El exgeneral de la Guardia Civil, Enrique Rodríguez Galindo, ha fallecido este sábado a los 82 años de edad a causa de la Covid-19. Durante los quince años que estuvo al frente del cuartel de Intxaurrundo en San Sebastián Galindo fue el enemigo número uno ETA. Desde la primera línea de batalla de la lucha sin cuartel contra la banda terrorista, gracias a sus expeditivos métodos de vigilancia y de investigación, fueron desarticulados 278 comandos y detenidos 1.700 terroristas. Su efectividad le valió ascensos meteóricos en el escalafón de la Guardia Civil y un sinfín de condecoraciones que lucía orgulloso en su solapa.

Lo tenía todo para haber sido el gran héroe en la lucha contra el mayor enemigo de la democracia española. Pero su carrera y sus méritos se vieron no solo ensombrecidos, sino enfangados, cuando se airearon sus métodos poco ortodoxos. El general Galindo –para los etarras y sus seguidores, la encarnación del terror policial- asumió que el fin justificaba los medios.

Según se puede leer en la sentencia que recoge su condena, el suyo era «un caso de perversión de los medios en atención a los fines». Consideraba que cualquier atajo era válido para contener aquella sangría provocada por el terrorismo. Cien de sus hombres, cien guardias del fuerte que era Intxaurrundo, fueron asesinados por los terroristas. Una placa recuerda hoy sus nombres a la entrada del cuartel.

El "caso Lasa y Zabala" dejó al descubierto las torturas

que se practicaban en el cuartel de Intxaurrondo.

Intxaurrondo, la imponente fortaleza desde la que se dirigía la lucha antiterrorista, una ciudad dentro de una ciudad, que se autoabastecía, que acogía a cientos de jóvenes que llegaban de toda España para hacer frente a la gran amenaza, se convirtió en un auténtico símbolo para los habitantes de San Sebastián.

Para los guardias civiles novatos, instruidos en disimular su acento, en cómo relacionarse con los ciudadanos, en cómo explorar a todas horas los bajos del coche, era el único lugar en el que se sentían seguros. Para los donostiarras, en cambio, se convirtió en el objeto de todo tipo de habladurías sobre terribles torturas, crueldades inimaginables, en una especie de misterioso castillo kafkiano.

Lo que hasta entonces solo habían sido rumores se demostró verdadero cuando los periodistas del diario El Mundo, encabezados por Melchor Miralles, comenzaron a investigar y a dejar al descubierto la trama de los GAL. El llamado «caso Lasa y Zabala» fue el detonante que demostró lo que ocurría de puertas adentro en el cuartel.

La historia comienza en 1985 con el descubrimiento de unos restos humanos en la localidad de Busot (Alicante), muy lejos del País Vasco. Los huesos no pudieron ser identificados, dado su deterioro, hasta 1995, cuando se determinó que los correspondían a José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, desaparecidos en 1983.

Víctimas de los GAL

Ellos fueron las primeras víctimas del terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Se trataba de dos miembros muy jóvenes de ETA, con apenas 18 años. Habían sido secuestrados en Bayona (Francia) y trasladados al cuartel de Intxaurrondo por orden del entonces comandante Galindo. De ahí, desplazados al palacio Cumbre de San Sebastián, una señorial villa pública utilizada por la policía, donde serían cruelmente torturados.

Hasta tal punto estaban desfigurados los dos jóvenes, que se decidió hacerlos desaparecer. Galindo encargó la misión a dos guardias civiles, que los remataron y los enterraron en cal viva, de ahí la dificultad para su reconocimiento. 

El general fue condenado a 75 años de cárcel, de los que

sólo cumpliría cinco por motivos de salud.

Las investigaciones periodísticas demostraron que Galindo ejercía la máxima autoridad militar de lo que se dio en llamar «el gal verde», el brazo armado de toda una trama de políticos, que iba de gobernadores civiles, como Julen Elorriaga, a ministros del Interior, como José Barrionuevo, pasando por secretarios de Estado, como Rafael Vera.

