Si, como decía el polímata Pascal, "a base de hablar de amor, se enamora uno", a base de pronunciar a diario palabras de odio, se termina odiando al rutinariamente despreciado.

Ahora que una amenaza real planea sobre la salud de todos y cada uno de nosotros, ahora que nuestra economía se encuentra al borde del colapso y nuestros puestos de trabajo en peligro, ahora que la mayor parte de nuestras diversiones y rutinas se han visto interrumpidas por un estado de emergencia ya declarado, deberíamos aprovechar este incierto paréntesis de excepcionalidad y angustia compartida para preguntarnos por qué hay hoy muchos más españoles que odien a otros españoles que en ningún otro momento del último medio siglo.

Ilustración: Javier Muñoz

Escuchando o leyendo algunos medios, rastreando las redes sociales o captando simplemente los sonidos de la calle, cualquiera diría que hay quienes se alegran de que el congreso de Vox haya podido ser un foco de expansión del coronavirus, con el detestado Ortega Smith como paciente cero y el aborrecido Santi Abascal como siguiente eslabón; y quienes, correlativamente, se relamían, a la espera de que alguna notoria asistente a las ridiculizadas marchas del 8-M diera positivo; y han levitado cuando la infectada ha resultado ser nada menos que Irene Montero, para abalanzarse así sobre el Gobierno y culparle de haber favorecido la propagación de la epidemia, con tal de preservar su demostración de fuerza de lo que llaman "hembrismo".

¿Y qué decir de quienes se escudan en la disparidad de la incidencia del virus, o del criterio de control y cómputo de los casos, o incluso, como ha dicho la consellera de Salud de Torra, en que el virus de Igualada es "diferente al del resto del país", para señalar a la poco higiénica y nada morigerada Madrid como amenaza perpetua para la pulcra y sofisticada Cataluña?

¿O de quienes aprovechan la expansión de la incertidumbre para abalanzarse sobre el Estado Autonómico, el modelo de colaboración entre la Sanidad pública y la privada, los ajustes de plantilla de hoteles y líneas aéreas e incluso la integridad del infatigable portavoz del ministerio, Fernando Simón, contraponiendo su descripción de lo que ocurría hace diez días con el posterior agravamiento de la situación?

Todos estos discursos, tan maniqueos, parciales y virulentos, llevan implícita una delectación en el imaginario justo castigo de la plaga, como si estuviera quedando acotado sólo a aquellos "ultraderechistas" -es decir "fascistas"-, o a aquellos "izquierdistas 'progres'" -es decir "gentuza asquerosa"-, o a aquellos "españoles imperialistas" -es decir "opresores" y "represores"-, que merecen que todas las calamidades caigan sobre ellos, para purgar la sociedad de esas miasmas purulentas, de esos forúnculos y humores que, vistos siempre desde la acera de enfrente, vienen infectándola con su mera existencia.

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Cada mañana, cada mediodía, cada atardecer o cada prime time nocturno, el dial o el mando a distancia, o no digamos el timeline de Twitter, nos ofrecen, bajo distintos disfraces, el mismo sermón, el mismo repique inquisitorial, que el fanático padre Paneloux dirigía a sus feligreses desde el púlpito de su iglesia de Orán, en La Peste de Camus:

"Hermanos míos, habéis caído en desgracia, hermanos míos, lo habéis merecido... ¡Si hoy la peste os afecta, es que ha llegado el momento de que reflexionéis! Los justos no temerán nada, pero los malos tienen razón para temblar... En las inmensas trojes del universo, el azote implacable apaleará el trigo humano, hasta que el grano sea separado de la paja. Habrá más paja que grano, serán más los llamados que los escogidos... ¡Meditad sobre esto y caed de rodillas!".

Estos discursos, parciales y virulentos, llevan implícita una delectación en el imaginario justo castigo de la plaga

Cualquiera diría que todas esas plegarias, elevadas de forma simétrica al ángel exterminador de cada parroquia, cadena de radio, emisora de televisión o racimo de trolls, están siendo atendidas desde lo alto, pero de un modo tan implacablemente simultáneo, que se compensan y neutralizan entre sí.

Por incomprensible que les parezca a los "hunos" y los "hotros", en esta hora de la infección, resulta que el coronavirus no discrimina entre el bien y el mal. Igual le sube la fiebre a Irene Montero que a Ortega Smith y de la misma manera tosen Macarena Olona y Carolina Darias. Cuidado con esta pandemia: puede resultar tan subversiva, como para hacernos descubrir que todos estamos hechos de la misma materia y todos nuestros sueños pueden quedar rebozados en el mismo barro.

Ni los organizadores del congreso de Vox ni los de las marchas del 8-M fueron lo suficientemente precavidos para embridar sus entusiasmos. También eso los hermana. El Gobierno de Sánchez y el de Díaz Ayuso se limitaron a "recomendar" que nadie con síntomas asistiera a concentraciones de masas. Eso incluía las manifestaciones feministas, pero también la Liga de Fútbol, con muchísimos más asistentes, o las carreras populares, los cines y teatros. Se quedaron cortos, llegaron tarde. También eso los hermana, aunque el nivel de responsabilidad no sea el mismo.

