Hace unos días me preguntaron si una columna la había escrito con inteligencia artificial. La pregunta no venía con mala intención, o eso quise creer. Tal vez era un elogio torcido. Quizá una sospecha propia de este tiempo en el que cualquier frase estructurada parece culpable de haber salido de una máquina.
Te confieso que me hizo gracia, aunque no demasiada.
Llevo meses pensando que el problema de la ciencia no es que las máquinas escriban por nosotros. La cuestión difícil de asumir es que los humanos estamos empezando a investigar como si fuéramos máquinas cansadas.
Producimos mucho.
Publicamos mucho.
Solicitamos mucho.
Evaluamos mucho.
Y como si no fuera poco, respondemos correos, subimos informes, rellenamos formularios, justificamos gastos, explicamos impactos, contamos citas y perseguimos índices.
La ciencia moderna parece un organismo hipertrofiado que respira por métricas. Nunca hubo tantos científicos, tantos artículos, tantos congresos y tantos datos. Sin embargo, cada vez parece más difícil descubrir algo que cambie de verdad la dirección de un campo.
Es decir, la intuición ya tenía ruido desde hace tiempo. Ahora empieza a tener números.
En 2023, un trabajo publicado en Nature analizó 45 millones de artículos científicos y 3,9 millones de patentes. La conclusión fue perturbadora: tanto los artículos como las patentes se han vuelto menos disruptivos con el tiempo.
En palabras llanas: cada vez tienden menos a romper con el pasado y abrir caminos nuevos. En cambio, buscan consolidar líneas ya existentes.
Una científica trabajando en su laboratorio.
El estudio no decía que la ciencia hubiera dejado de avanzar. La conclusión era algo más preocupante: avanza cada vez más por acumulación y menos por sacudida.
¡La diferencia importa!
Un trabajo incremental añade una pieza a una casa ya construida. Un trabajo disruptivo cambia el plano. Ambos son necesarios.
Ninguna ciencia seria vive sólo de revoluciones. La penicilina necesitó microbiología previa. Las vacunas de ARN se basaron en décadas de biología molecular, química de nucleótidos e inmunología. Pero un ecosistema científico sano necesita equilibrio entre quienes amplían y quienes se atreven a desplazar.
Ese equilibrio parece estar inclinándose.
Otro trabajo reciente estudia una cantidad ingente de carreras científicas y sugiere que, conforme envejecen, los investigadores tienden a producir menos ciencia disruptiva.
Los científicos jóvenes empujan con más frecuencia hacia contribuciones que alteran la frontera; los mayores combinan conocimientos con más experiencia, pero suelen apoyarse en referencias familiares.
Ergo, la edad no apaga el talento. Lo estrecha hacia territorios conocidos. Y aquí aparece una paradoja amarga.
La ciencia necesita experiencia, pero también precisa de irreverencia. Necesita memoria y desacato. Necesita al investigador que sabe dónde están los cadáveres conceptuales del campo y al joven que entra sin saber que ciertas preguntas "no se hacen".
El problema surge cuando el sistema premia tanto la seguridad que convierte el riesgo en imprudencia administrativa.
Hoy, para pedir financiación, muchas veces hay que demostrar casi de antemano que el experimento funcionará. Se pide innovación con resultados preliminares. Se reclama originalidad con cronograma milimétrico. Se invoca la disrupción, pero se financia lo que parece razonable, medible y publicable en poco tiempo.
Así se fabrica una ciencia prudente. Correcta. Citada. Cansada. El miedo al fracaso se ha vuelto estructural.
Un investigador examina bacterias en una placa de Petri.
Un laboratorio joven no siempre puede permitirse 'perder' dos años en una hipótesis que quizá no funcione. Un investigador en evaluación constante sabe que un proyecto fallido no se lee como una apuesta necesaria, sino como baja productividad. Un contrato temporal no invita a caminar por selvas conceptuales. Incita a producir figuras, papers, entregables. Induce a sobrevivir.
En otra cuerda, la burocracia también envejece la ciencia. No por los años, sino por el espíritu. Cada formulario resta tiempo de pensamiento. Cada justificación roba energía a la pregunta. Cada convocatoria escrita en el idioma de la gestión obliga al científico a traducir la incertidumbre en promesa. Y la ciencia real vive justo ahí: en lo que todavía no sabemos si saldrá.
Hay otro factor más profundo: sabemos mucho más que antes.
Eso también complica descubrir. Entrar en un campo exige años de lectura. La frontera está lejos. Las técnicas son caras. Los equipos son grandes. El conocimiento acumulado se vuelve montaña. Subirse a hombros de gigantes es hermoso, hasta que uno descubre que los gigantes han crecido tanto que apenas se ve el horizonte.
El artículo de Nature proponía una explicación interesante: la caída de la disrupción se asocia con un uso más estrecho del conocimiento previo. Leemos más, citamos más, pero quizá exploramos menos territorio intelectual. Nos especializamos hasta perder caminos laterales.
La ciencia se vuelve una ciudad con avenidas muy iluminadas y callejones abandonados. Ahí vive parte de la solución.
Hay que devolver oxígeno al riesgo. Financiar preguntas que puedan fallar. Proteger a los jóvenes –y algunos mayores indomables— antes de que el sistema los domestique. Reducir burocracia. Evaluar trayectorias con inteligencia y no únicamente con contabilidad. Crear espacios donde un científico pueda pasar tiempo pensando sin sentirse culpable. Mezclar campos. Hacer que un inmunólogo hable con un físico, que un matemático entre en un hospital, que un filósofo incomode a un comité de biotecnología.
La ciencia disruptiva suele nacer en cruces raros.
Investigadores jóvenes trabajan en un laboratorio.
También necesitamos revisar la idolatría de las métricas. Un índice h no sabe si una idea abrió una puerta. Una revista de impacto no garantiza profundidad. Una cita puede ser aplauso, rutina o crítica. Medir ayuda. Confundir medida con valor empobrece.
No obstante, la ciencia cansada no está muerta. Sigue produciendo tratamientos, tecnologías, diagnósticos y modelos. Continúa salvando vidas. Pero corre el riesgo de volverse demasiado obediente, gestionable… demasiado parecida a un informe.
Y, si algo tengo seguro es que la naturaleza no entrega sus secretos a quien sólo sabe completar casillas.
Tal vez la inteligencia artificial ayude a leer más, combinar mejor, encontrar patrones perdidos. Puede que nos permita liberar tiempo. Tal vez multiplique hipótesis. Pero la pregunta valiosa seguirá siendo humana durante un buen rato: ¿qué merece ser preguntado, aunque nadie garantice respuesta?
Por eso me molestó un poco aquella duda sobre si mi texto lo había escrito una máquina. Porque escribir, como investigar, exige elegir una mirada distinta con biografía, riesgo, manía, memoria y contradicción. Lleva cansancio, sí, pero también deseo.
De hecho, creo firmemente que la ciencia necesita menos miedo y más deseo. Menos obediencia y más preguntas peligrosas. Menos producción automática y más pensamiento vivo.
Y, por si quedaban dudas, yo no dejo a una IA que escriba por mí.