Gema López Salvatierra recuerda todavía con amargura cómo el cura del pueblo había facilitado al comando información sobre la ubicación en la que su marido, el cabo José Vázquez Platas, y otros dos compañeros de la Guardia Civil iban a estar situados en aquella jornada. Los tres agentes tenían el cometido de regular el tránsito de una carrera ciclista que discurría por la localidad de Salvatierra, Álava. Aquel día empezaban las fiestas locales.

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José había nacido en Coiros (A Coruña), tenía 31 años y llevaba dos destinado en el País Vasco. Junto con él, otros dos compañeros, Avelino Palma y Ángel Prado, iban a vigilar aquella carrera de mucha tradición en el pueblo, la ruta del Rosario. Los tres se dirigieron, para cumplir su misión, en un tramo de la carretera general de Vitoria-Pamplona. Era la tarde del 4 de octubre de 1980.

La viuda relata cómo el párroco había desvelado a aquel grupo etarra los horarios y el recorrido de la carrera. Incluso el día anterior a la prueba, el sacerdote les señaló con la mano el lugar en el que iban a encontrar a los agentes. "La salida de la vuelta estaba prevista para las tres de la tarde, y salió a las cuatro menos diez, y ellos les entretuvieron hasta que llegó el coche con los asesinos". 

Había pasado la hora de la siesta. De pronto, tres jóvenes surgieron a cara descubierta de entre los espectadores en el punto vigilado por los miembros de la Benemérita. Iban armados con pistolas. Y en ese momento, comenzaron a disparar.

Parte de los aficionados se arrojaron al suelo para protegerse. El cabo ya regulaba el tráfico, pero sus dos compañeros, Avelino y Ángel, todavía no se habían bajado de sus respectivas motos. Ambos fueron tiroteados por sorpresa y abatidos en el acto. 

A Vázquez Platas la primera bala sólo le alcanzó en un brazo. Malherido, trató de esconderse detrás de un coche. Los autores del crimen ya iban a marcharse. La mujer del agente cuenta que, entre el público, advirtieron a los asesinos de que no habían completado su macabra tarea. "La gente del pueblo gritó que quedaba uno vivo y los terroristas lo localizaron para rematarlo". ETA reivindicó el atentado jornadas después. 

Hoy han pasado 40 años de aquel suceso, y de tantos otros crímenes que la banda terrorista ejecutó en 1980, el año más sangriento de ETA. En aquellos doce meses sus comandos cometieron el asesinato de 95 personas, raptaron a otras 17, dejaron a 73 malheridas. En total, consumaron 219 atentados en toda España. Un reguero de sangre con centenares de víctimas que quedaron marcadas para siempre por el terror.

La conclusión es tan sencilla como demoledora: aquel año, cada 92 horas, ETA acababa con la vida de una persona

La crónica exhaustiva de ese año repleto de dolor está recogida en 1980. El terrorismo contra la transición (Editorial Tecnos, 2020)una completa disección de lo ocurrido a lo largo de esos 12 meses cuya edición ha contado con el apoyo de la Fundación Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo.

Asesinato de Ángel Postigo Mejías, en 1980. Mapa del Terror (Covite)

A lo largo de 524 páginas, reporteros, historiadores y expertos cualificados que llevan décadas estudiando a la banda terrorista analizan cuanto sucedió en ese período de tiempo. Un año crítico en el que el proyecto de La Transición zozobraba de forma trágica. La crisis económica, la inestabilidad política, la amenaza de la violencia y la sangre, y el funesto augurio de un golpe de Estado fueron algunos de los factores de aquel momento fatídico.

Hermetismo y frialdad

España vivía agazapada ante la ferocidad y la violencia. Los ataques se multiplicaban de manera inabarcable. Hubo jornadas aciagas, de hasta tres ataques perpetrados en solo 24 horas. Las páginas de los periódicos no daban abasto para narrar la tragedia. Las vidas desmadejadas quedaban a veces relegadas al breve y escueto espacio de una columna. Muchas eran víctimas sin nombre. 

ETA nunca mató tanto como entonces. En los albores de la nueva década, la normalidad era la sangre en el asfalto.

En medio de los crímenes, un escenario principal, el País Vasco; su sociedad, la testigo de los años del plomo que, sin embargo, provocaba reacciones frías y herméticas. Las manifestaciones de condena nunca eran masivas. Tampoco las había siempre. Pocos apoyaban o respaldaban a las víctimas.

Aquellos años, escribe en el libro la periodista María Jiménez, la consigna de que "algo habrá hecho" se extendía en muchos casos de manera sibilina. "Que ETA fuera responsable de un crimen llevaba implícita una carga de responsabilidad que recaía sobre la propia víctima".

