Cuando el agente 104.398 entró en la habitación se encontró una dura escena. A la izquierda, su compañero yacía en el suelo junto al vano de la puerta, con una herida de bala en el hombro mientras otro de sus hombres se dolía del pecho. Bastaba mirar el chaleco para ver que la prenda le había salvado de un disparo mortal.

A escasos metros y en un charco de sangre se dolía Manuel González Rubio, el hombre que había abierto fuego contra ellos. En ese momento, llevaba ya cinco balas en el cuerpo. En un acto instintivo, el agente se arrodilló y le hizo dos torniquetes; uno en cada pierna. Aquello le salvó de morir desangrado mientras llegaba la ambulancia. Sobre la cama, estaba todavía la HK calibre 45 con la que había disparado contra los agentes.

La operación se preparó a conciencia por orden del Juzgado de Instrucción número 3 de la Audiencia Nacional. Desde hacía más de un año, los equipos que luchan contra el tráfico de drogas andaban centrados en José Ramón Prado Bugallo, más conocido como Sito Miñanco. La Policía Nacional tenían la sospecha de que el histórico narco había vuelto al negocio, y tras disfrutar del tercer grado penitenciario, estaba moviendo mercancía de nuevo.

Esa investigación les llevó hasta González Rubio, responsable de una empresa de seguridad y la persona que presuntamente movía el dinero entre España y Colombia para la red de Sito Miñanco. De hecho, un año antes de aquello, los agentes bloquearon en el aeropuerto de Barajas más de 800.000 euros en efectivo ocultos en varias mochilas. En ese momento, las alertas ya estaban puestas sobre el narco gallego, pero fue Manuel González Rubio quien se reconoció propietario de los fondos para reclamar su devolución. Eso terminó de señalarle.

"Fue como un duelo"

El 5 de febrero, la magistrada Carmen Lamela coordinó una macro-operación para detener a 29 presuntos integrantes de la red del capo gallego en media España. De Andalucía A Galicia. Sin embargo, uno de los lugares más sensibles estaba en el punto kilométrico 4,5 de la carretera entre Madrid y Navacerrada. Allí se encontraba Formación y Reciclaje de Seguridad, la empresa y galería de tiro regentada por González Rubio.

Al preparar el asalto, los agentes confirmaron que el objetivo tenía al menos cuatro licencias de armas. Una carabina del calibre 22, una pistola HK del 45, una pistola Llama de munición 9c y una escopeta Laurona del calibre 12. Un arsenal que podría estar en sus manos en el momento del asalto.

Los tres agentes tiroteados, momentos antes de empezar el asalto.

Es por eso que, además de los 10 agentes de la Policía judicial y los funcionarios del juzgado que acudieron al registro, la entrada fue responsabilidad del Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía Nacional. Tres agentes fueron la avanzadilla del operativo, y los que sufrieron las peores consecuencias. A la cabeza, el agente 97.328 llevaba un subfisul MP5 con silenciador y culata corta. Su compañero (107.869) portaba otra arma similar pero sin silenciador, y el tercero (con carné 82.148), una pistola Sig Sauer mucho más ligera. Eran las 7:25 horas  cuando el primero asestó el golpe que abrió la puerta y comenzó e l asalto.

Según sus declaraciones, todo sucedió en un momento. Tras avanzar por la primera puerta de aquella casa de una sola planta, accedieron al dormitorio con un giro a la izquierda al grito de “¡alto, Policía!”. Allí, una figura tendida en la cama respondió desde con una ensalada de balas. “Fue como un duelo”, llega a decir uno de los agentes en el juzgado para explicar lo sucedido: “Nada más entrar, él disparó”.

Sin mediar palabra, el investigado comenzó a disparar con la pistola que tenía debajo de la almohada. Alcanzó al agente 97.382 en el chaleco antibalas mientras se parapetaba con la puerta del baño. Al segundo le impactó también en el chaleco, pero la bala le llegó a herir en hombro derecho. “Él me hiere y tengo que salir porque el brazo se me duerme y no puedo seguir”, relata. Los informes de balística reflejan que gran parte de los disparos pudieron impactar en zonas vitales como la cabeza. Por suerte, no sucedió.

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La pistola de Manuel dejó de sonar cuando se le acabaron las balas. En ese momento,  tenía ya cinco proyectiles en distintas partes del cuerpo. Los agentes dispararon según el protocolo: con preferencia siempre a zonas no vitales, en este caso a las piernas. En ellas tenía el detenido tres de los impactos, otro en un codo y otro cerca de la zona pélvica, alojado en la espalda. Junto a la cama quedó su pistola, con el cargador completamente vacío.

Balas por toda la habitación

Fue entonces cuando empezaron a sonar los teléfonos. Mientras uno de los funcionarios del juzgado llamaba a la Audiencia Nacional para alertar de lo sucedido, el agente 82.148 fue quien llamó a los servicios de emergencia. Su compañero fue trasladado con una herida en el hombro al Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda.

En otra ambulancia, la UVI móvil con indicativo 17, fue trasladado el agresor, que pasó inmediatamente a quirófano. Allí se dieron cuenta de que dos de los orificios eran de entrada y de salida, que otro de los proyectiles estaba alojado en el codo, que el detenido tenía todavía otra bala en una pierna y una tercera alojada cerca de la espalda. Esa era la que revestía más peligro a la hora de operar.

En total, los agentes de la Policía científica encontraron 45 rastros de munición, casquillos y balas vinculadas con el tiroteo, que supuso la apertura de una pieza separada investigada por un juzgado de Collado Villalba. Ante la jueza, el detenido aseguró que confundió a los agentes con narcos colombianos con pasamontañas, y que por eso abrió fuego contra ellos.

Imágenes del informe de la Policía Científica sobre el tiroteo.

Según esta versión, desde hacía días dormía con la pistola debajo de la almohada, ya que uno de sus hombres había sido asesinado en Colombia. El presunto blanqueador explicó que los disparos fueron en su mayoría intimidatorios y que siempre apuntó al techo. Que con su pericia con las armas, si hubiera disparado a la cabeza no hubiera fallado.

La versión de los agentes es diametralmente opuesta en este punto. Los tres que encabezaron el asalto iban perfectamente uniformados, con el casco reglamentario y todos los indicativos policiales perfectamente visibles. Además, alertaron a gritos y en varias ocasiones de que se trataba de una intervención policial, pese a que el objetivo continuó disparando hasta que terminó las balas.