Desde Magas, el vertical de mujer de EL ESPAÑOL, hemos iniciado una campaña de solidaridad con las mujeres iraníes. "With you. #iranianwomen". Son gestos. Seguro que sin más consecuencias que llamar la atención, que no es poco. Enviar mensajes internacionales es, diría, una obligación que sitúa a quien la cumple en el buen lugar del mapa, en el lado correcto de la historia.

Ellas queman sus velos, queman papeles, queman imágenes. Quemar como imagen del deseo de transformación. Como se hace en las fiestas españolas del solsticio de verano, cuando se queman los trastos viejos y se salta sobre las hogueras, señal de comienzo, de cambio. Quemar la quemazón. Y la rabia. Para reparar lo irreparable. Por la libertad.

Los cuerpos no son territorios del Estado. Las almas, menos aún. Ese es el mensaje detrás del gesto de quitarse el velo, de prescindir del hiyab. El símbolo de esa revolución que solo reclama el deseo de ser sin barreras ni cortapisas. "Mujer, vida, libertad" llevan gritando miles de mujeres y algunos hombres cómplices, desde el asesinato de la joven kurda Mahsa Amini, en 2022, precisamente por no llevar el pañuelo "correctamente".

El grito se ha mantenido y se mantiene hoy, en medio de la rebelión civil contra un Estado que reprime a toda una sociedad, bajo el yugo de los ayatolás. El grito se amplía como una declaración que clama por los derechos humanos robados. Por los miles de muertos. Por esa joven Robina Aminian disparada en la cabeza el 8 de enero, mientras se manifestaba pacíficamente.

Las mujeres iraníes están demostrando una vez más una valentía inusitada contra aquellos que instituyen el ojo de dios como el de un juez único, legitimador de un régimen absolutamente teocrático. Refutar el uso del velo, quemarlo en su versión más drástica, no es una provocación. Es el símbolo de una transformación

Y solo podemos defender lo que supone: libertad.  

En Irán, ser valiente hoy es tan simple como atreverse a realizar los gestos cotidianos que nosotras, occidentales, hacemos sin más. Por ejemplo, salir a la calle. O ir al trabajo. O caminar sin pedir permiso, incluso cuando se trata de caminar por el propio cuerpo y a la vista. Incluso, manifestarse.

Como ha denunciado la propia oficina de derechos humanos de la ONU, la ofensiva represiva para imponer el hiyab, con arrestos y acoso generalizados, alcanza incluso a  jóvenes de 15 a 17 años.  Se trata de disciplinar lo visible, como es el caso del cabello, para dominar lo invisible, es decir la autonomía. 

En Irán, la palabra "valentía" va más allá de ese comodín impuesto internacionalmente para su uso en discursos, libros o sesiones de coaching. Imponerse al miedo no es allí una frase a imprimir en camisetas o libretas. Es una rotura de cadenas para la actualidad y para la posteridad. Para las mujeres, sí, pero, más allá, para la sociedad al completo. 

Y no nos olvidemos de Afganistán. Suele ocurrir que un desastre sea tapado por otro. La capa inferior sigue "en llamas". Las valientes afganas estudian de manera clandestina, esconden libros, evitan que su voz se escuche.

Foto de archivo de mujeres afganas vestidas con el burka, el símbolo de opresión de los talibanes. ANTONIN BURAT / ZUMA PRESS

Según la UNESCO, 2,2 millones de niñas siguen sin poder asistir a la escuela. Sobran las explicaciones sobre el horror que supone.  La Organización recuerda que, desde 2021, el régimen talibán ha firmado más de 70 leyes represoras de derechos de mujeres y niñas, estrechando más y más el perímetro de la libertad. 

Desde Europa, contemplamos esas realidades a veces desde la indignación, a veces desde la distancia. Como si no fuera nuestra guerra, o como si la valentía de estas mujeres fuera solo cuestión bélica. Pero la valentía reside entre nosotras. Como el miedo. Más allá de que también con nosotros convivan mujeres privadas de derechos, hay otras valientes que ponen voz a dramas que suelen aguantarse en silencio. 

Es el caso de la actriz Carme Elías, enferma de alzhéimer y una especie de embajadora de lo que significa la asunción de vivir sin memoria, sin referencias temporales, territoriales, sensoriales. Lo plasmó en el documental Mientras seas tú, de Claudia Pinto, que combate el tabú y el silencio. Lo dice de manera bien gráfica: "Es como que el telón se va cerrando poco a poco". 

Su caso no es aislado. El alzhéimer no es asunto menor. Y crece. En nuestro país, y según la Sociedad Española de Neurología, cada año se diagnostican unos 40.000 nuevos casos; una mayoría, de mujeres.  Su voz la otorga a tantas personas que sufren el mal. Y especialmente a las víctimas sobre las que cae otro problema añadido, la desigualdad de los cuidados.

Ser mujeres valientes puede equivaler a manifestarse o simplemente a contar la verdad con honestidad. Puede ser salir a la calle y quemar un texto o una imagen o admitir que ya no recuerdas cómo se lee. Puede ser quitarse el velo físico o retirarse el de los ojos que impiden llamar por su nombre a la realidad. 

Es fundamental visibilizar. Las certezas. Las incertezas. Los derechos y su ausencia. También el miedo, para enfrentarlo. Invisibilizar, borrar, no es sostenible. Y cuando se expulsa a las niñas de la escuela, se expulsa del futuro a toda una nación.

Cuando se castiga la autonomía corporal, se castiga a la sociedad presente y a la que está por venir. Cuando se silencia la enfermedad, se deshumaniza. Desde luego, no hay desarrollo posible si se normaliza el borrado de las mujeres.