de una sola tacada.

¿Qué organización criminal se atrevería a enviar esa cantidad de droga, a riesgo de perderla en una intervención policial, si no tuviera la certeza de que va a llegar a su destino? Los agentes saben que solo una que contase con el respaldo secreto de un importante mando policial podría trabajar de forma tan tranquila y despreocupada.

¿Es una buena noticia que se haya pescado al jefe de la UDEF en Madrid trabajando como un capo más, o debemos preocuparnos por el grado de infiltración de las mafias en las estructuras del Estado? ¿Vamos ganando o perdiendo?

Este libro tratará de responder a estas preguntas.

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Los primeros en saberlo son siempre los perros. Apenas pasan unos minutos de las cinco y cuarto de la mañana del 6 noviembre de 2024, en la calle Blas de Otero, del barrio de El Viso de Villalbilla, una localidad a las afueras de Madrid.

Dicen los especialistas policiales que, por estadística, esa es la mejor hora para irrumpir en la casa de un delincuente. Entre las cuatro y las cinco de la mañana es la hora en la que uno se encuentra sumido en el más profundo de los sueños. Por eso, casi siempre es el momento para poner el broche a una gran operación. Y qué mejor operación que la que están a punto de culminar.

Esa madrugada nadie duerme en las altas instancias de la Policía Nacional. Tampoco en la Jefatura Superior de Madrid, ni en la Unidad de Asuntos Internos, ni por supuesto en la UDYCO (Unidad de Droga y Crimen Organizado) Central, dedicada a luchar contra el narcotráfico y otros delitos. A la misma hora en la que van a entrar por la fuerza en esa vivienda a las afueras de Madrid, tienen coordinada la irrupción simultánea en otros veintisiete inmuebles: apartamentos, segundas residencias, sedes de distintas empresas, restaurantes, oficinas e incluso despachos de abogados.

Esa madrugada hay muchas cosas a las que prestar atención a la vez, pero los ojos de quienes dirigen la operación mantienen su atención, sobre todo, en ese chalet en una localidad muy próxima a Alcalá de Henares.

Una casa familiar, de ladrillo visto, situada en una parcela de unos 250 metros cuadrados, con un jardín de unos sesenta metros de superficie, una piscina de siete metros de largo por tres de ancho... La vivienda está ahora mismo tasada en medio millón de euros, aunque hace dos décadas probablemente su precio no fuese ni la mitad. Una guarida acomodada, pero discreta y austera, para una familia discreta y austera, conformada por dos policías y sus hijos casi adolescentes, a los que ahora sus compañeros estaban a punto de detener.

Semanas antes, en los seguimientos, lo habían comprobado. Esa mañana, rodeando el adosado, los policías pudieron apreciar nuevamente las numerosas medidas de seguridad que protegían el chalet: sistemas de alarmas, cámaras y detectores de movimiento en puertas y ventanas, conectados a un sistema independiente de placas solares, con el fin de que si se produjese algún corte en la red, la seguridad de la casa pudiera mantenerse en todo momento.

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Solo alguien que tuviera algo muy importante que ocultar instalaría un sistema de esas características en su casa. Y Óscar Sánchez Gil, entonces jefe de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de Madrid, tenía un gran tesoro a buen recaudo que sus compañeros estaban a pocos minutos de descubrir.

Para los investigadores, que eran también sus compañeros, era todo un desafío. Y aquella noche, a las cuatro y media de la mañana, al verse rodeando la casa de Sánchez Gil, apreciaron el excitante sabor que uno tiene cuando sale de pesca y tira de la caña porque está a punto de atrapar un ejemplar de los gordos. Esa noche nadie quiere descansar. Todo el mundo permanece alerta. El Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía Nacional avanza entre los inmuebles de la urbanización de Villalbilla, cercando el perímetro.

