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Las claves

El nuevo oráculo de Sánchez, Ulrich Siegmund, nacionalsocialista sin bigote vencedor en Sajonia-Anhalt, se dedicaba a fabricar perfumes para instituciones y empresas. Esta mañana, tras escuchar a Pedro Sánchez, he corrido al portal de contratación para comprobar si el Gobierno es cliente de Siegmund.

Hablaba Sánchez y me penetraba –con toda la fuerza del verbo– un inconfundible aroma a la AfD. Con una ironía que no le termina de encajar al traje, decía Sánchez que la alternancia, hombre, pues está bien después de ocho años, pero que en España no hay alternancia posible porque PP y Vox van a traer “la involución”.

Es una fragancia inconfundible. Entra por la nariz, pero te congela rápidamente la entrepierna y provoca casi automáticamente una relajación de los esfínteres. De hecho, he consultado el portal de contratación con Roca en el baño. No el padre de la Constitución; el otro.

Vivimos tiempos en los que resulta muy sencillo distinguir la calidad democrática de un representante político. Gabriel Rufián, por ejemplo, arrepentido del golpe del 17 aunque no en público, amante irredento de Madrid y sus costumbres, ha dado por hecho que esa alternancia se va a producir y que PP y Vox traerán esa involución.

Es decir, la teme, la considera reaccionaria, pero asume el juego de la Democracia. Las palabras de Sánchez alcanzarían en España su verdadero esplendor si las dijera Siegmund: vamos a gobernar, vamos a echar a todos los inmigrantes, vamos a abrazar a Putin… y no se puede llamar alternancia a que la CDU o los socialistas quieran echarnos del poder.

Sánchez ha exhibido un gesto sensacional para adoquinar esa extraña autopista que une a un primer ministro español con el triunfo de la AfD en Alemania. Solo le ha faltado a Sánchez cantar el verso precioso de Víctor Manuel: “¡No puede haber nadie en este mundo tan feliz!”.

Cuando le preguntaba el padre Feijóo, Sánchez se levantaba parsimoniosamente, desganado. Cuando le preguntaba Abascal, antes de que terminara el de Vox, Sánchez se impulsaba con las manos en el escaño para ponerse en pie, como el niño que corre al salón el día de Reyes.

Ahí estaba Abascal, diciendo que, en España, el fracaso de PISA es por culpa del menú halal. Y que él, cuando gobierne, situará el gobierno en Madrid, y no en Rabat, Bruselas… ¡o Washington!

Con Sánchez no se puede fallar. El Abascal vasallo de Trump presumiendo de libertad frente a Estados Unidos. Entonces Sánchez, que no había tenido adonde agarrarse en la pregunta de Feijóo, se ha venido arriba España.

Le ha dicho que a él le llaman “perro”, pero que, a diferencia de Vox, es un perro sin amo. He echado de menos a Óscar Puente, brincando del asiento, gritando: “¡Porque Pedro es el puto amo!”.

Ha sido la de este miércoles una sesión francamente mala desde el punto de vista del espectáculo. El padre Feijóo tiene un problema de difícil solución: son tantos los temas que es imposible centrar el tiro. Mencionar Ceuta, PISA y la corrupción le permite a Sánchez esquivar las tres cosas y que su silencio no sea tan perceptible.

El Sánchez más nítido se ha dejado ver cuando ha hablado de la Ley de Nietos. Ha acusado a “los antepasados” del PP de obligar al exilio a miles de españoles esculpiendo un sofisma de campeonato: que todos los abuelos de los diputados populares fueron franquistas y que los actuales diputados tienen la culpa de los pecados de sus abuelos.

Sánchez ha argumentado así tirando del hilo de los ministros de Franco que fundaron el PP, lo que supone abolir de golpe la Constitución. Porque si Sánchez no acepta que esos ministros asumieron el juego de la Democracia y se hicieron el hara-kiri, tampoco será democráticamente válida la transformación del PSOE marxista y revolucionario –Asturias, Largo Caballero pidiendo la guerra– en un partido de urnas.

Por otro lado, Sánchez ha dicho que con la medida judicial se roba, la derecha roba, el voto a los hijos y nietos de los exiliados, cosa que es mentira, ya que la cautelar lo que hace es permitir ese voto solo a las familias que puedan demostrar que, efectivamente, sufrieron el exilio.

El presidente hace como que no se da cuenta, pero Rufián se lo ha recordado con las encuestas ajenas a Tezanos. Las últimas diez dan una holgada mayoría a PP y a Vox mientras la izquierda fracasa en la gestión y se devora en sus enfrentamientos internos.

A Sánchez esto último le preocupa –no poder sumar–, pero no el auge de la extrema derecha. Sánchez quiere que Abascal sea tan eficaz como Siegmund para intentar garantizarse la vida presente y, si fracasa, la vida futura. Es más, a Sánchez, Abascal se le queda un poco corto y sueña con una delegación de la AfD en España.

Porque, si Vox es más radical y si Vox tiene más escaños, Sánchez podrá competir en las generales. Y si Vox es más radical, tiene más escaños y, además gobierna, Sánchez se quedará al frente del PSOE para plantear una nueva batalla final.