Los virus han vuelto a las noticias con el brote de hantavirus asociado al crucero MV Hondius.
Hay muertos, evacuaciones, aislamiento, titulares, miedo y esa vieja ceremonia humana de mirar un barco como si fuera una isla contaminada en mitad del océano.
No voy a hablar de ese brote en detalle. Ya muchos lo han hecho. Baste recordar, para enfriar la fiebre del alarmismo, que el riesgo para la población europea se considera muy bajo y que la mayoría de los hantavirus no se transmiten fácilmente entre personas.
Hay excepciones, como el virus Andes, pero no son la norma.
Prefiero aprovechar la aparición del virus en la portada para añadir conocimiento básico y, de paso, mezclarlo con esa poesía secreta que supone imaginar explicaciones para fenómenos naturales.
Os propongo soñar con una hipótesis: los virus serían fragmentos de organismos superiores que, al sentir el peligro de su extinción, decidieron dividir su información genética y lanzarla encapsulada al mundo, como quien mete una carta en una botella y la arroja al mar.
La imagen es hermosa.
Tiene un temblor casi bíblico: una especie que se rompe a sí misma para sobrevivir en otra parte; un genoma convertido en náufrago; la vida enviando mensajes mínimos desde la orilla de su desaparición.
Pero la ciencia, que también tiene poesía, aunque no siempre la vista de gala, exige quitar primero una palabra: decidieron. Ningún organismo decide en ese sentido.
La evolución no tiene despacho, no convoca reuniones, ni redacta planes de contingencia. En cambio, prueba, pierde, insiste, recombina y selecciona.
Lo que sobrevive parece haber tenido intención sólo porque nosotros llegamos tarde y contemplamos el resultado como si alguien lo hubiera diseñado.
Los virus no son organismos completos. Tampoco están vivos en el sentido clásico en que lo está una bacteria, una levadura o una célula humana. No comen, no respiran, no producen energía, no se dividen por sí mismos.
Son, en su forma mínima, información genética rodeada por una estructura protectora y programada para entrar en una célula. Allí, dentro de la intimidad ajena, convierten la maquinaria del hospedador en una imprenta. La célula empieza a copiar aquello que no era suyo.
Hasta aquí, la metáfora de la botella funciona.
Un virus es, en cierto modo, un mensaje empaquetado. Mas, no necesariamente un mensaje de auxilio.
Puede ser una orden. Una trampa. Una ruina. Una innovación. O simplemente un accidente repetido.
En los océanos hay cantidades astronómicas de partículas virales, y los virus son considerados una de las entidades biológicas más abundantes y diversas de la biosfera; también participan en transferencia genética, biodiversidad y dinámica de ecosistemas.
Es decir, no son una anécdota de la vida: son parte de su gramática.
No obstante, la hipótesis del virus como fragmento escapado no es absurda si se le quita el dramatismo finalista. De hecho, una de las grandes explicaciones sobre el origen de los virus se llama precisamente hipótesis del escape.
Según ella, algunos virus pudieron originarse a partir de fragmentos genéticos celulares que adquirieron la capacidad de moverse entre células, protegerse, entrar en nuevos hospedadores y perpetuarse.
Junto a esta conjetura existen otras: la de la reducción, que imagina virus procedentes de antiguos organismos celulares parásitos que fueron perdiendo genes, y la llamada virus-first, que propone linajes de replicadores anteriores o muy tempranos respecto a las células modernas.
Hoy no hay una explicación única; probablemente los virus no tienen un único origen, sino varios nacimientos, como esas familias antiguas que comparten apellido sin compartir sangre.
Volviendo a la hipótesis inicial, la parte más débil es hablar de "organismos superiores". La mayoría de los virus no parecen proceder de animales complejos ni de seres en trance de extinción.
Hay virus de bacterias, de arqueas, de plantas, de hongos, de protistas y la lista sigue. Hay virus gigantes con genomas desconcertantes y virus mínimos que caben casi en una línea de código.
Los hay de ARN y de ADN, diminutos o gigantes, con envoltura o sin ella, capaces de infectar bacterias, plantas, animales y casi cualquier forma de vida celular conocida.
La virosfera no parece el archivo de emergencia de un organismo moribundo, sino un mercado de módulos genéticos: cápsides tomadas de aquí, enzimas de allá, genes capturados, genes perdidos, genes generados por la propia deriva.
Y, sin embargo, algo de la intuición permanece encendido.
Algunas bacterias y arqueas producen pequeñas partículas parecidas a virus que empaquetan fragmentos de ADN y los trasladan a otras células. Se llaman gene transfer agents. No son virus convencionales, pero se parecen mucho a esa botella molecular que viaja con un mensaje dentro.
En algunos casos derivan de antiguos fagos integrados en el genoma bacteriano. No son virus convencionales, pero se parecen extraordinariamente a esa imagen de pequeños recipientes que llevan información genética de un lugar a otro.
Ahí la botella vuelve a flotar.
También ocurre lo contrario: no sólo los genomas lanzan mensajes virales hacia fuera; los virus dejan mensajes hacia dentro.
Por ejemplo, los retrovirus endógenos son restos de antiguas infecciones que se integraron en nuestros ancestros y quedaron heredados como fósiles moleculares. Algunas de esas secuencias fueron domesticadas.
La placenta de los mamíferos debe parte de su historia a genes de origen retroviral, como las sincitinas, que ayudan a fusionar células durante la formación de esa frontera íntima entre la madre y el embrión.
Un antiguo invasor terminó participando en la arquitectura íntima del embarazo. La amenaza fue convertida en órgano. La infección, en genealogía.
Ahí está la verdadera belleza: no en imaginar un organismo superior escribiendo un SOS antes de extinguirse, sino en comprender que la vida nunca ha sido pura.
Somos una negociación. Somos células, bacterias domesticadas, genes móviles, virus vencidos, virus aprovechados y cicatrices que aprendieron a trabajar. La evolución no tiene pudor de reutilizar escombros.
Por eso, la hipótesis original debe ser corregida sin destruir su poesía.
No: los virus no son fragmentos deliberados de organismos superiores que se lanzaron al mundo para salvar una especie.
Sí: algunos pudieron surgir de fragmentos genéticos celulares que escaparon, se protegieron y aprendieron a viajar.
Y sí: los virus han sido, además de amenaza, una formidable fuerza de innovación evolutiva.
El reajuste científico de la hipótesis primera sería: los virus no son botellas lanzadas conscientemente por organismos en extinción, sino sistemas genéticos móviles que, por distintas rutas evolutivas, adquirieron la capacidad de proteger información, desplazarse entre células y perpetuarse usando la vida ajena.
La botella existe. El mar también.
Lo que no existe es el náufrago escribiendo con intención una carta.
El náufrago, en todo caso, somos nosotros: animales que, al mirar un virus, necesitamos convertir la evolución en relato para soportar que la vida avance sin pedirnos permiso.