Declarado políticamente edificio maldito el 16 de febrero de 2021 el inmueble que es la sede central del Partido Popular está a la espera de un comprador que alivie las menguadas arcas que le han dejado sus últimos reveses electorales.

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Pablo Casado ha encontrado un culpable del desastre sufrido en Cataluña: Génova 13 presenta graves grietas en su estructura, el amianto político afecta a todos sus moradores y la huida se hace necesaria y urgente.

Si tuviera el tiempo que parece no tener, preso de los agobios que sufre su liderazgo, descubriría que tal vez la responsable de las desdichas del azulado y acristalado edificio es una maldición.

Por los corredores del antiguo palacio de los marqueses de Moya se veía pasear en las noches a doña Beatriz de Boadilla, tan enojada como la dama de blanco del palacio de Linares o la que recorría la Casa de las siete Chimeneas. Todas ellas que fueron damas de la Corte en los últimos 500 años.

La mujer en la que más confianza depositó Isabel la Católica, que la acompañó hasta su muerte y que gracias a la abundancia de sus vestidos se salvó de varias cuchilladas dirigidas a la reina, ya mostró su carácter fantasmal en contra de los dineros negros y la especulación urbanística cuando en los últimos años del franquismo el palacio de sus descendientes sufrió los tormentos de la piqueta y el derribo, antes de que lo comprara la aseguradora Mapfre en 2006 por 37 millones de euros.

Los populares ya vagaban por sus despachos desde 1983 de la mano de Manuel Fraga y de su primer escudero o secretario general, Jorge Verstrynge. Dejaron de llamarse Alianza Popular para convertirse en Partido Popular, comenzaban las grandes guerras internas por el poder y los despachos. Necesidades cada vez mayores de financiación y recursos que atravesaban horizontal y verticalmente la organización. Donativos legales y comisiones ilegales que ayudaban a las economías públicas y privadas de más de un dirigente.

Las siete plantas otorgaban los grados y estrellas de las hombreras. Había que estar lo más cerca posible del presidente, hasta que éste incendiara y destruyera al más próximo. Murmullos en los ascensores, conspiraciones que se trasladaban a las cafeterías y restaurantes más próximos. Búsqueda de complicidades cuando las trompetas electorales anunciaban la hora de las listas.

Estar en Génova 13 era estar en el centro del poder de la derecha española; llegar a alguno de sus despachos, por pequeño que fuese, era subir de golpe varios escalones en el futuro político que todos sus habitantes deseaban.

A Jorge Verstrynge lo cesó un tronante Fraga por considerarlo demasiado independiente. Le sustituyó en 1986 un más que prometedor Alberto Ruiz-Gallardón, de breve paso por la secretaría general, ya que un año más tarde, tras la dimisión del “patrón” popular y por primera vez en la historia de la derecha española, el favorito para sustituirle, Miguel Herrero, todo un padre de la Constitución, era arrollado por un inquieto Antonio Hernández Mancha, que supo moverse con habilidad para lograr que las intrigas internas de la calle Génova le dieran la victoria.

Los secretos de los que hablan las paredes de la esquina de Génova con Zurbano son a veces tan turbios como las aguas del Guadalquivir

De forma automática lo que estaba a la vista y lo que no lo estaba se quedaron en el mismo despacho pero con otro inquilino. El futuro presidente de la Comunidad madrileña y alcalde de la capital del Reino dejó el sillón a Arturo García Tizón, uno de esos personajes que en toda novela o película de intriga hace muy bien el papel de secundario, capaz de sobrevivir a los ciclones y tormentas que de forma periódica azotan a las organizaciones políticas.

Con la inestimable ayuda de su adversario, Hernández Mancha intentó imitar al entonces presidente del Gobierno en su ascenso político hasta la Moncloa. Si Felipe González había utilizado la moción de censura contra Adolfo Suárez como una escalera para acortar los tiempos de oposición, él haría lo mismo. Le falló todo.

Derrotado por la acerada lengua de Alfonso Guerra en el escenario del Congreso de los Diputados descubrió que bajo sus pies el suelo de su despacho se convertía en un túnel sin fondo. Regresó Fraga y preparó su segunda despedida.

Las luchas por la sucesión fueron sangrientas. José María Aznar había sido uno de los derrotados junto a Herrero de Miñón pero era ya presidente de la Comunidad de Castilla y León. Aspiraba a un regreso triunfal a la capital y contaba para ello con una fiel infantería. La integraban Rodrigo Rato, Juan José Lucas, Federico Trillo y Francisco Álvarez Cascos. Los cuatro estaban decididos a cerrar el paso a Isabel Tocino costase lo que costase.

Desde Génova 13, si se sabían tocar las teclas justas, en el momento preciso, se alcanzaba el poder interno del partido. Conquistar el gobierno de la Nación era cuestión de tiempo y de paciencia.

Unos eran más religiosos que otros, unos tenían un pasado más franquista que otros, todos sabían que si su compañera Tocino era la elegida por Fraga para sucederle, sus posibilidades en el partido se verían muy menguadas y que no podrían dar otro “golpe de estado interno” como el que había enviado a Hernández Mancha al retiro político.

Sin dudarlo, el 28 de agosto de 1989 se marchaban a la localidad gallega de Perbes, donde veraneaba el presidente fundador, y triunfaron. Se adivinaban nuevas elecciones generales y el nombre de José María Aznar se impuso.