Pero qué estúpido y ofensivo para el lector inteligente, para el español de bien, sería seguir dedicando esfuerzos a culpar al adversario político, al antagonista ritual, por los contagios ya producidos y los retrasos en la respuesta a la epidemia. Si todavía los hay que niegan el cambio climático, quién es nadie para lapidar al que dejó suelto su optimismo diez minutos más de la cuenta.

Aparquemos, como mínimo, el debate hasta que remita la epidemia. En una sociedad tan porosa como la nuestra, el contagio se habría producido de todas formas. Quien vea la ponzoña de la mala voluntad en el ritmo de las decisiones adoptadas estos días, estará mirándose al espejo. Es verdad que el Consejo de Ministros de este sábado ha sido caótico, que la presencia de un Pablo Iglesias en cuarentena ha resultado doblemente perturbadora y que la excepcionalidad de la situación está pidiendo a gritos una inmediata ampliación de la base del Ejecutivo. Porque lo que toca ahora es aunar todos los esfuerzos, por una vez con limpieza de corazón, para impedir que el daño se extienda y agigante como el remolino de un agujero negro que todo lo engulle.

Sabemos que lo peor está por llegar y ni siquiera sabemos cuánto peor será. Sánchez ha hablado este viernes de que se pueden alcanzar los 10.000 mil casos la próxima semana y eso supondría tener que enterrar a 300 o 400 compatriotas. Hay autoridades madrileñas que calculan que, al filo de la Semana Santa, habrá habido 20.000 casos y cerca de mil fallecimientos, sólo en la comunidad autónoma, pero eso no tiene por qué ser inexorable.

Lo que toca ahora es aunar todos los esfuerzos, por una vez con limpieza de corazón, para impedir que el daño se extienda y agigante 

Las noticias que nos llegan de Italia, sobre médicos desbordados y obligados a decidir a qué pacientes intentan salvar y a cuáles dejan morir, pueden reproducirse entre nosotros. Y pobre del que tenga un ataque de apendicitis o un accidente de tráfico grave porque la gran mayoría de los quirófanos se están convirtiendo en UCIS. Algunas informaciones sobre funerales expeditivos y atenazados por el miedo nos remiten ya al texto de Camus: "Se sacaba el féretro entre rezos, se le ponían las cuerdas, se le arrastraba y se le hacía deslizar; daba contra el fondo, el cura agitaba el hisopo y la primera tierra retumbaba en la tapa. La ambulancia había ya partido para someterse a la desinfección y, mientras las paletadas de tierra iban sonando cada vez más sordamente, la familia se amontonaba en un taxi. Así todo pasaba con el máximo de rapidez y el mínimo de peligro".

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El relato del doctor Rieux, el héroe y protagonista de La Peste, nos advierte del error que ya no podemos seguir cometiendo: "Las medidas no eran draconianas y parecían haber sacrificado mucho al deseo de no inquietar a la opinión pública... En realidad, fueron necesarios muchos días para que nos diéramos cuenta de que nos encontrábamos en una situación sin compromisos posibles".

Aquí, por fortuna, sólo han sido "necesarios" unos pocos días, media docena a lo sumo, para esa dura caída del guindo de la contención. Debe haber un antes y un después de la inequívoca decisión de Sánchez de decretar el Estado de Alarma. Ésa ha de ser la caja de Pandora de la que salgan cuantas medidas excepcionales hagan falta para acortar y atenuar el devastador paso de la plaga.

Salvador Illa ha emergido, entre el denostado páramo de la clase política, como el ministro a la altura de las circunstancias, capaz de coordinar la "autoridad única" de la que se ha dotado el Gobierno en materia sanitaria. Y ha encontrado en el consejero madrileño Enrique Ruiz Escudero, tan desconocido como él lo era hace un mes, un cómplice competente y leal donde los haya.

Podría parecer contradictorio que se haya relajado el sistema de detección y control de los positivos por coronavirus, como consecuencia del "cambio de estrategia" en la Comunidad de Madrid, y no se haya cerrado la capital y su área circundante a cal y canto. Si, por economía de medios, al común de los ciudadanos ya no se le hacen las mismas pruebas que a los ministros, los diputados o los Reyes cuando tienen síntomas leves o han estado en contacto con alguien que ha dado positivo, y por lo tanto ya nadie puede saber si es portador o no del virus, y por lo tanto ya nadie puede poner en alerta o tranquilizar a sus circundantes, lo razonable sería aislar a todos los madrileños, tal y como ha ocurrido en esas manzanas de Haro o en esos cuatro pueblos en el entorno de Igualada.

Pero tal vez esta lógica responda a esa etapa de contención, desgraciadamente ya desbordada por los acontecimientos. El coronavirus ha entrado y salido de Madrid suficientes veces, como para que la técnica del gueto pudiera ya proteger a los residentes extramuros de una urbe medieval. Entre otras cosas porque el epicentro de la pandemia se ha trasladado de la China cerrada a la Europa abierta. Baste pensar que, cuando el norte de Italia estaba ya teóricamente sellado, decenas de vuelos despegaban y aterrizaban a diario de los aeropuertos milaneses.

