Una sacudida, otra más, que hace tambalear los cimientos de los Mossos d'Esquadra. "No queremos politización del cuerpo", señalan desde la mayoría de los sindicatos del cuerpo. Pero el nombramiento de Eduard Sallent como major encaja precisamente en un movimiento ideológico. Al menos, eso temen sus bases. Su misión está clara: enterrar el 155 y devolver a la policía a la senda del separatismo marcado desde Waterloo. Con él, Quim Torra también espera calmar las aguas turbulentas del independentismo radical, que exigían ceses tras las cargas contra miembros de Arran y los CDR. 

No se trata de volver a los tiempos de Josep Lluis Trapero. Fuentes de los Mossos consultadas por este diario aseveran que Sallent está dispuesto a llegar más lejos que el ex jefe, ahora sentado en el banquillo y acusado de un delito de rebelión por el que puede afrontar una pena de hasta 11 años de prisión.

"Sallent está alineado con Quim Torra y con Waterloo [en referencia a Puigdemont]", apuntan unos. "Es un hombre de partido, de la antigua Convergencia", añaden otros. Los comentarios coinciden en valorar de "meteórica" su trayectoria dentro del cuerpo. A finales de 2018 ocupaba el puesto de intendente y ahora, tras curtirse durante medio año en el servicio de información, es nombrado jefe superior del cuerpo.

Malestar por el nombramiento

Su nombramiento como máxima autoridad de los Mossos ha provocado sorpresa -y malestar- en la cúpula del cuerpo. No por sus capacidades: "Es muy inteligente y adaptado a las nuevas técnicas de investigación; posiblemente más que su predecesor, Miquel Esquius". 

Los sentimientos negativos se sustentan en la incertidumbre de un nuevo cambio en la cúpula. "El conseller de Interior Miquel Buch ha hecho gala una vez más de su opacidad", lamenta Josep Miquel Milagros, portavoz del sindicato USPAC. "No dudamos de que sea un hombre moderno y adaptado a la realidad actual del cuerpo, pero las maneras son importantes".

Para comprender esa afirmación hay que hacer un recorrido cronológico a través de los últimos 20 meses de la policía catalana. Josep Lluis Trapero dejó su cargo el 28 de octubre de 2017 por las consecuencias judiciales del 1-O. Con la aplicación del 155, Ferrán López tomó las riendas del cuerpo y garantizó "lealtad" a jueces y fiscales. No duró un año en el cargo.

A Miquel Esquius, nombrado jefe de los Mossos el 10 de julio de 2018, se le atribuía un perfil moderado. O lo que es lo mismo: sus relaciones con Madrid serían más o menos fluidas, sin grandes contratiempos. Bajo su dirección se vivieron fuertes tensiones internas en el cuerpo, cuando la BRIMO -los Antidisturbios de los Mossos- cargaron contra manifestantes separatistas. No faltaron las voces que exigieron la dimisión del conseller Miquel Buch; Quim Torra también pidió que se asumieran responsabilidades entre la cúpula policial.

Un doble objetivo

A Miquel Esquius también le sorprendió su cese repentino. Lo admitió en una carta pública dirigida este lunes a todos los miembros del Cuerpo. En ella, afirmaba que siempre había actuado "pensando en recuperar la normalidad institucional, con todos los estamentos, cuerpos y actores sociales, desde la neutralidad política y con la voluntad final de servicio a toda la ciudadanía".

¿El motivo de su destitución? Hay quienes apuntan a su disconformidad ante la creación de la llamada guardia pretoriana, una sección de escoltas destinada a proteger a altos cargos de la Generalitat. Su puesta en marcha está acompañada de la polémica ante las acusaciones de la politización del cuerpo.

Fuentes de los Mossos d'Esquadra, no obstante, califican a Esquius como una "víctima" de la "maquinaria independentista". Con su cese, Quim Torra logra un doble objetivo: aseverar ante las bases radicales del separatismo catalán que ha tomado medidas tras las últimas cargas policiales, y nombrar major a un "hombre duro" que rendirá cuentas ante los mandatos que Puigdemont proyecta desde Waterloo.