Durante más de cuatro décadas, Marruecos ha tejido alrededor de distintos dirigentes socialistas una red de interlocución política, afinidades personales e intereses privados que, en algunos casos, ha sobrevivido incluso a su salida del poder.
Estancias en hoteles de lujo, residencias, terrenos exclusivos, sumas suculentas para defender los intereses económicos en Bruselas o directamente chantajes y amenazas: los recursos del régimen alauí para cortejar a los políticos españoles son muchos y están documentados.
Felipe González institucionalizó la aproximación e inauguró la costumbre en el PSOE de que Rabat fuera su primer viaje oficial al llegar a la Presidencia, estrechó su relación con Hasán II y llegó a poseer en Tánger una parcela de 5.000 metros cuadrados que vendió a la familia real saudí.
José Luis Rodríguez Zapatero heredó aquella doctrina de González, también abonada por la hermandad entre Juan Carlos I y Mohamed VI, proclamó con el monarca marroquí una nueva era de entendimiento y continuó defendiendo las posiciones del régimen incluso después de abandonar la Moncloa.
El mismo patrón siguieron algunos de sus colaboradores más próximos, como su ministro de Defensa, José Bono, quien pasó de describir Marruecos como una "dictadura encubierta" a convertirse en uno de sus máximos defensores.
O José 'Pepiño' Blanco, ex ministro de Fomento con Zapatero, que transformó la capacidad de interlocución acumulada por los socialistas en una actividad profesional a través de su consultora Acento.
La geografía, la inmigración, el comercio, el terrorismo y las fronteras de Ceuta y Melilla obligan a cualquier Gobierno español a entenderse con Marruecos.
Sin embargo, esa necesidad no explica por sí sola la persistencia de determinados vínculos personales y económicos de dirigentes del PSOE ni su resistencia a confrontar directamente a Rabat cuando el país vecino maniobra para presionar a España.
La pregunta es por qué tantos dirigentes socialistas terminan atrapados en esas redes y hasta qué punto esa sucesión de afinidades explica la inmovilidad de Pedro Sánchez con Marruecos.
El presidente afrontó el jueves en el Congreso de los Diputados el debate sobre la crisis de Ceuta sin el respaldo de sus socios de Gobierno ni el de sus aliados parlamentarios. Trató de restar importancia al papel que jugó Rabat en la invasión de los días 30 y 31 de julio y rebajó las conclusiones del demoledor informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras publicado por EL ESPAÑOL.
El CENIF aportó fotografías que explicitan un "guiado activo" de migrantes hacia la frontera por parte de agentes marroquíes y concluyó que el 90,8% de las líneas identificadas en la movilización tenía prefijo marroquí.
Sánchez, pese a todo, no cambió su estrategia. Se limitó a decir que si hubiese pruebas más evidentes, más concluyentes, más explícitas, España actuaría con contundencia.
"No obstante, en su mismo discurso ya empezó a mentir", considera el periodista marroquí Ali Lmrabet en conversación con EL ESPAÑOL.
"Sánchez dijo que había convocado a la embajadora de Marruecos, pero Albares –quien, por cierto, tiene el puesto de González Laya [cesada por el conflicto con Marruecos de 2021]–, matizó que habían convocado al encargado de negocios. Ellos sabían que la embajadora no estaba en España. Un embajador no sale del país sin informar a Exteriores. Es todo una mentira".
Lmrabet considera que la actitud del presidente del Gobierno no es un episodio aislado. Tampoco uno inesperado, pues va en la línea del PSOE de mantener una política "complaciente" con Marruecos.
"La estrategia es clara: el PSOE, desde hace años, sirve directamente a los intereses marroquís", añade Taleb Alisalem, analista político especializado en la cuestión del Magreb y Oriente Medio.
El país utiliza varios elementos de presión: "Primero, intenta comprarte, agasajarte, por eso dan casas, dinero y condecoraciones como las que tienen Zapatero. Al expresidente, por ejemplo, le invitan a dar conferencias muy bien pagadas".
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es recibido por el Rey de Marruecos, Mohamed VI, en su primer viaje oficial de su segunda legislatura a Marruecos, a 21 de febrero de 2024.
"En segundo lugar está el chantaje". Para ello, existen muchos elementos de presión, como Pegasus, el virus que atacó los teléfonos de Sánchez y varios ministros españoles.