Más que aislar tal o cual foco, conviene ahora aplicar a rajatabla las recomendaciones generalizadas de distanciamiento social. Hagámonos huraños durante un mes -a algunos nos costará menos que a otros-, practicando el "I don't meet people" que esgrimía Woody Allen cada vez que un fan le asaltaba, al final de un concierto de clarinete.

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Escribo desde la perspectiva de mi cuarentena -1980-2020- como director de periódicos y periodistas. Ni en Diario 16 ni en El Mundo nos tocó vivir nada parecido. Desde los medios debemos transmitir a nuestros dirigentes un triple mensaje. Primero, que no les tiemble el pulso al tomar las decisiones que la ciencia y la prudencia aconsejen. Segundo, que Gobierno y oposición, administración central y autonomías, actúen en comandita, escuchando los argumentos ajenos, buscando consensos, pero aceptando que hay una decisión final fruto de la excepcionalidad constitucional, que corresponde a esa "autoridad única", impuesta por el Ejecutivo. Y tercero, que les jalearemos en todo lo que acierten y ejerceremos lealmente la crítica, si creemos que en algo se equivocan -avisaremos, discutiremos, sugeriremos- pero seguiremos a su lado, lo haremos juntos.

Sanitarios, científicos... Pedid lo que necesitéis. Anoche os hemos aplaudido espontáneamente. Obligadnos a escucharos desde hoy

Y mi propuesta a los ciudadanos es aún más simple. Que, además de las manos, se laven los oídos y los ojos cada vez que escuchen o contemplen mensajes de odio, bajo coartada ideológica. Que no acepten más ladridos e improperios, vengan de donde vengan. Que cambien de emisora, de canal o de página, que bloqueen al transmisor de infamias o de bulos, que den la espalda a todo reverbero ambulante de la inquina, cada vez que comprueben que ni siquiera en estas circunstancias, se da tregua al sectarismo sádico y cruel de quien acompaña cada apreciación de un mote denigratorio o un adjetivo insultante. Que no toleren que haya quienes, como el padre Peneloux, el juez Othon o el delincuente Cottard -antihéroes de la novela de Camus-, parezcan cómodos con la epidemia y terminen instalándose en ella, incluso aprovechándose de ella.

Por fortuna no dejan de aflorar entre nosotros, especialmente entre el abnegado personal sanitario de nuestros hospitales públicos y privados, esos valientes que, sin escatimar horas ni riesgos, anteponiendo su vocación médica, su juramento hipocrático, a cualquier otra consideración, han decidido como el doctor Rieux, justamente mitificado por Camus, dar un paso al frente y salir al encuentro de la epidemia. Porque "cuando se ve la miseria y el sufrimiento que acarrea, hay que ser ciego o cobarde para resignarse a la peste".

Pongamos todos los medios disponibles en sus manos; reclamemos que se movilice a cuantos puedan servirles de ayuda, sean neófitos o reservistas, nativos o importados; rebañemos las arcas públicas para insuflar más recursos en el sistema sanitario; aplaudamos a los hoteleros que ceden sus establecimientos para habilitar camas hospitalarias; a las empresas suministradoras de mascarillas que aumentan su producción; a las tecnológicas que fabrican respiradores y otras máquinas providenciales; a las farmacéuticas que perfeccionan medicamentos e investigan contra reloj, en pos de la vacuna.

Médicos, enfermeras, directores de hospitales, farmacéuticos, científicos, tecnólogos, vosotros sois nuestro Ejército de Salvación. Pedid lo que necesitéis. Anoche os hemos aplaudido espontáneamente. Obligadnos a escucharos desde hoy. Mantened la posición, hasta que recibáis los refuerzos que el Gobierno ya recluta.

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Es cierto que a todos nos espera un duro polisíndeton vital pues, durante al menos un mes, no podremos ni viajar, ni ir al fútbol, ni visitar museos o teatros, ni dejar a los niños en la escuela o a los abuelos en el centro de día, ni trabajar como nos gusta, ni ganar el dinero que quisiéramos, ni gastarlo en ropa, bares o cafeterías, ni probablemente votar.

Pero pensad, pensemos, que tras la sangre, sudor y lágrimas -sin olvidarnos del esfuerzo: "Toil, blood, sweat and tears"- habrá un Día de la Victoria y que, si el arrimar solidariamente el hombro de hoy, como acaba de hacer Pablo Casado, desemboca en un empeño de reconstrucción común, con unos presupuestos de emergencia comunes, como los que propone Inés Arrimadas, tal vez bajo la batuta de un Gabinete de Guerra, fruto -ojalá- de un gobierno de concentración, a lo mejor resulta que, descubrimos con el doctor Rieux, que "aunque el sol de la peste extinga todo color y haga huir toda dicha, hay en las personas -incluidos los españoles y españolas que no piensan como nosotros- más cosas dignas de admiración que de desprecio". Y eso nos permita -insha'Allah, Dios lo quiera- vencer a dos epidemias por el precio de una.