"La paciencia del cazador es la virtud del investigador". Mientras saborea su refresco, el más joven de los dos policías, un tipo alto y reflexivo, resume con ese axioma la esencia del trabajo que realizan a lo largo de la tarde, el tiempo durante el que se prolonga la vigilancia a uno de los objetivos que tienen que atrapar.

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Los dos agentes no le quitan el ojo a la puerta del edificio. Sentados en un lugar propicio, con visión directa, colaboran por teléfono con otros asuntos que tiene en marcha su unidad y aguardan tranquilos pero en alerta permanente. Saben que la persona a la que están buscando terminará por aparecer.

Las horas discurren con lentitud bajo los 36 grados de la localidad madrileña cuyo nombre omitiremos en beneficio de que la operación llegue a buen puerto. Como en una lánguida jornada de pesca, el trabajo de los investigadores se compone de multitud de silencios, paseos, una calma tensa repleta de instantes muertos. Todo importa y todo cuenta. Porque si pica uno grande la espera habrá merecido la pena. 

Ambos pertenecen al grupo de Localización de Fugitivos de la Udyco Central de la Policía Nacional. Varias horas antes, en los pasillos y despachos de su base, estos hombres lo planearán todo, discutirán los pormenores de la vigilancia vespertina. A lo largo de esta jornada, su misión consiste en localizar a un asesino fugado de la justicia. Y por eso se desplazan esa jornada al punto en el que sospechan que se encuentra uno de los hombres que tienen estos días entre ceja y ceja.

Durante un día completo, los agentes abren sus puertas a EL ESPAÑOL y permitirán a los reporteros ser testigo directo de sus quehaceres, de su método de trabajo y de cómo es la jornada de un policía nacional cuya encomienda no es otra que la de ir a por los fantasmas que nadie es capaz de localizar. 

Están de aniversario. Han pasado 15 años desde que se fundó el grupo al que pertenecen. Esta unidad nació con la misión de encontrar todo tipo de criminales prófugos de la justicia reclamados por los juzgados españoles o por los de países extranjeros. A tipos malos con cuentas pendientes.

El grupo de Localización de Fugitivos logra atrapar, cada año, una media de 400 prófugos de la justicia, tanto en España como en el extranjero. Son las mejores cifras que existen hoy por hoy a nivel europeo al compararlo con cualquier otro grupo de investigadores. No es casualidad: cuando desaparecen del mapa, muchos criminales extranjeros vienen a España a esconderse. La península es un lugar propicio para los fugitivos tanto por las garantías del sistema penal como por la suavidad del clima de las regiones costeras.

"Hacemos bien el trabajo pero también en España hay mucho fugitivo. En la Costa del Sol por ejemplo, estamos deteniendo a mucha gente. Ahí hay mucha concentración de personas relacionadas con organizaciones criminales", explica Fernando González, Inspector jefe y jefe de sección del Grupo de Localización de Fugitivos. "Pasamos la semana allí y nos llevamos varios de los objetivos que tenemos en cartera".

La primera reunión de la mañana

Son 14 hombres los que conforman este equipo. Uno de ellos, que pasa gran parte del tiempo haciendo seguimientos a los objetivos en la calle, define el trabajo que hacen del siguiente modo: "De todos los destinos en los que he estado a mí este me parece el más completo, el más bonito. Al final, somos cazadores".

Todos ellos se dividen en dos grupos: los de fugitivos nacionales y los de internacionales. Dice el inspector Jorge Garrigos, jefe del grupo 2 de localización de Fugitivos que, sobre todo, la clave de cómo logran encontrar a tanta gente tiene que ver con la "imaginación y la creatividad". La cantidad de nombres que reciben cada mañana en sus teléfonos y en sus correos electrónicos es tan descomunal que una de las tareas más importantes que tienen que hacer es la de cribar todos esos datos que reciben. Y luego centrarse en los criminales más importantes.

Uno de los agentes del grupo en la reunión de la mañana. Carmen Suárez

-¿Cuál es la prioridad?

-Tenemos que seleccionar muchísimo lo que tenemos que hacer. Buscamos delitos graves, asesinatos, homicidios, y aquellos que tienen mayor repercusión". 