"Por ejemplo, mis fuentes en la política marroquí me insisten en que todo el mundo que va a un hotel o a una casa alquilada debe mirar el baño 300 veces para ver si hay cámaras".
"También utilizan mucho la presión interna, que funciona muy bien en el PSOE, como hemos visto en el caso del Sáhara".
Sánchez, sostiene Alisalem, ha enarbolado una valentía inusual dentro de Occidente al enfrentarse a Estados Unidos e Israel, dos potencias poderosas y prácticamente intocables.
Reunión de Sánchez con Mohamed VI en Rabat con la bandera española del revés.
"Sin embargo, con Marruecos vemos una sumisión inexplicable. Pegasus es sólo una gota en un vaso de agua. Existe una estructura sobre la que Marruecos ha trabajado durante años y eso hace que las lealtades dentro del partido se inclinen hacia Rabat".
La sombra de Pegasus
En esa larga historia de aproximaciones entre el PSOE y Marruecos existe un punto de inflexión en el que terminan las certezas y comienza una gran incógnita: Pegasus.
Entre mayo y junio de 2021, en plena crisis provocada por la hospitalización en Logroño del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, los teléfonos de Pedro Sánchez y de varios de sus ministros fueron infectados con el programa de espionaje israelí.
Los terminales a los que se dirigió el ataque son los de los tres únicos ministros que llevan con Sánchez desde el inicio de la legislatura: Margarita Robles, ministra de Defensa; Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, y Luis Planas, ex embajador de España en Marruecos y hoy ministro de Agricultura y Pesca, aunque el hackeo a este último resultó infructuoso.
La acogida de Ghali desencadenó una crisis diplomática con Rabat y dejó como telón de fondo el relevo de Arancha González Laya en la remodelación del Ejecutivo de julio de 2021.
"El presidente de un Gobierno europeo echó a una ministra de Asuntos Exteriores de manera fulminante por las presiones de Marruecos", explica Ali Lmrabet. "¿Acaso alguien piensa que los marroquíes echarían a uno de los suyos por presiones de un país extranjero? Sánchez lo hizo para complacer a Mohamed VI".
Del teléfono del presidente se extrajeron aproximadamente 2,6 gigabytes de información durante una primera intrusión y otros 130 megabytes en una segunda.
Unos datos que, hace dos semanas, los hackers de Jabaroot, el grupo que ha desafiado a la inteligencia marroquí revelando un amplio listado de sus supuestos espías, amenazaron con desvelar. "Si lo hacen, se entenderán muchas cosas", augura el periodista.
Prácticamente al mismo tiempo que Pegasus infectada los dispositivos del Gobierno, la crisis se trasladó a la frontera de Ceuta.
La ministra de Defensa, Margarita Robles, durante la Comisión Mixta de Seguridad Nacional, en el Congreso de los Diputados, para explicar cómo afecta a la Seguridad Nacional el uso del programa 'Pegasus'.
Los días 17 y 18 de mayo de 2021, con Ghali todavía ingresado en La Rioja, entre 8.000 y 10.000 personas entraron en Ceuta después de que las fuerzas marroquíes relajaran sus controles, siguiendo un modus operandi similar al descrito por el CENIF en su informe de la invasión de 2026.
Margarita Robles acusó entonces a Marruecos de emplear la inmigración como instrumento de "chantaje".
Ahí reside la caja negra de esta historia. La secuencia temporal no demuestra una coacción vinculada a Pegasus, pero deja abierta la pregunta de si Marruecos obtuvo información con la que aumentar su capacidad de presión sobre el presidente español.
Unos diez meses después de las infecciones, en marzo de 2022, la Casa Real marroquí divulgó un fragmento de una carta que Sánchez envió cuatro días antes a Mohamed VI.
En ella, España consideraba la iniciativa de que el Sáhara Occidental fuese una autonomía bajo soberanía marroquí como "la base más seria, realista y creíble" para resolver el conflicto saharaui.
Hasta entonces, España había evitado adoptar como propia cualquiera de las dos soluciones enfrentadas. Ni siquiera Felipe González y Zapatero se habían atrevido a ir tan lejos.
La posición tradicional respaldaba el proceso dirigido por Naciones Unidas y una solución mutuamente aceptable que respetara el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui.
