El otro día, en la Cuesta de Moyano, nuestro Sena sin río pero con buquinistas, un librero me señaló una caja sabiendo que me pondría a olisquear en ella como un perro: "Eso estaba en la biblioteca de un ministro de Franco".
Sobresalía un librito fino de color naranja, no demasiado viejo. Tiré de él como el que tira de su caña de pescar una noche de suerte. Era una primera edición del Diario de una resurrección, de Luis Rosales.
De allí me fui andando al tren, que también va andando, y me zambullí en las 140 páginas de versos más emocionantes que he leído jamás.
Los trenes de la España de hoy tienen la ventaja de que en ellos los libros se empiezan y se acaban. Creo que fue Ferlosio el que acuñó eso de los "lectores de islas": alguien que, embrujado por una obra, acaba también embrujado por el autor y se sumerge en todos los materiales que encuentra sobre él.
Acabé así leyendo a Luis Rosales (1910-1992) justo cuando se cumplían noventa años de las conversaciones que mantuvo con su amigo Federico García Lorca a orillas de la Guerra Civil. Y lo hice en el ejemplar de un ministro de Franco que, seguro, consideró a Rosales un traidor, pero que no se resistió a disfrutar de su poesía hasta el final.
El 9 de agosto de 1936, Federico llegó en un taxi a la casa granadina de los Rosales y salió de allí detenido una semana más tarde para ser fusilado en los alrededores del barranco de Víznar. Creyó, creyeron los dos amigos, que la filiación falangista de los Rosales blindaría a Federico, pero no fue así.
Un falangista camarada de Rosales, tan buen narrador como cerril en sus creencias, Rafael García Serrano, se dio cuenta muy pronto de que Franco había ganado la guerra, pero había perdido el futuro de la literatura.
Luis Rosales, uno de los poetas más valiosos de la Generación del 36, en una foto de su vejez.
Los poetas del franquismo brillaron en España cuarenta años, los de la República brillarán por siempre, pero ¿qué pasa con esos poetas de la Falange, como Rosales, que abjuraron del régimen y quedaron en una especie de exilio interior?
A esos se les reivindica, se les lee y se les publica poco (con la honrosa excepción del Cervantes en su vejez).
Rosales, que padeció esto en vida, tuvo que soportar un castigo infinitamente mayor: la insidia de que colaboró en el asesinato de ese amigo doce años mayor que él y que le había enseñado tanto.
Le había enseñado, por ejemplo, que escribiría mejor si seguía el camino de Neruda y no el de Juan Ramón: escribir la vida concreta antes que la belleza, porque escribir la cotidianidad ya es belleza.
Lorca sacó de la mano a Rosales de la adolescencia y, muy generosamente, siendo Rosales nadie, le regaló una educación estética y vital. Eran amigos de Granada que coincidieron en Madrid.
Paseé por los versos de Rosales –releí La casa encendida (Cátedra, 2010), me estrené en la formidable antología La primavera del agua (Renacimiento) que hizo su hijo– y salté a su biografía, como la de tantos, destruida por el parteaguas de la Guerra Civil.
Leyendo a Rosales aprendí que conviene distinguir entre "tener alegrías y tener satisfacciones" y que ahí está "la clave del vivir".
Aprendí que "quien siempre consigue lo que quiere suele tener un aborto del corazón y le sobra la vida, y ya no sabe qué hacer con ella".
Aprendí que lo "esencial siempre es mutuo", que hay que tener cuidado con los sentimientos que causan el amor porque son "posesivos", que hay palabras de seres queridos que llevan "la sonrisa en la espalda" y pueden liberarnos del miedo, que donde hay dos hay dolor pero que la vida sólo empieza cuando hay dos, que nacemos cuando amamos y el amor dura solo mientras seguimos naciendo, que cuando el amor se acaba solo deja un puñado de pájaros y que lo que vuela se aleja; que llegan a existir amores verdaderos que no son para toda la vida, sino para toda la muerte.
Y aprendí, de veras que lo aprendí, que el corazón "hay que reunirlo poco a poco, hay que reunirlo prematuramente, para poder tenerlo junto en el momento necesario".
Lo que no aprendí, claro, ¡cómo iba a aprender eso!, es a escribir unos poemas de amor tan bonitos, que dicen "amiga mía", y que hablan de un loco que merodea la casa del pueblo y espera y espera, y con una mirada es capaz de hacer niña a una mujer y también "profetizarla". No lo aprendí, pero lo disfruté una barbaridad.
La biografía del autor quizá no sea necesaria para comprender una novela, pero resulta imprescindible para leer entre los versos de un poeta.
Juan Panero, Luis Rosales y Leopoldo Panero.
Quién fue Luis Rosales
Luis Rosales, cuarto de ocho hermanos, familia católica y acomodada. Filosofía y Letras primero en Granada, después en Madrid. La intención de un doctorado en Filología Románica. Y la guerra, que se lo lleva todo por delante: su carrera de poeta recién estrenado, los amores y los amigos de izquierdas.
A Rosales, si Lorca le influyó en la estética, Dionisio Ridruejo le influyó en la política.
