Mari, una mujer valenciana de 60 años, ingresó el pasado martes 10 de marzo en el Hospital Clínico Universitario de Valencia para que le extirparan un cáncer de matriz. Pero este pasado sábado, cuatro días después de la intervención, la mujer falleció. Minutos antes de morir, las dos hijas, el marido y las dos hermanas de Mari entraron a despedirse de ella. Le dieron besos, tocaron su cara, sus manos. Al salir, con la paciente todavía con un hilo de vida, los médicos les informaron de que estaba contagiada de coronavirus Sars CoV-2. Su familia lo desconocía hasta el momento.

Noticias relacionadas

“Han sido unos irresponsables. Creemos que le hicieron la prueba un día antes de morir porque les extrañaba que mi madre no evolucionara con lo que le estaban haciendo. Pero ni ellos ni nosotros sabemos cuándo se contagió, si fuera o dentro del hospital”, explica Isabel a EL ESPAÑOL mediante llamada telefónica. “Durante todos los días que mi madre ha estado hospitalizada ha podido contagiar a su familia, a otros pacientes y a sus familiares”.

Ahora, Isabel está en cuarentena en su casa. En el hospital ni siquiera le hicieron la prueba para saber si está contagiada. Ni a ella, ni a su hermana -que es policía y este lunes no ha acudido a trabajar- ni a nadie de su familia. “Nos dijeron que no había medios”, asegura Isabel.

Yo estoy en cuarentena con mi marido por pura responsabilidad, no por consejo médico. Si es por el director del hospital, puedo salir con una mascarilla a hacer la compra ahora mismo si no presento síntomas. Yo no sé si el virus mató a mi madre, pero estoy segura de que sí agravó su situación clínica”.

Pero volvamos atrás para entender la historia. Martes 10 de febrero. Ocho de la mañana. Mari, que hace nueve años sufrió un cáncer de colon del que logró sanarse, vuelve a entrar en quirófano. Esta vez, por un tumor en la matriz. Pasadas las nueve de la noche, los médicos informan a su familia de que la operación, dentro de su complejidad, ha ido bien, explica su hija.

"Fastidiada pero normal" 

A la una de la madrugada del miércoles 11, Mari sube a planta. La dejan en una habitación con otra paciente y con la persona que la acompaña. Ella también está acompañada por su hija Andrea. A la mañana siguiente, una de sus dos hermanas, Loli, la visita. La ve razonablemente bien. “Fastidiada pero normal”, cuenta Loli a este periódico.

Sobre las tres de la tarde, Isabel, su otra hija, llama a una enfermera. Le dice que su madre, pese a haberse bebido tres botellas de agua, no consigue orinar. También tiene fuertes dolores. La enfermera, que entra en la habitación sin ninguna medida de protección, le dice que no puede darle más medicación.

“Si le dan algún medicamento, es bajo su responsabilidad. Ella ha de evolucionar por sí sola”, rememora Isabel. Loli, que visita a su hermana de nuevo por la tarde, la ve asfixiada. “Me dice que se muere, que no puede respirar. Por la mañana era otra. En ese momento se puso muy muy mal”.

Tras insistir su hija durante horas, a las diez de la noche los médicos realizan varias pruebas a Mari. Deciden dejarla en la Unidad de Recuperación Postanestésica (URPA), una sala que comparte con otros pacientes durante los tres días posteriores. Durante ese tiempo, Valencia suspende las Fallas, el Gobierno declara el estado de alerta por la crisis sanitaria y los españoles empiezan a encerrarse en sus casas. 

El jueves 12 de marzo el estado de salud de Mari empeora. Los riñones ya no le funcionan. Entra en diálisis. Al día siguiente, a la familia apenas le trasladan esperanzas de vida para la mujer. La paciente sufre una infección por una fuga en el intestino que deciden tratarla con fármacos.

“Me dicen que no entienden por qué su cuerpo no arranca solo con lo que están haciendo con ella”, explica su hija. “Nos cuentan que por dentro su cuerpo es una mesa con carcoma y que hay que dar gracias por estos últimos nueve años. En ese momento hay un ambiente de normalidad en el hospital. Nadie lleva mascarilla en los pasillos, ni guantes ni traje protector. Nada”, explica Isabel.

Cada vez que Isabel entraba a ver a su madre a la URPA tenía que esperar antes en una sala con familiares de otros pacientes. Alguno, dice, tosía. “Allí todo el mundo entraba sin mascarillas pese a ser una zona con enfermos graves. Nos dijeron que estaban agotadas”, asegura su hija.

Sábado 14 de marzo. España está inmersa en una crisis sanitaria sin precedentes. El presidente pide no salir de casa. Sobre las 11 de la mañana, los médicos permiten a la familia de Mari entrar en la URPA para despedirse de Mari.

Isabel da besos en la cara a su madre, le habla al oído, le dice que la quiere. Es su último adiós. Sólo por esta vez, les proporcionan guantes, mascarillas y el traje que cubre la ropa con la que han salido de casa. "Entendemos que lo hacen por las sospechas de que puede dar positivo, pero de las que no nos informan".

"Debieron aislarla"

Mientras están dentro de aquella sala, una enfermera advierte a otra de la presencia de la familia de Mari en el interior de la URPA. Al salir Isabel, los médicos le dicen que le han hecho la prueba del coronavirus Sars CoV-2 a su madre.

Poco después, un médico transmite a la familia de Mari que la mujer ha dado positivo. Está contagiada. Lo hace dentro de una sala de apenas un par de metros cuadrados y a menos de medio metro de distancia entre ellos. Mari fallece en torno a la una de la tarde. 

La familia se marcha del hospital sin que se les practique la prueba del virus. Ni siquiera, dice Isabel, les recomiendan hacer cuarentena. “Yo siento que la han matado allí”, asegura su hermana Loli. “Tendrían que haberla aislado desde que puso un pie en el hospital”. 

Loli, en cierta medida, tiene razón: la primera muerte en España por el Sars CoV-2 se produjo en el Arnau de Vilanova, un hospital de Valencia. Ocurrió el 13 de febrero, con lo que cuando Mari ingresa en el Clínico ya existen casos registrados en la Comunidad Valenciana. La Generalitat lo contó casi tres semanas después, el 3 de marzo.

Este lunes, Mari será incinerada, como era su deseo. Su familia no ha podido velar su cuerpo ni llevarle flores al tanatorio por el estado de excepcionalidad que vive España. Tampoco han podido pedir que la vistan o la peinen de una determinada manera. Deja dos hijas, un marido, dos hermanas, un nieto de tres años... Por el momento, su familia no sabe si llevará a cabo algún tipo de reclamación o tomará alguna medida judicial. Deciden contar el caso para que no se repita durante esta crisis sanitaria que azota España.