Argelia interpretó el movimiento como una ruptura del equilibrio, llamó a consultas a su embajador y, el 8 de junio, suspendió el Tratado de Amistad con España, que sólo fue reactivado en marzo de 2026, casi cuatro años después y cuatro meses antes de la invasión de Ceuta.
Zapatero, Aznar y la isla Perejil
Para comprender la inclinación socialista hacia Rabat hay que retroceder hasta José Luis Rodríguez Zapatero, mentor ideológico del actual líder del PSOE. Él y su ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, armaron una estrategia diplomática para ganarse su confianza.
Uno de los episodios más reveladores se produjo cuando Zapatero todavía era jefe de la oposición. En diciembre de 2001, en plena crisis diplomática entre España y Marruecos, viajó a Rabat y se entrevistó a solas con Mohamed VI.
El Gobierno de Aznar, con Josep Piqué como ministro de Exteriores, estaba enfrentado con Rabat a raíz de la llegada masiva de pateras, la ruptura del acuerdo de pesca entre la UE y Marruecos y, de nuevo, por la postura de España sobre el Sáhara Occidental.
Una crisis que, en 2002, culminaría con el conflicto de la isla Perejil.
Mohamed VI y Zapatero en diciembre de 2001, frente a un cuadro en el que el Sáhara Occidental, Ceuta y Melilla aparecen como territorio marroquí.
El recibimiento de Zapatero en el Palacio Real marroquí resultó excepcional para un líder de la oposición. Ocho ministros y un consejero real lo agasajaron durante su estancia. Hasta André Azoulay, asesor de Mohamed VI, acudió a visitarlo personalmente al hotel.
Zapatero regresó a Madrid con una propuesta del monarca alauí para resolver la crisis y Moncloa lo remitió a Piqué, que acusó a Zapatero de haberse dejado impresionar por los agasajos y de alterar sin debate la posición histórica del PSOE sobre el Sáhara.
El titular de Exteriores llegó a bromear con que Marruecos ya no necesitaba devolver a su embajador, que había sido retirado en octubre de 2001.
La visita de Zapatero también dejó una fotografía cargada de simbolismo. El socialista apareció ante un mapa del palacio que representaba el Sáhara Occidental integrado en Marruecos.
La imagen no demostraba por sí misma que el socialista asumiera las reivindicaciones territoriales de Rabat, pero anticipó una constante de su trayectoria: la disposición a preservar la interlocución con Mohamed VI incluso cuando las formas elegidas por la monarquía marroquí colocaban a España en una posición incómoda.
"Cuando Zapatero viajó a Marruecos yo recuerdo haberle hecho una pregunta", rememora Ali Lmrabet. "Estaba al lado del primer ministro marroquí Abderramán Yusufi".
El mismo que, poco después, aseguró que la visita de Zapatero fue instrumentalizada para tensar las relaciones con España.
"Yo le pregunté al expresidente cómo siendo socialista y demócrata se podía colocar al lado de un primer ministro que había prohibido varias revistas. Él me contestó que si yo hablaba libremente era porque tenía libertad para hacerlo. Justo antes de que tomara su avión, suspendieron mi revista".
Tres años después, con Zapatero ya instalado en la Moncloa, el PSOE convirtió aquella inclinación en política de Gobierno.
"Se reforzaron muchísimo las relaciones, a niveles nunca antes vistos. Durante el Gobierno de Zapatero se llegó a regalar armas a Rabat por un precio simbólico de 1 €", ilustra Taleb Alisalem.
El 24 de abril de 2004, Zapatero escogió Marruecos como destino de su primera visita oficial al extranjero, una costumbre que ya había iniciado Felipe González.
Las relaciones todavía arrastraban la retirada de embajadores, el enfrentamiento por la isla de Perejil y el deterioro acumulado durante el último mandato de Aznar. A ello se sumaba una amenaza común: los atentados de Casablanca de 2003 y la matanza del 11-M habían convertido la cooperación policial y antiterrorista en una necesidad inmediata.
Zapatero y Mohamed VI proclamaron una "nueva era de entendimiento profundo" basada en la seguridad, la inmigración, el comercio y el diálogo permanente.
Bono, Pepiño y Trujillo
Dentro de aquella estrategia diplomática debe situarse el viaje de José Bono a Tánger en julio de 2004.
Bono no inauguró la reconciliación –Zapatero y su ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, ya la habían puesto en marcha– pero sí protagonizó uno de sus episodios más singulares.
