En el primer día del Congreso de los Diputados reina una excitación inusual en la Cámara. Da igual que el en el año 2019 los diputados (los que repiten) hayan pasado por tres legislaturas y dos sesiones constitutivas. La expectación por la elección de los miembros de la Mesa del Congreso, que dirige las actividades de la casa, es elevada en parte por el intrincado método de votación, que hace que se mantenga la tensión hasta el final. 

Noticias relacionadas

Este martes, la elección de la Mesa, los controvertidos acatamientos de la Constitución y la ya emblemática figura de Agustín Zamarrón, el diputado más veterano y presidente durante un rato del Congreso a través de su Mesa de Edad, concentraron todas las miradas. Zamarrón, que guarda un increíble parecido con el célebre escritor Ramón María del Valle Inclán, sedujo con su galantería a la antigua usanza y su solemne petición de perdón por la repetición electoral. 

Para cuando le tocó hablar a Meritxell Batet, la reelegida presidenta del Congreso, la mañana había dejado ya una sobredosis de momentos de impacto que se fundían peligrosamente con las ganas de comer. Y con el esómago vacío es más difícil pensar. Cuestión de prioridades. Sin embargo, Batet volvió a sorprender con un discurso sencillo pero profundo en cuanto a sus referencias a valores fundamentales y universales de la democracia. Una intervención así (aquí en pdf) es bastante poco habitual. Batet lleva dos en un año.

"El poder nos da cosas tan importantes como la capacidad de cambiar el mundo, pero no nos da otras que son igual de importantes. Por ejemplo, el poder no nos da la razón, y eso nos obliga a la prudencia", arrancó la diputada por Barcelona. 

La poco practicada deliberación

Batet hizo acto seguido referencia a uno de los valores parlamentarios esenciales y más olvidados: la deliberación. El artículo 67 de la Constitución indica que los diputados de las Cortes Generales "no estarán ligados por mandato imperativo" o, lo que es lo mismo, que una vez elegidos deben gozar de la autonomía suficiente para tomar sus propias decisiones y, por qué no, cambiar de opinión durante un debate.

Parece ciencia ficción en una España en la que el poder de facto se asienta en las cúpulas de los partidos políticos, que a menudo funcionan más como organizaciones privadas que públicas. En ellas, la democracia interna puede acabar siendo poco menos que una excusa o un aparente formalismo al servicio de la creación de hiperliderazgos que no admiten ni un carraspeo crítico. El líder ordena y los diputados aprietan el botón. Así funcionan las cosas. También en España. También en el PSOE. 

La explicación que el propio Congreso ofrece sobre el artículo 67 recuerda que la ausencia del mandato imperativo o, de otra manera, el reconocimiento de deliberación desde la prudencia del que sabe que el poder no otorga la razón, que diría Batet, está en el corazón de las democracias liberales desde hace ya más de dos siglos.

No puede haber un poder preexistente o ajeno al Parlamento, porque es el Parlamento donde se representa la soberanía nacional. Que la decisión se tome fuera de la Cámara (por parte de un partido, una empresa u otra nación) va contra la democracia, porque sólo en su seno es donde debe "emerger la comprensión de la verdadera naturaleza de los valores compartidos, de los intereses generales", según explicó Batet en su discurso. Porque si las decisiones se toman en un despacho, por un reducido número de personas o incluso por una sola, ¿qué sentido tiene que haya tantos diputados en el Congreso? ¿Qué sentido tiene que se celebre un debate si de antemano se conoce el resultado de la votación?

El diálogo, otra rareza

Frente a los que teorizan que el Parlamento sólo es útil para el que ostenta el poder y, si no, sólo puede ser utilizado como caja de resonancia, como plató de televisión desde el que hacer campaña de cara al exterior, Batet reivindicó el diálogo. Aunque sea más difícil que nunca por la fragmentación. 

El "diálogo leal" que defiende Batet sólo puede nacer del "respeto", que "no es un adorno, sino un valor sustantivo de la actividad humana en general, y de la actividad política en particular", según ella. Y lo primero es respetarse a sí mismo. "No es prudente encumbrarse demasiado, no solo por decoro, sino porque a ciertas alturas falta el oxígeno y, sin oxígeno, falla el razonamiento", dijo Batet.

"Somos del pueblo, pero no el pueblo"

En ese sentido, la reelegida presidenta del Congreso aludió a su discurso de mayo. En él, lanzó otro recordatorio de calado que tuvo especiales resonancias en el contexto de la crisis en Cataluña. "Somos la expresión plural y diversa de una sociedad plural y diversa, en España en su conjunto y en cada uno de sus territorios. Y, más allá de la comprensión simbólica del mandato de cada diputado, ninguno de nosotros, individualmente, ni ninguno de nuestros partidos por sí solo, representa en exclusiva a España, ni a ninguno de sus territorios, ni a la voluntad de toda la ciudadanía. Cada uno de nosotros somos del pueblo, pero ninguno somos el pueblo. Nadie debería arrogarse una representación que no tiene", advirtió. Otro aviso a navegantes. 

Para Batet, el diálogo en el "Congreso con más agrupaciones políticas de nuestra historia democrática" puede parecer "estéril", pero es más necesario que nunca. Citando a Margarita Salas, comparó el diálogo en un espectro político fragmentado con la investigación en ciencia básica. "De esta pueden salir resultados aplicables que no son previsibles a primera vista. Y sin embargo salen”, dijo la célebre científica, fallecida recientemente. 

¿Un brindis al sol?

Muchos diputados perdieron la mirada cuando Batet pronunció sus palabras. Algunos, porque creen que es un brindis al sol, un vano despliegue de idealismo. Otros, porque caricaturizan a la presidenta del Congreso como una peligrosa separatista, que como militante del PSC y miembro del equipo de confianza de Sánchez aspira justamente a todo lo contrario de lo que predica.

Y, sin embargo, a Batet poco puede reprochársele en el ejercicio de su cargo. Desde luego, nada que no pudiera afeársele a su antecesora, Ana Pastor, si se alude a la estrafalaria fórmula de acatamiento de una buena parte de los diputados, objeto de gran polémica este martes. Tampoco hay prueba alguna de que haya atentado contra la Constitución, ni como presidenta ni como ministra de Política Territorial. Este último cargo la llevó a reunirse con la Generalitat en varias ocasiones rodeadas de polémica. Menos podrían criticarse, pues, unas cuantas reflexiones sobre la democracia, una vez cada seis meses, a la hora de comer.