Es cierto que los hermanos mayores de Luis Rosales se hicieron pronto de Falange, pero quien convirtió a Luis en uno de los ideadores de esa estética revolucionaria e imperial estilo italiano que iba a tener el franquismo fue Ridruejo.
Rosales estaba en el frente aquel día de agosto de 1936. Le llamaron.
Habían descubierto que Lorca estaba en su casa. Al parecer, un escuadrón de la muerte se plantó en la casa familiar de los Lorca y arrancó el verdadero paradero del poeta amenazando con llevarse a Federico padre.
Luis fue corriendo a casa, pero llegó tarde.
¡Le pidieron tantas veces que contara esta historia! Le propusieron escribir libros, hacer un documental, prestarse a una película con él como personaje. Le pusieron durante décadas mucho dinero encima de la mesa.
Rosales contempló cómo muchos hicieron del asesinato de Lorca un negocio y no quiso participar, pero se vio obligado a dar su versión para librarse de la presunción de la culpabilidad.
En muchos de los versos de Rosales está ese dolor: el vivir desmintiendo el rumor mientras se sufre, en el silencio más hondo, la culpabilidad por no haber podido hacer más.
Luis Rosales, de joven, en la época en que sucedieron los hechos.
El testimonio
En 1977, justo el año en que Rosales terminaba de escribir el libro que yo había encontrado en la Cuesta de Moyano, fue al programa de televisión de Joaquín Soler Serrano por el que iban pasando los grandes escritores de ese tiempo.
Soler Serrano, con el prestigio que atesoraba y la medidísima amabilidad que practicaba, pudo hacerle a Rosales la pregunta que muchos no se atrevían a hacerle: qué pasó con Federico, qué fue lo que viste.
Y contó. Quiso contarlo todo y, además, exigió una mesa redonda, también televisada, en la que participaran todos los testigos vivos del asesinato y sus prolegómenos para que, así, pudiera confeccionarse una suerte de "libro blanco" sobre el fusilamiento de García Lorca. Esa mesa llegaría en La Clave, de Balbín.
Quien se presentó en casa de los Rosales fue Ramón Ruiz Alonso, un viejo diputado cedista. Parecía "una acción de guerra" –le contó a Luis su madre, que fue quien abrió la puerta–: hombres apostados en los edificios colindantes, toda una milicia armada para llevarse a un poeta de una casa donde solo había mujeres.
Cuando Luis llegó, a Federico ya se lo habían llevado. Era un odio político y sociológico, pero también de lo que hoy en los periódicos llamamos "fuego amigo".
Ruiz Alonso, de la CEDA, tosco, inculto, nunca tuvo el aprecio de los camisas viejas de Falange ni de su líder. Es más: lo despreciaron y no se fiaron de él. Hay sobradas pruebas de esto en el libro sobre José Antonio que acaba de publicar Petón (Espasa, 2026).
Documentos inéditos de Federico García Lorca, contenidos en el archivo privado de Juan Ramírez de Lucas, último amante del poeta.
Detener a un poeta como Lorca en casa de los Rosales y pisoteando a los Rosales era orgásmico para Ruiz Alonso, que así podía mostrar su poder y colgarse una medalla ante el gobernador civil de la provincia, José Valdés, el otro gran responsable del asesinato.
Leí esta historia, además de en el libro de Petón, en la novela de Carlos Mayoral, Yo no maté a Federico (Espasa, 2022).
El caso es que Luis –le contó a Soler Serrano– se presentó junto a alguno de sus hermanos en el lugar del aparato represor. Exigieron que soltaran a Federico, pero se les contestó con una mezcla de crudeza e ironía. Ruiz Alonso se encaró con Luis Rosales y le dijo: "Ha sido bajo mi responsabilidad".
Rosales –un fuego de furia amenazaba con traspasar el cristal de sus gafas muchos años después, en 1977, cuando lo contaba– le dijo: "¡Repítelo!". Así hasta tres veces.
Rosales, ahí sí, tuvo la lucidez de saber que se encontraba en el ojo del huracán de la Historia y quiso que quedara constancia ante tanta gente –vieron la escena "unas cien personas"– de quién había ordenado el asesinato de Federico García Lorca.
El hermano mayor de Luis pudo hablar con Gobierno Civil, la instancia superior, pero, aunque todavía no lo habían asesinado, le dijeron que ya no había nada que hacer.
Un fusilado que todavía no lo había sido era ya un muerto a ojos del escuadrón de la muerte.
Jugarse la vida
Luis no pudo hacer nada más porque no sabía dónde tenían retenido a Federico. Presionó todo lo que pudo. Hasta el punto de decidirse también su asesinato. Iban a matar a Rosales, que era poeta, que era amigo de "un rojo" y, además, lo había refugiado.
Petón reconstruye en su libro cómo Narciso Perales, un falangista con verdadero mando en plaza, dijo al pisar Granada y salvar a Rosales: "Si llego tres días antes, no matan a Federico. Si llego dos días después, Luis está muerto".