El entonces ministro de Defensa fue el primer miembro del nuevo Gobierno socialista recibido en audiencia por Mohamed VI.
El desplazamiento no fue anunciado previamente y los diplomáticos españoles en Rabat se enteraron a través de una nota de la agencia oficial marroquí MAP. El embajador de España, Luis Planas, hoy ministro de Sánchez, tampoco figuró entre los asistentes.
José Bono (2i) junto a Mohammed Nassar (i), miembro del Consejo General del Poder Judicial de Marruecos, y Juan Segovia (2d), socio de Bono en sus negocios en República Dominicana.
Bono acudió acompañado únicamente por el jefe del Estado Mayor de la Defensa, el general Félix Sanz Roldán.
El Gobierno explicó posteriormente que Bono había viajado para entregar al monarca una carta privada de Juan Carlos I y para proponer a Mohamed VI el envío conjunto de tropas a la misión de la ONU en Haití.
El gesto resultaba significativo por la posición anterior de Bono. En 2001 había calificado a Marruecos de "dictadura encubierta", denunciado la ausencia de libertades y negado que pudiera considerarse un país amigo.
Su transformación política comenzó ahí y terminó siendo completa. En 2022 respaldó públicamente el plan de autonomía marroquí para el Sáhara, al que describió como una propuesta "inteligente, creíble y eficaz" y sostuvo que Marruecos ya no podía juzgarse con los parámetros de la época de Hasán II.
A esa evolución, defendida a ultranza por Bono en numerosas columnas de opinión, se añadieron sus intereses patrimoniales.
Las cuentas de Joasa 2012, sociedad de la que Bono figura como administrador único, recogen la adquisición de cinco inmuebles en Tánger entre noviembre de 2023 y noviembre de 2024. Las propiedades fueron contabilizadas por un valor conjunto de 259.900 euros.
El caso de María Antonia Trujillo, ministra de Vivienda en el primer Gobierno de Zapatero, fue aún más lejos.
Trujillo había ejercido entre 2018 y 2022 como consejera de Educación en la Embajada de España en Rabat. Allí también mantuvo una relación con el miembro de la Unión Socialista de Fuerzas Populares Nordin Fatah.
La exministra María Antonia Trujillo con su pareja, Nordin Fatah.
Mientras se planteaba trasladar su residencia a Marruecos, participó en 2022 en un congreso celebrado en Tetuán inaugurado por el propio Zapatero.
Allí asumió de forma explícita el relato territorial marroquí: afirmó que Ceuta y Melilla eran una "afrenta a la integridad territorial de Marruecos" y que "durante más tiempo fueron árabes que cristianas".
La exministra no se limitó a defender el diálogo con Rabat. En intervenciones posteriores sostuvo que la reivindicación marroquí sobre las dos ciudades estaba "plenamente justificada" y planteó abrir el debate sobre su soberanía.
"Tanto Zapatero como Bono y Trujillo son altavoces de Marruecos", remata Lmrabet. "Pueden hacer todo el lobby que quieran, pero que no se escondan".
Hay otro caso de un ex ministro de Zapatero, esta vez de Fomento, con una gran afinidad al régimen alauí: José 'Pepiño' Blanco.
Blanco fundó en 2019 junto a Antonio Hernando la consultora Acento Asuntos Públicos, de la que también es presidente Alfonso Alonso, exministro de Sanidad de Rajoy.
Su actividad se encuentra sometida a las obligaciones de transparencia de la Unión Europea, y es precisamente ese registro el que permite conocer la importancia adquirida por Marruecos dentro de la cartera de la firma.
En 2023, Acento declaró a la Agencia Marroquí de Cooperación Internacional como cliente y consignó unos ingresos situados entre 500.000 y 600.000 euros.
En 2024, la representación del cliente pasó a figurar directamente a nombre de la Embajada de Marruecos, que abonó una cantidad incluida en la misma horquilla. Rabat se convirtió así en el principal cliente de Acento en Bruselas.
Según publicó el medio especializado Africa Intelligence, Acento debía defender los intereses de los agricultores marroquíes ante las instituciones europeas.
La conexión política se vuelve más delicada por otra información publicada por El Confidencial, según la cual el propio Zapatero sirvió "de puente" para conseguir el primer gran contrato de Acento con Marruecos.
