En Castilla-La Mancha, antes de que el virus SARS-CoV2 aterrizara en nuestras vidas, las autoridades sanitarias preveían que, en los últimos quince días del mes de marzo, fallecieran 1.002 personas. Finalmente, lo hicieron 2.654, un 165% más de lo esperado. En ese mismo periodo, según datos de la Consejería de Sanidad, sólo murieron 691 personas a causa de la covid-19.

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Así, hasta 961 ciudadanos fallecieron en esta comunidad autónoma y ni engrosan las estadísticas oficiales del coronavirus ni estaba previsto, si todo hubiera seguido la normalidad, que murieran. Entonces, ¿dónde están?

Tras del reguero de fallecidos que está dejando la crisis sanitaria de la covid-19 hay otra realidad más cruda: el recuento de fenecidos por coronavirus en nuestro país ha dejado fuera de las listas a cientos de ciudadanos. La mortalidad por coronavirus es superior a la que conforman los datos que aporta diariamente el Ministerio de Sanidad y de la que pueden computar las comunidades. En algunos territorios, incluso, casi se cuentan por miles, tal y como se deduce de un informe que elabora el Instituto Carlos III y también apuntan diferentes expertos en Salud Pública en conversación con EL ESPAÑOL. 

EL ESPAÑOL ha llevado a cabo una investigación minuciosa, analizando y triangulando todos los datos disponibles de mortalidad general y por coronavirus en nuestro país, comunidad a comunidad, durante las dos últimas semanas de marzo. El estudio ha sido elaborado por este periódico y testado por catedráticos en estadística para avalar su fiabilidad.

Diferentes oleadas

No es La Mancha la única comunidad autónoma en la que se duplicaron los decesos. Los casos de regiones con una mortalidad mucho mayor de la prevista en ese mismo periodo de tiempo (17 al 31 de marzo) son varios, principalmente ambas Castillas y la Comunidad de Madrid. 

El aumento irregular se puede deber, explican fuentes de Sanidad que no desean ser identificadas, a que el principal foco de infección fue la capital de España y, de ahí, progresivamente y de manera paulatina, se extendió al resto de territorio.

Por eso, otras comunidades autónomas como Cataluña, que en el momento del cierre de este reportaje se encuentran en una situación límite -con cuerpos apilados en hangares ante el colapso del sistema-, no ven reflejados en su recuento de mortalidad una gran variación. “Madrid va una semana adelantada frente a Cataluña, por ejemplo. De hecho, en los datos diarios se observa que las muertes van cayendo. En Cataluña aún no; ellos están ahora en el máximo, con unas UCIs y los hospitales en momentos críticos”, alegan.

La sanidad madrileña, que sufrió el primer embate de la epidemia, reaccionó al minuto. En el cálculo de muertes esperadas -realizado a través del Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria (MoMo), que obtiene los datos de 3.929 registros civiles de todo el país y hace la media histórica desde enero de 2008 hasta un año previo a la fecha actual-, se estimaban 2.148 personas fallecidas. Finalmente, se observaron 4.185, un 95% más.

Por el coronavirus, hubo 3.248 muertes. Esto deja un saldo negativo de algo más de mil personas. ¿Qué quiere decir? Que como hubo más margen de actuación, más pruebas, medidas tomadas con fechas anteriores, todo se registró con mayor fidelidad.

Como explica Ildefonso Hernández Aguado, catedrático de Salud Pública por la Universidad Miguel Hernández, portavoz de la Sociedad Española de Salud Pública y exdirector de Salud Pública del Ministerio de Sanidad, “si tú modelizas para toda España cuántas muertes hay esperadas, y después miras cuáles hay observadas, puedes deducir de ahí, no habiendo otros factores externos, que se trata de covid”.

“Es una aproximación grosera, porque se reduce contaminación y no hay accidentes de tráfico. El impacto real no se mide hasta pasado un tiempo, ahora es provisional”, manifiesta. Se trataría, en este caso, de efectos indirectos. Y también, claro está, positivos: se produjeron menos muertes de las que se esperaban por otra causa cualquiera, ya fuera un accidente de tráfico, un infarto o un cáncer.

Las Castillas, sangría constante

El caso de Castilla y León es paradigmático. Que su población esté envejecida y que gran parte de sus provincias hayan vivido una descapitalización durante los últimos tiempos no ha ayudado a que el coronavirus haya dejado de causar grandísimos estragos. El caso de Soria, por ejemplo, ya fue denunciado por EL ESPAÑOL esta misma semana.

El Instituto Carlos III estimaba que en la última quincena de marzo morirían 871 castellanoleoneses. Fallecieron, al final, 2.161, un 148% más. Sus autoridades sanitarias autonómicas únicamente reportaron 504 decesos por covid-19.

Por eso, hasta 786 ciudadanos murieron de más. Esto, como hemos explicado anteriormente, también puede incluir otras defunciones precipitadas: población que ya estaba frágil de por sí antes de la pandemia y cuyo final se adelantó, estuviera infectado o no. En Salud Pública, es lo que se conoce como muertes por cosecha.

“Era lo esperable con una enfermedad infecciosa de esta naturaleza. Este sistema (MoMo) es uno paralelo para ver cómo impacta la gripe o las olas de calor, no tenemos un radar que nos diga los casos de covid”, arguye Ildefonso Hernández. Algo que corroboran expertos en estadística. “Un modelo no puede recoger una pandemia”, desliza Pablo Flores, doctor en Data Science por la Universidad Complutense de Madrid. “Es un evento extraordinario, por eso se sale de todo margen de confianza que puedas poner y se seguirá saliendo mientras se recojan los datos de esta manera”.

En el otro extremo del tablero se encuentran regiones españolas en las que el coronavirus no ha tenido un gran impacto, por razones diversas. Puede ser por la dispersión geográfica de los infectados, porque contaran con mayores recursos o porque, como en Madrid, se implementaran medidas de contención anteriormente, entre otros factores.

Es el caso de Andalucía, por ejemplo. Otras comunidades autónomas, como Galicia, Asturias, La Rioja o Murcia no han ofrecido sus datos. En la región andaluza, se esperaban, una vez más bajo condiciones normales, 1.416 óbitos y, finalmente, fenecieron 1.619 personas. Esto es: 203 ciudadanos más de lo esperado.

La Consejería de Salud de la Junta de Andalucía reportó que, en esas mismas fechas, murieron 237 andaluces a causa del covid-19. Es decir: un saldo negativo de 34 muertes. ¿Aumentó la mortalidad? Sí, pero no de manera atribuible a la epidemia. La misma fotografía de la última quincena de marzo ofrecen Canarias, Extremadura, País Vasco o Cataluña. Una mortalidad mayor de la esperada pero con saldo negativo. Al ser una epidemia en activo, los datos pueden haber variado con respecto a los primeros días de abril.

En cambio, tanto Aragón, Baleares, la Comunidad Valenciana, Cantabria como Navarra han tenido más fallecidos que los que recogían los modelos predictivos, pero también más finados que si se triangulan los datos con los muertos por covid-19. Son ciudadanos con nombres y apellidos que se encuentran en el limbo del coronavirus.

Con la colaboración de Nicolás Alba.