Ellos fueron, por ejemplo, quienes localizaron en diciembre de 2018 a Carlos García Juliá, condenado como uno de los autores de la matanza de los abogados laboralistas de Atocha en 1977. Llevaba 25 años viviendo en São Paulo con una identidad falsa venezolana. Cuando dieron con él trabajaba como conductor de Uber.

La más reciente de todas sus detenciones, la de 'El Sapo', uno de los ladrones de los cuadros de Esther Koplowitz, con delitos de narcotráfico, secuestro, robo con violencia, lesiones, extorsión, blanqueo de capitales a sus espaldas. Uno de los fugitivos más buscados de Europa.

Antes de 2005 no existía un grupo especializado de búsqueda de todo tipo de criminales desaparecidos. En diciembre de 2003 se elevó propuesta al Comisario General de Policía Judicial para la creación de un grupo para la búsqueda, localización y detención de este tipo de maleantes. Su creación se aprobó en 2004 y pasó entonces a depender de la Udyco. En un principio estuvo compuesto por un Inspector Jefe (jefe de sección) que lo dirigía, un Inspector (jefe de grupo operativo), un Subinspector y 4 policías provenientes todos ellos de otras dependencias.

En seguida se puso de manifiesto que la creación del grupo había sido un acierto gracias a los resultados que se iban presentando año tras año. El grupo fue creciendo, sus miembros se especializaron. Llegaron a contar con hasta 15 funcionarios en el año 2011. En 2015 se produjo un cambio muy importante cuando se dividieron en dos para especializarse todavía más: desde entonces, la mitad se dedican a fugitivos nacionales y la otra mitad a los internacionales.

Posteriormente, en 2016, los dos grupos de Localización de Fugitivos cambiaron de nuevo, creándose por primera vez una Sección específica de Localización de Fugitivos. Regresaron de nuevo a la Brigada Central de Crimen Organizado de la Udyco Central, lugar donde se encuentran incardinados en la actualidad.  

Una de las integrantes del grupo en pleno trabajo. Carmen Suárez

Algunos de los agentes recuerdan uno de los nombres que nunca han dejado de tener entre ceja y ceja. Alguien que, para ellos, sería todo un logro poder localizar. Es uno de los principales criminales desaparecidos a lo largo de las últimas décadas. Hablamos de Antonio Anglés, el asesino y violador de Miriam, Toñi y Desirée, las tres niñas de Alcàsser.

Aquel suceso a finales de 1992 conmocionó a la sociedad española por completo. El paradero de este fugitivo sigue siendo años después uno de los temas más comentados en España. La última vez que lo identificaron fue a bordo de un barco en el que presuntamente viajaba como polizón rumbo a Irlanda. Nada se sabe de él desde entonces. 

Imaginación

Mientras realizan la primera reunión de la mañana, a los jefes del grupo ya les informan de varias operaciones importantes en marcha. Algunos compañeros continúan en la Costa del Sol. Otros aprovechan la mañana para hablar desde el despacho con otros policías extranjeros o con determinados fiscales. Poco después les avisan: a las 10.30, reunión con algunos agentes de la DEA, el servicio antidroga del Departamento de Justicia de los Estados Unidos.

La oficina es sencilla: en tres pizarras gigantescas están señaladas las operaciones que han ido desarrollando en las últimas semanas. El trabajo es inabarcable. Más allá, algunas imágenes de detenidos ya atrapados observan desde el corcho colgado en la pared.

Una de ellas es la de Emilio Lozoya Austin, una de sus últimas y sonadas capturas. Le detuvieron en febrero. Ex director de Pemex, magnate de la petrolera mexicana durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, uno de los hombres más influyentes de México, permanecía oculto en Marbella tras huir del país acusado de corrupción. Reposaba allí en la lujosa mansión de un empresario ruso al que tenía por su amigo. Pasó casi un año sin otra ocupación que la de aprender el idioma de su casero y ejercitar su swing en el campo de golf de 18 hoyos enmarcado dentro de una propiedad de varias hectáreas de extensión. 

Su caso lo narran los agentes para ejemplificar un hecho inapelable: "Los fugitivos con más recursos económicos, los grandes capos, quienes poseen grandes fortunas, lo tienen más fácil para esconderse de nosotros".