Pertenecen a un grupo de élite en la Policía que está especializado en situaciones límite. Son quienes irrumpen en primer lugar en la casa de un terrorista para ponerle las esposas, y quienes abordan en alta mar un mercante cargado de droga. Son la primera línea, y por ello quienes más riesgos corren. Uno nunca sabe lo que se va a encontrar al entrar en la madriguera de un narcotraficante y, por ello, ante una situación tan comprometida como la que tenían delante de sus narices, se decidió que fueran ellos los encargados de entrar primero dentro de la vivienda.

No estaban accediendo al apartamento de un mando cualquiera, sino al de aquel que abría las compuertas de España a los grandes capos de distintas partes del mundo. Toda precaución es poca ante un tipo tan hermético.

La primera media hora la dedican a asegurar la casa. Cuando todo el mundo se encuentra en sus puestos, a las 05.10 horas, sin llamar a la puerta, se da la orden de entrar. En medio de un gran silencio, el dispositivo policial arranca e irrumpe en la vivienda. Óscar Sánchez Gil todavía duerme plácidamente, al igual que su mujer y sus dos hijos, cuando los geos echan la puerta abajo.

Al capturar al mando policial, los responsables de la UDYCO Central y Asuntos Internos, que observan y coordinan el operativo respiran aliviados. Llevaban dos años tras él. Sánchez Gil era un compañero más, pero al descubrir lo que se escondía tras la fachada y a quién servía realmente, no tuvieron más remedio que abrirle una profunda investigación. En silencio, sin levantar sospechas, e incluso dejándole hacer. Aquella era una detención como pocas.

A las 05.25 de la mañana, Sánchez Gil se encuentra ya cautivo del frío de las esposas. Su mujer, Noelia Ruiz Padrino, también policía dedicada a tareas de investigación judicial, es esposada a las 05.35. Para las 05.40, en presencia de ambos, la UDYCO, el GEO y Asuntos Internos inician el registro de la casa.

Tras ellos accede uno de los agentes caninos de los que dispone la Policía. Son expertos en muchas cosas. Este, en concreto, en localizar dinero en efectivo. En un primer examen no se encuentra nada a simple vista en la vivienda de quien a ojos de sus vecinos podría pasar como un serio y responsable padre de familia.

Según los investigadores, en los primeros instantes el interior de la casa parece el de cualquier otro adosado. El hogar de una familia de clase media afincada en un discreto pueblo a las afueras de Madrid. Una zona residencial, de buen nivel, pero sin lujo ni ostentación. Pese a ello, cualquier agente sabe que cuando comienza un registro puede aparecer cualquier cosa.

A los pocos minutos, el perro se para junto a la cama del dormitorio del policía. Uno de los investigadores levanta el canapé. El animal marca unos edredones. También la funda de un rifle. Ahí aparecen los primeros billetes.

Los jefes del operativo llaman entonces al Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas (GOIT), una unidad de élite de la Policía Nacional especializada en la apertura de puertas fortificadas, operaciones contra el narcotráfico y el crimen organizado. Son expertos, gracias a la tecnología punta, en el hallazgo de zulos y escondites.

Y ellos, tras los ladridos de los perros, son los que encuentran el dinero.

Empiezan entonces a picar las paredes. La buhardilla, el cobertizo del jardín, la parte trasera de los armarios, los maceteros, el garaje, los falsos techos construidos 'ad hoc' por toda la casa.

El dinero, en innumerables fajos envasados al vacío, brotaba por doquier.

Los policías sacan el mazo, abren un boquete en uno de los muros y los billetes comienzan a manar, como sangre de una herida. Ese primer golpe propicia miradas cruzadas, alivio, pero también incredulidad. Intuyen lo que están a punto de encontrar.

Los canes localizan casi cien paquetes repletos de billetes solo en el exterior de la vivienda. La mayoría estaban envasados al vacío. Una parte fue hallada en uno de los cobertizos de la casa. Otra porción en un trastero, en una maceta decorativa, incluso en el interior de botes de proteínas.