El padre de los Rosales, pese a la gestión de Perales, tuvo que pagar una multa enorme para sellar la salvación de su hijo.
Luis Rosales no quiso dar detalles de esto a Soler Serrano. Era el mismo pudor que le impedía ganar dinero con su testimonio sobre lo que pasó. Cómo iba él a relatar sus momentos al borde del asesinato cuando a Federico sí que lo habían asesinado.
Del testimonio de Rosales me llamaron la atención las sensaciones. Ni él ni Federico consideraron en ningún momento, cuando decidieron el refugio, que alguien pudiera asesinarlo. Era más bien un refugio para que no le pegaran, para que no le robaran cuadernos o libretas, que no era poco, pero no era la muerte.
"Federico era muy inocente", dijo Rosales, en el mejor sentido de la palabra, para reflejar el terror con el que Federico vivió aquellos días de 1936, pero también su poca implicación política en comparación con la de otros escritores.
Federico firmó algunos manifiestos contra la derecha y lo que iba a ser el golpe militar, pero no dedicaba su tiempo a hacer política. Seguía escribiendo sobre los mismos temas y de la misma manera que en años anteriores.
Rosales explicó que esos temas eran prepolíticos; estaban en lo más sagrado del hombre, casi en su era más primitiva: el amor, el deseo, la separación, el asesinato carnal. Bernarda Alba y todas esas obras maestras.
Lo que quería decir Rosales era que ni por su cabeza ni por la de Federico pasó la idea de que pudiera producirse ese asesinato. Si no, no lo habrían dejado solo en una casa tan desprotegida.
Eso es lo que pesó para siempre en la conciencia de Rosales: el no haber medido los riesgos y, luego, cuando ya era tarde, no haber podido hacer más.
Uno de sus poemas más famosos, Autobiografía, termina con estos versos: "sabiendo que jamás me he equivocado en nada/sino en las cosas que yo más quería".
Luis Rosales, escribiendo.
¿Una dictadura militar?
Rosales se vio obligado a dar detalles de aquella noche de la detención y los días siguientes, pero nunca habló en público sobre el Federico al que veía, noche tras noche, esos días de agosto del 36, escondido en su casa.
Sin embargo, en una ocasión, el hispanista Ian Gibson, corría 1966, consiguió una entrevista off the record con Luis Rosales… y la grabó a escondidas. Mucho después, y sin autorización de Gibson, un documental incluyó esa grabación.
Ahí Rosales decía que Lorca y José Antonio tuvieron cierta amistad y que "Federico", en los últimos días de la República, quiso una "dictadura militar", "ni de derechas ni de izquierdas", que acabara con el "desorden y la violencia".
No hay pruebas que constaten que lo de la "dictadura militar" sea cierto. De hecho, Gibson, al no confirmarlo por otras fuentes, no lo incluyó en sus trabajos. Hizo bien. Pero, ¿lo habría incluido de haber dicho Rosales que Federico era, vete a saber, un ferviente admirador del Partido Comunista?
De su amistad con José Antonio sí hay pruebas. Lo contaron Gabriel Celaya, Pepín Bello, el propio Rosales… Mucha gente. Todo recogido en el libro de Petón.
Lorca en la huerta de San Vicente, Granada, en 1935.
La culpabilidad
Escribo aquí estos dos datos porque forman parte del atormentado pensamiento de Rosales sobre Lorca a lo largo de su vida. No sería arriesgado decir que todos los días de su vida, ¡todos!, Rosales pensó en Federico y se sintió culpable.
En la conversación con Soler Serrano, Rosales dijo que, quizá, no le quedara más remedio que escribir sus memorias. Nunca lo hizo. En realidad, ya las había escrito… en la ficción.
En 2025, la investigadora Noemí Montetes-Mairal encontró una obra de teatro de Rosales fechada en 1946 y titulada Por qué. Cuenta la historia de un hombre que carga con la culpa de haber delatado a un amigo.
No es una confesión. Rosales jamás traicionó a Lorca. Pero es un texto hermoso donde el poeta experimenta con la culpa que sí sentía por no haber podido hacer más, por no haber podido prever que se llevarían de su casa a Federico para matarlo.
En Diario de una resurrección –vuelvo al librito que me ha tenido prendido de Rosales estos días–, hay un poema fechado en los días de la Transición que dice así:
Sabes que llega un día en que el suelo que pisas se convierte en pared,
esta es la gran lección
y la medianería que separa los muertos de los vivos;
los extremos se tocan,
no podemos salir de su contigüidad,
más tarde o más temprano
en cada orilla queda un muerto nuestro.
Luis Rosales es el gran poeta del amor y la muerte, que acaso sean la misma cosa. Le mataron a su amigo. Sus padres murieron con apenas diez días de diferencia. El padre, antes de morir, le regaló el mejor papel que había en casa para que escribiera allí "la mejor elegía" a la madre.
En los noventa años de la muerte de Federico García Lorca, leer también a Luis Rosales es una de las elegías más justas y más bellas. Tener un libro de Luis Rosales en la biblioteca… es tener la casa encendida.