Interior de una de las oficinas de Fugitivos. Carmen Suárez

El caso de Lozoya es el ejemplo perfecto de cómo trabajan estos hombres. Leyendo durante días la prensa mexicana, localizaron varios artículos en los que se mencionaba de pasada que la mafia rusa podía estar ocultándole. México estaba seguro de que se había escondido en España. Luego se centraron en la Costa del Sol, uno de los destinos predilectos de estas bandas organizadas. Como cualquier dato puede resultar relevante, probaron suerte con un detalle que al final resultó enormemente productivo: Lozoya era aficionado al golf.

Ya solo les quedó centrarse en urbanizaciones de lujo de la zona. Días después, una fuente les informó de que un rico mexicano se había instalado en aquella mansión. Todo cuadraba y ya solo faltaba desplazarse hasta el lugar. "Una vez más, siempre hay que tirar de imaginación", insiste Fernando. "Por eso nosotros siempre decimos que es importante intentar cualquier cosa que se nos ocurra. Que todas las pistas pueden ser buenas por extrañas que parezcan". 

Pasaron más de dos meses totalmente inadvertidos en aquel lugar siguiendo sus pasos. Se percataron de que no había salido de casa en todo ese tiempo. La paciencia al final fue la vencedora. El conejo terminó por salir de la madriguera y allí estaban ellos para seguirle. 

La tarde buscando al asesino

En torno a las tres, llegan los hombres encargados del turno de investigación vespertino. Hay una misión en la que quieren que los reporteros participen a modo de testigo directo.

-Tenemos que ir a hacer una vigilancia. ¿Os venís con nosotros?

A la media hora un coche arranca y abandona la ciudad rumbo al destino previsto. El objetivo: localizar a un asesino detrás del que llevan algunas semanas. 

Las intervenciones exitosas como la de Pemex resultan espectaculares una vez finalizadas, pero para quien no esté habituado las jornadas de seguimiento pueden resultar extenuantes. Son días plagados de momentos interminables a la intemperie, observando la puerta de una casa desde un coche, un edificio desde un bar, dando vueltas en torno a una manzana. Todo ello bajo el sol inclemente, el cortante frío del invierno o cualquier otra condición meteorológica. 

Antes de la acción hay incontables momentos en los que lo más importante es la paciencia. Uno de los agentes que dirige el seguimiento de la 4 es el más veterano en el grupo. "No queremos reventarlo, y por eso hay que tener todo el cuidado del mundo".

El narco gallego Irago recién detenido por el Grupo de Fugitivos hace unas semanas. Policía Nacional

"Y aquí luego sabes cuando empiezas pero no cuándo terminas. Ha habido días que hemos empezado en Madrid para luego seguir hasta un sospechoso hasta Cuenca y a lo mejor acabas esa misma noche en Valladolid", explica uno de los subinspectores. Ambos visten ropa cómoda y holgada, gafas de sol y zapatillas de deporte, esenciales si es preciso echar a correr detrás del sospechoso en algún momento. 

La mayor parte del tiempo que dura la vigilancia discurre sentados en una cafetería próxima al objetivo que tratamos de localizar. Los dos agentes a los que acompañan los reporteros reparten indicaciones, concretamente las características físicas de la persona a la que están buscando.

Empieza entonces un exhaustivo análisis de todos aquellos que transitan por las aceras, más próximas o más lejanas. Unas siete horas después, casi fundidos por el sol de la calle, los resultados han sido satisfactorios. 

El café, el hielo, algunas botellas de agua sirven en trabajos así para combatir constantemente el calor. Minutos después un paseo por alguno de los lugares en los que suponen que podrán hallar a la persona a la que buscan. Con la imagen en la cabeza, se inicia una discreta caminata por varios comercios cercanos. Más tarde se escoge otra posición desde la que vigilar la zona. 

-Como ves, hay pocos fuegos artificiales, pero estas son las horas más necesarias de todas. Tenemos muchos días así, pero son esenciales para que luego todo salga bien". 

Pero este grupo, como remarca Jorge Garrigos, es infatigable. "Nunca, nunca se cierra ningún caso. Nos gusta pensar que al final acabamos llegando a todos". Aun y todo será preciso regresar a la zona.