El héroe Galindo pasó a ser un apestado cuando en 2000 fue condenado a 75 años de cárcel -por secuestro, torturas y asesinato-, de los que sólo cumpliría cinco. En septiembre de 2004, y tras serle varias veces denegada la concesión del tercer grado, la Dirección General de Instituciones Penitenciarias permitió a Galindo que cumpliera su condena fuera de la cárcel dada la grave enfermedad cardiovascular que padecía y su avanzada edad. También perdió su empleo y su grado.

Acababa así una carrera brillante, de un hijo del cuerpo que había dedicado su vida, desde los 18, años a la Guardia Civil. Que se había preocupado por estudiar en la Academia Militar de Zaragoza. Que se había presentado voluntario para destinos tan exóticos como la vieja colonia de Guinea. Y que un traslado como guardia de Tráfico le sirvió para conocer Guipúzcoa y el mundo en el que arraigaba el terrorismo. Esta experiencia cambiaría su vida para siempre. Se quedó fascinado por la labor que desempeñaban allí sus compañeros y decidió que aquel era su destino, que aquella era su lucha. 

Cúpula militar de ETA

Sus éxitos fueron notables. Además de los mencionados, a él se debe el mayor golpe atestado a la cúpula militar de ETA. Bajo su mando, y gracias a su obsesiva búsqueda de información, el 29 de marzo de 1992 caía en la localidad francesa de Bidart la hidra de múltiples cabezas en que se había convertido la cúpula de la serpiente terrorista, y que había sido bautizada oficialmente como «Colectivo Artapalo». 

Participó como intermediario en los intentos de

negociación con ETA de los gobiernos de Felipe

González.

Galindo era conocido por tratar de tú a tú a los dirigentes de ETA. Se vanagloriaba de conocerlos muy bien. Ese conocimiento le sirvió para participar en diferentes conversaciones mantenidas con los líderes de la banda por parte de los gobiernos socialistas en la década de los 80. Él facilitó contactos con mediadores en el propio País Vasco e incluso el diálogo directo en Andorra con el entonces cabecilla Domingo Iturbe Abasolo, Txomin,  

Al poco de conocerse la sentencia condenatoria en abril de 2000, sus compañeros de armas le agasajaron con una cena homenaje. Pero, en cuanto ingresó en prisión, los mandos de la Benemérita y sus camaradas de los GAL pronto se olvidaron de él y solo recibía las visitas de sus familiares y algunos amigos íntimos.

En la cárcel, según contaría la periodista Cristina López Schlichting en un reportaje en El Mundo, entretenía su tiempo haciendo crucigramas y resolviendo desafíos psicológicos. Allí también completó sus conocimientos de informática y se dedicó a sus lecturas favoritas, best-sellers de Grisham o Follet, libros de Historia y algunos ensayos sobre ETA.

Su familia llegó a recoger cien mil firmas solicitando su indulto, pero fueron rechazadas. Incluso llevaron su caso al Tribunal de Estrasburgo. Pero el general nunca mostró el menor entusiasmo por los recursos judiciales. Asumió su destino en la cárcel Después de cinco años, repartidos entre una prisión militar y una civil, el fallecido José Luis Alonso, ministro del Interior, decidió indultarle en 2004, amparándose en la mala salud del ex general.

El general estaba convencido de que la crueldad de los

etarras justificaba usar sus misma armas.

Galindo y sus cómplices olvidaron, según puede leerse en la sentencia condenatoria, que el Estado debe defenderse del terrorismo, por supuesto, pero sólo «desde el respeto a los valores que defienden el Estado de Derecho». El general no opinaba o mismo, creía que la crueldad de los etarras justificaba usar sus mismas armas. De hecho, no llegó a mostrar el menor signo de arrepentimiento. «Asumo la condena como un servicio a mi país y a mi patria –afirmó-, nunca he hecho otra cosa».

Enrique Rodríguez Galindo nació en Granada el 5 de febrero de 1939 y murió el 13 de febrero de 2021 a los 82 años. Deja mujer, tres hijos y dos hijas.