El dinero surgía de todas partes: dentro de uno de los armarios, en el interior de un zapatero del vestíbulo, en mochilas de deporte, en cajas de zapatos, en bolsas, en una caja fuerte, en el jardín, en la buhardilla, en el garaje.

En el acta de la letrada de la Administración de Justicia se deja constancia de cuatro baúles de plástico en los que se metió el efectivo que los perros hallaron durante toda aquella jornada.

El agente corrupto había escondido fajos de cincuenta, cien y doscientos euros en las habitaciones de sus hijos, como si así les hubiera proporcionado de algún modo los ahorros. El registro de la casa del jefe de la UDEF se prolongaría durante más de 17 horas. Para ello emplearon sierras radiales con las que horadar las paredes.

Los agentes levantaron baldosas, levantaron parte del césped del jardín, e incluso desmontaron la depuradora de la piscina. Cualquier lugar de la vivienda era susceptible de ocultar una porción de esa fortuna fabricada durante años.

De allí extrajeron una montaña de papel moneda. Tres de las máquinas con las que la Policía contabiliza el dinero en esta clase de registros se quemaron, paralizando el recuento en el décimo millón. La cifra fue tan descomunal que no pudo cuantificarse hasta días después.

El dato final del dinero incautado alcanzaba los 19 millones de euros. Había acumulado tal cantidad de efectivo en su casa como pago por sus servicios al narcotráfico que ya no sabía dónde guardarlo, ni qué hacer con él.

Al día siguiente, el 7 de noviembre del año 2024, dos de los investigadores de la Unidad de Asuntos Internos entraron en la sede de la Jefatura Superior de Policía de Madrid, un enclave policial situado en el número 55 de la calle Federico Rubio y Galí. Se trata de un edificio de ladrillo rojo, en forma de «C».

El objetivo de la visita de los dos funcionarios era registrar el despacho de Óscar Sánchez Gil. No lo harían solos. Junto a ellos iba el propio mando policial, quien tuvo que regresar al lugar desde el que durante un lustro protagonizó una doble vida persiguiendo delincuentes y convirtiéndose, a la vez, en uno de ellos. Y no en uno cualquiera. Nada más y nada menos que en uno de los peces gordos del narcotráfico en España.

Los dos policías entraron a las 05.15 en el edificio. Había dos personas, según el acta de inspección de la estancia, que no querían perderse este momento: uno de los comisarios de la UDYCO de la Policía Nacional en Madrid y un inspector jefe de la UDYCO Central. Ya dentro examinaron el despacho, los muebles y la taquilla de Sánchez Gil.

Al abrir los armarios saltó la liebre. En el mueble que había a la derecha desde la puerta, junto a la mesa de reuniones, uno de los investigadores sacó una caja de zapatos de color negro. Dentro de ella hallaron ocho paquetes, cada uno de ellos con fajos de 200 euros envasados al vacío.

La cifra ascendía a 896.400 euros, que se sumaban a los 19 millones de la jornada anterior encontrados en su casa. Al terminar el registro, en el armario de la derecha, cerrado bajo llave, apareció una máquina de envasar al vacío. Era la que Sánchez Gil utilizaba en sus investigaciones para la UDEF.

Los agentes que durante años habían seguido los pasos de su compañero en el mundo del narco no recordaban haber encontrado tanto efectivo en un solo registro, en una misma casa, desde la época de Los Miami, la banda que dominó el tráfico de cocaína en el Madrid de los años noventa del pasado siglo. La cantidad fue tan elevada que la máquina que utilizaron para contarlo se estropeó.

En la hoja del registro, presente en el sumario, no se recoge la cifra total, que sí aparece en posteriores informes de la causa. Casi 20 millones de euros. Un dato que suma, posiblemente, la mayor cantidad nunca intervenida en efectivo a cualquier narcotraficante en la historia de España.