Tenía solo 17 días, sí, he escrito días, cuando el hombre pisó la Luna por primera vez. Mi infancia y juventud estuvieron marcadas por aquella carrera espacial disfrazada de ciencia cuando en realidad era una guerra entre las potencias de entonces.

Por supuesto, yo quería ser de aquellos que haría ciencia en Marte o más lejos: un astrofísico, un astrobiólogo, algo por estilo. Luego estudié física nuclear y terminé de inmunólogo, dedicándome a problemas muy nuestros y no de los astros.

En cualquier caso, crecí con la sensación de un cielo entendido como frontera inminente; lo siguiente, casi inevitable, sería instalarse en la Luna como quien abre una casa de verano.

Y, sin embargo, ocurrió algo extraño: después de la épica de Apollo 11, se sucedieron algunas misiones más, pero con la Apollo 17 todo se detuvo. No de golpe, no con un portazo, sino con ese tipo de silencio que no sabes cuándo empezó.

¿Por qué dejamos de mirar hacia arriba?

La respuesta fácil es económica. Llevar a una persona a la Luna era —y sigue siendo— extraordinariamente caro. El programa Apollo consumió, en términos actuales, cientos de miles de millones de dólares.

Era una inversión que se justificaba bajo una lógica concreta: la demostración de poder. No se trataba únicamente de llegar, sino de llegar antes que el otro. La ciencia era el relato noble; la geopolítica, el motor real.

Cuando ese "otro" —la Unión Soviética— dejó de ser una amenaza directa, la urgencia desapareció. No había ya un enemigo al que mostrar superioridad en un escenario tan costoso. La carrera espacial perdió su tensión dramática. Y sin tracción, el presupuesto se diluye.

Pero no fue simplemente eso.

Hubo también una cuestión tecnológica, menos evidente pero más decisiva. En los años 70 y 80 comenzó otra carrera, sigilosa y, a la larga, mucho más transformadora: la de la información.

La miniaturización de los circuitos, la aparición de internet, la capacidad de transmitir datos en tiempo real… todo ello abrió un territorio que no requería astronautas, sino cables y satélites no tripulados. La humanidad descubrió que podía conquistar el mundo sin salir de él.

Era, si se quiere, una conquista más eficiente.

Mientras enviar un astronauta fuera de la Tierra implicaba riesgos extremos, enviar datos era barato, replicable, escalable. La ciencia cambió de vector. Pasamos de preguntarnos cómo llegar a la Luna a plantearnos cómo llegar a cualquier lugar en milisegundos.

Y en esa transición ganamos algo enorme —la interconectividad—también perdimos algo intangible: la sensación de frontera.

A ello se sumó un problema profundo: la energía.

Salir del planeta es, ante todo, un desafío energético brutal. Cada kilogramo que se eleva requiere una cantidad descomunal de combustible. La física es implacable.

No importa cuán sofisticada sea la tecnología, seguimos atados a una ecuación y, aunque negociamos con la Gravedad para lograrlo progresivamente, seguimos necesitando energía.

Durante décadas, no hubo un salto energético que hiciera viable una expansión sostenida más allá de la órbita baja. Nos quedamos en una especie de antesala del cosmos, orbitando sin atrevernos a salir del todo.

Sin embargo, aquí estamos otra vez.

El mundo ha cambiado, de nuevo hay polos. China frente a Estados Unidos, y en medio, una constelación de actores que no existían entonces: las grandes empresas tecnológicas.

No es casual que nombres como SpaceX o Blue Origin formen ya parte del imaginario espacial. La exploración ha dejado de ser exclusivamente estatal. Y eso cambia las reglas. Porque las empresas no compiten sólo por prestigio. Dirían que fundamentalmente lo hacen por mercado.

Volvemos a la Luna, sí, pero con nuevas marcas.

Los programas Artemis –de la NASA y aliados— y Chang’e –aupado por China—además de aventuras científicas; son infraestructuras en construcción. Se habla de bases permanentes, de explotación de recursos, de rutas logísticas. La Luna deja de ser un símbolo para convertirse en un nodo.

Habrá avances tecnológicos, sin duda. Los hay ya. Nuevos materiales, sistemas de propulsión más eficientes, inteligencia artificial aplicada a la navegación y biología adaptada a entornos extremos.

Como ocurrió con la carrera espacial original, muchas de estas innovaciones terminarán filtrándose a nuestra vida cotidiana. No viajaremos todos al espacio, pero llevaremos el espacio en el bolsillo, en los hospitales, en la manera en que producimos energía y cultivamos alimentos.

Mas no nos engañemos: en primera instancia, esos avances están pensados para resolver problemas muy concretos. Cómo salir sin destruir la nave. Cómo llegar sin perder a la tripulación. Cómo sobrevivir en un entorno hostil. Cómo volver. Y, más ambicioso aún, cómo quedarse.

Ahí es donde la pregunta se vuelve incómoda: ¿será esta la vez definitiva en que saldremos del cascarón?

La historia invita a la prudencia. Hemos estado aquí antes, al borde de algo que parecía inevitable. Pero, la realidad siempre introduce matices: crisis económicas, prioridades cambiantes y límites físicos.

Salir de la Tierra es una cuestión de voluntad, tecnología y una decisión colectiva sobre qué futuro queremos habitar.

Quizá la diferencia ahora sea que el impulso no es único. Ya no depende de una sola narrativa ni de dos bloques enfrentados. Es una suma de intereses, de ambiciones, de visiones del mundo. Eso puede hacerlo más resiliente… o incluso, más caótico.

A veces pienso que, en el fondo, seguimos buscando lo mismo que aquel niño que fui sin saberlo: una excusa para mirar hacia arriba y sentir que hay algo más. No tanto por escapar, sino por entendernos mejor aquí abajo. La Luna, en ese sentido, siempre ha sido un espejo.

Me pilla ya mayor, soy consciente. Creo que no puedo soñar con vivir fuera del planeta. Además, confieso, que me mareo con las alturas.

Pero hay algo que no ha cambiado desde aquellos 17 días de vida: cada vez que alguien dice que volveremos a pisar la Luna, una parte de mí —la que aún no sabía nada de presupuestos, ni de geopolítica, ni de ecuaciones energéticas— vuelve a creer que, quizá, sólo quizá, aún estamos a tiempo de salir.