El entorno actual de Zapatero proporciona otro indicio de esa proximidad. El expresidente preside el Consejo Asesor del think tank pro chino Gate Center, en el que también figura el financiero marroquí El Khalil Binebine, muy cercano a Mohamed VI.
Todas estas relaciones muestran una continuidad entre la política exterior desarrollada durante los gobiernos socialistas, las relaciones personales conservadas después de abandonar el poder y el aprovechamiento privado de una capacidad de interlocución construida desde las instituciones.
González: primera toma de contacto
La inclinación socialista hacia el entendimiento con Marruecos no comenzó con Zapatero, sino con Felipe González, aunque previamente Franco, la familia Fierro, José Solís y el general Rafael García Valiño habían tendido puentes con Rabat.
González también eligió el país como destino de su primera visita oficial al extranjero como presidente del Gobierno. Viajó en marzo de 1983 para entrevistarse con Hasán II en un momento de tensión por el Sáhara, Ceuta y Melilla.
El resultado más importante de aquella política llegó en julio de 1991, cuando España y Marruecos firmaron el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación. El acuerdo fue suscrito por González y el primer ministro Azeddine Laraki en presencia del rey Hasán II y Juan Carlos I.
De aquel tratado surgieron posteriormente las Reuniones de Alto Nivel entre ambos gobiernos y el armazón diplomático sobre el que todavía descansa la relación bilateral.
El presidente del Gobierno Felipe González mantiene un encuentro con el Rey de Marruecos, Hassan II, en 1989.
Aquella relación institucional sobrevivió a su salida de La Moncloa y adquirió progresivamente un carácter personal. González mantuvo una estrecha relación con el monarca marroquí y conservó posteriormente un trato cordial con Mohamed VI.
El escenario que mejor simboliza esa proximidad es Le Mirage, el exclusivo hotel situado sobre los acantilados de Cabo Espartel, al sur de Tánger. Su presencia allí está ampliamente documentada.
En agosto de 1998, El País publicó una crónica escrita desde el propio establecimiento por el novelista marroquí Tahar Ben Jelloun. El artículo explicaba que el expresidente pasaba allí sus vacaciones "invitado por el rey Hassan II, a quien conoce bien".
Durante aquellas estancias, González pescaba, recorría los bosques cercanos y su confianza era tal que hasta llegó a plantar "diez grupos de palmitos" en los jardines del hotel.
La prensa económica marroquí también lo identificó en 2014 como uno de los clientes habituales del establecimiento, propiedad de la familia Chakkor y frecuentado por mandatarios, grandes empresarios y miembros de distintas casas reales.
El vínculo de González con Tánger fue, sin embargo, más allá de la hospitalidad.
El expresidente llegó a poseer un terreno de aproximadamente 5.000 metros cuadrados en la playa de Jbila, una de las áreas más exclusivas de la costa.
Algunas publicaciones valoraron el proyecto terminado en 2,5 millones de euros, aunque finalmente vendió el terreno a la familia real de Arabia Saudí.
Marruecos, Sánchez y la zanahoria
Un dirigente socialista de la época de Zapatero cree que Marruecos es un experto en jugar "al palo y la zanahoria": "Primero te golpea y luego te tiende la mano aportando soluciones".
"Por ejemplo, siempre ha utilizado a los subsaharianos como un elemento de presión. Lo sabemos por nuestros servicios secretos. Generan el problema y luego lo solucionaban. Eso mejoró con Zapatero porque la relación fue bastante buena".
Tanto fue así que "en Beniazar, todos los días, llegaban ciento y pico marroquíes llegados de los CIE de la Península que Rabat siempre admitía".
Con Sánchez, sin embargo, ha habido un nuevo deterioro. "El presidente del Gobierno tiene miedo porque haya algo importante con lo de Pegasus".
De lo contrario, "no se explica su entrega con el tema del Sáhara haya tenido como respuesta una invasión en Ceuta".
Esta fuente socialista considera que los cruces migratorios como los del pasado 30 y 31 de julio "son experimentos".
"Marruecos es lento. No puedes esperar de ellos una reacción inmediata. El tiempo no es un factor importante. Están cebando una bomba cuyo objetivo es quedarse con Ceuta y Melilla".
Por eso, cree que el próximo Gobierno "tiene una tarea muy importante": volver a frenar la deriva expansionista de su socio africano.
"Debemos tener claro que a Marruecos te puede pisar un pie, pero si le dejas, te aplasta la cabeza".