La historia que siguió a esa comida en tierras galaicas es tan conocida como la de los “embajadores” del inspector de Finanzas. Tardaron siete años y tres citas con las urnas pero Álvarez Cascos, Federico Trillo y Rodrigo Rato se convirtieron en ministros del primer gobierno del PP. Juanjo Lucas sucedió a Aznar como presidente en Castilla y León.

Ninguno de los cuatro tuvieron en cuenta las maniobras de dos de sus compañeros, tan distintos y tan ambiciosos como ellos, tan capaces de conspirar entre las bambalinas de los despachos y las listas electorales. Uno era gallego, registrador de la propiedad, capaz de fumarse dos puros y beberse varios güisquis mientras en el Congreso le arrebatan años más tarde el despacho de la Moncloa.

Se llamaba y se llama Mariano Rajoy, tan indolente en sus formas como hábil a la hora de jugar con las ambiciones de su propio equipo. Tan capaz de poner a competir por su sucesión a dos abogadas del Estado como de inventar las ruedas de prensa a través de un plasma. Con la suerte de salir casi sin mancha del espeso chapapote del Prestige y de herirse a sí mismo con sus mensajes al tesorero Bárcenas.

El otro era y es sevillano, capaz de embozarse como el Tenorio por las callejuelas que rodean la hermosa catedral entre olores de azahar, y más capaz aún de cambiar el logotipo del partido, llegar a vicepresidente del Gobierno, ganar y perder en Andalucía y mantenerse en la vida pública durante treinta años, cargo va y cargo viene. Los secretos de los que hablan las paredes de la esquina de Génova con Zurbano son tan turbios, a veces, como las aguas del Guadalquivir.

Si el culpable es un castillo maldito y no los moradores del mismo, se abandona el castillo y se empieza de nuevo

El antiguo balcón de piedra del palacio de los marqueses se convirtió en el balcón del triunfo popular en 1996. Allí estaban José María y Ana, brazos en alto llenos de alborozo, a un lado Rodrigo, al otro Mariano. Luego el resto.

Cambiaba el eje del poder, que se trasladaba al palacio de la Moncloa. En la foto estaban dos de los favoritos a la futura sucesión del hombre que había esperado siete años para derrotar a Felipe González, del hombre al que habían espiado por más medidas que tomaran en la sede del partido y en su casa, al que ETA había intentado matar. Otros tres siguieron moviéndose en las sombras: Mayor Oreja, Federico Trillo y Javier Arenas. Sumaban méritos y les faltó cintura a dos de ellos y le sobró ambición económica al otro.

A las sonrisas del triunfo tan esperado y tan incierto, con Jordi Pujol y los diputados de CiU forzando al candidato popular a “hablar catalán en la intimidad” les siguieron las lágrimas de una derrota forjada sobre doscientos cadáveres del salvaje atentado a los trenes de Cercanías madrileños en 2004. Tocaba de nuevo esperar y Mariano Rajoy, candidato derrotado por un sorprendente José Luis Rodríguez Zapatero, colocó el letrero de “No ambicionar” en su despacho del partido.

Luis Bárcenas se convirtió en el dueño y señor de los dineros blancos y negros, y de las grabaciones “preventivas”, que de sabios es tener muy presente que los enemigos están dentro y los adversarios fuera.

Génova se transformó, se hicieron más despachos, Ángel Acebes dejó la alcaldía de Ávila y descubrió que las murallas de su ciudad no podían protegerle de los asaltos que se producían en las siete plantas de sus nuevos dominios. Y llegó la gran jugada del lector perdido de la Historia de Florencia escrita por Nicolás Maquiavelo.

La mejor forma de alejar a los que consideraba ambiciosos compañeros de su propio sillón era colocar dos cortafuegos femeninos. Lo hizo con dos abogadas del Estado, que en nada se parecían, salvo en que no ponían límites a su propio futuro.

María Dolores Cospedal se convirtió en secretaria general en 2008 y allí se mantuvo contra los vientos y mareas que llegaban desde los despachos vicepresidenciales de Moncloa durante diez años, mezclándolo con la Presidencia de Castilla-La Mancha y el Ministerio de Defensa. Enfrente, despacho con despacho, día tras día, escaño con escaño, Soraya Sáenz de Santamaría era una boca pegada a una oreja, la del presidente del Gobierno.

El PP ya no necesitaba adversarios externos para destruirse, la dinamita la colocaban sus propios dirigentes en el interior del sanctasanctórum del partido, que no dudaban en lanzar como auténticos cócteles molotov una declaración tras otra en los medios de comunicación.

El número 13 de la calle Génova se convertía en un mausoleo, en un castillo que se derrumbaba de la misma forma que lo hacía, en el pequeño pueblo conquense de Carboneras de Guadazaón, el castillo de aquella marquesa de Moya, señora de Chinchón que fue confidente de Isabel la Católica.

Entre las ruinas que dan fe de su antigua grandeza encontraron varias piezas que bien pueden ser un mensaje mandado a través de una cápsula del tiempo desde la muy lejana Edad del Bronce, a Pablo Casado y su equipo en esta hora de abandonos improvisados: “una espada, una punta de flecha, varios puñales y una urna de incineración”.

Si el culpable es un castillo maldito y no los moradores del mismo, se abandona el castillo y se empieza de nuevo en otro con menos lujo y esplendor urbano. Sin balcón al que asomarse y sin logo gigante con amenaza de caerse, las dos alas de la gaviota pueden llevar a un cambio más profundo, el del propio nombre de la organización.

Fraga lo hizo en sus inicios.