Al regresar a aquellas páginas negras, se comprueba cómo pocas veces años la violencia política tuvo un coste humano tan alto como en aquel entonces. 1978, 1979 y 1980 fueron los años en los que más víctimas se cobró el terrorismo. Tales fechas son solo superadas por 2004, cuando tuvo lugar la masacre yihadista del 11-M, en los trenes de la estación de Atocha, en Madrid. 

Pese a que desde la perspectiva de 2020 pueda resultar difícil de entender, en aquel entonces ETA la componían tres ramas diferentes. "Competían entre sí por los recursos (financieros y armamentísticos), la simpatía de su entorno civil, el espacio en la prensa y la atención del Gobierno", explica en uno de los capítulos el historiador Gaizka Fernández Soldevilla, del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo. 

Entierro de Ángel Postigo Mejías. Mapa del Terror (Covite)

Por un lado, estaba ETA Militar, autora de la muerte de 81 personas. Luego estaban los comandos autónomos anticapitalistas, vinculados a la banda. El asesinato de otras nueve víctimas lleva su firma. En último lugar, ETA Político-militar (PM), que se disolvió en 1982, acabó aquel año a con la vida de cinco personas.

Ataques a la prensa

Para muchos etarras, un atentado en Álava o en Navarra poseía un valor mucho más alto que si éste se llevaba a cabo en Vizcaya o Guipúzcoa. La falta de infraestructuras en esos territorios, la dificultad para asentarse hacía, dentro de su macabra lógica, que un ataque exitoso en estos lugares valiese más que en cualquier otra zona. 

En aquella época, denunciar determinados crímenes e injusticias podía conllevar el pago de un precio muy alto. Por eso, el atentado contra José Javier Uranga, director de Diario de Navarra, causó una profunda conmoción en Navarra y en toda España. Nadie, tampoco la prensa, estaba salvo de ETA en aquellos años. 

Eran las 16.40 del 22 de agosto de 1980 cuando José Javier, a sus 54 años, aparcó el coche a las puertas de la sede del periódico más leído de la Comunidad Foral. Hacía 18 años que estaba al frente de aquel diario. Apenas había emprendido el camino hacia la redacción cuando dos jóvenes, un hombre y una mujer, se acercaron empuñando un subfusil y una pistola.

Mobutu, el asesino de los tres guardias civiles de Salvatierra, durante el juicio en la Audiencia Nacional. Efe

El periodista Javier Marrodán, coordinador de los tres tomos del enciclopédico Relatos de Plomo. Historia del terrorismo en Navarra cubrió durante décadas la acción de ETA en Navarra en ese mismo periódico. En uno de los capítulos del libro, narra del siguiente modo lo ocurrido:

"A José Javier Uranga, según contó alguna vez, ni siqueira le dio tiempo de pensar que aquel sujeto era un terrorista de ETA: la primera ráfaga le alcanzó de lleno en el vientre y las piernas, que se doblaron al recibir la lluvia de balas. Fue al caer al suelo cuando vio acercarse a la mujer, que empuñaba una pistola. Él trató de protegerse con los brazos, pero ella fue disparando una y otra vez. La medalla de la Virgen de Ujué que llevaba colgada del cuello desvió una de las balas. Quizá porque vio que su víctima aún se movía la etarra le apuntó directamente a la cabeza, a muy poca distancia, y apretó el gatillo por última vez. La bala penetró por debajo del ojo, al lado de la nariz, arrancó dos muelas al periodista y salió junto a la boca, al otro lado del rostro. 

(...)

Los primeros que se acercaron a José Javier Uranga le oyeron decir: 'Por favor, ayudadme, que me han matado, me han disparado a bocajarro'. Sangraba por todo el cuerpo. Dos de ellos lo acomodaron en el asiento trasero de un coche -el del portero- y salieron rápidamente hacia la zona hospitalaria. Veinticinco años después. José Javier Uranga recordaba a la perfección aquel viaje: no le dolía nada, pero se descubrió dentro de la boca las dos muelas que le había arrancado el pretendido tiro de gracia y las escupió". 

En el quirófano de la Clínica Universidad de Navarra le detectaron 25 agujeros de bala. Ninguno de los proyectiles le había alcanzado sus órganos vitales. El director de Diario de Navarra permaneció algunos días en la UCI. Le había quedado una minusvalía cercana al 40%. De forma casi milagrosa, 11 meses después abandonaba el hospital.

Las secuelas de la tragedia rara vez llegan a borrarse. En abril de 2012, Gema López Quintanilla comparecía como testigo en la Audiencia Nacional en el juicio por el asesinato de su marido, uno de aquellos tres guardias civiles tiroteados en Salvatierra en octubre de 1980.

A pocos metros de ella, el exjefe etarra Félix Alberto López, 'Mobutu', condenado después a 81 años de prisión, escuchaba la declaración de la mujer desde la cabina de los acusados. La viuda de Vázquez Platas confesó que seguía recibiendo tratamiento psicológico 32 años después del asesinato de su marido.