En un lineal cualquiera de supermercado, una etiqueta puede esconder una historia de pérdida. O, como en el caso de Ana Climent, puede desencadenar una pequeña revolución agrícola.
"Cuando vi que ponía 'collaret' —la variedad tradicional valenciana— y en el origen decía Estados Unidos, fue un shock", recuerda. Pero aquella contradicción no solo le sorprendió, también le reveló hasta qué punto el cacahuete valenciano había desaparecido del mapa.
De esa intuición nació CA Climent, un proyecto familiar que hoy se ha convertido en uno de los pocos bastiones de resistencia frente a la desaparición de este cultivo histórico. Lo que empezó en plena pandemia, casi como una prueba, se ha transformado en una iniciativa que combina recuperación de semillas, innovación rural y sostenibilidad.
Durante décadas, el cacahuete fue uno de los pilares del campo valenciano. "Hasta los años 70 era uno de los principales motores económicos agrarios", explica Climent. Pero la globalización cambió las reglas del juego. La llegada masiva de cacahuete importado, mucho más barato, hizo inviable la competencia para los locales.
"El agricultor ya no podía hacer frente a esos precios y poco a poco fue abandonando el cultivo", señala. El resultado es una desaparición casi total: hoy, las semillas tradicionales sobreviven en manos de apenas unos pocos productores.
La propia Climent forma parte de la cuarta generación de una familia que nunca dejó de cultivarlas. Ese legado fue clave. "Tenemos ese tesoro que de alguna manera tenemos que hacer que más gente pueda disfrutar", afirma. De ahí surge la decisión de lanzar una marca que recuperara el producto y, al mismo tiempo, su identidad.
Cacahuete de los campos de cultivos de CA Climent.
El nombre, CA Climent, no es casual: "Ca es la abreviatura de casa en valenciano y Climent es el apellido familiar". Una forma de reivindicar origen, territorio y tradición en cada bolsa.
Evitar la extinción
La situación actual roza lo crítico. "Acabamos de fundar una pequeña asociación y apenas somos 11 productores en toda la Comunidad Valenciana", advierte. Y ni siquiera todos comercializan el producto: muchos lo cultivan solo para autoconsumo.
El problema no es solo la producción, sino la pérdida de material genético. Agricultores que dejaron de plantar cacahuete durante años han perdido sus semillas. "Nos piden si podemos darles pequeñas cantidades para volver a cultivarlas", cuenta.
Ese contexto ha llevado a Climent a hablar sin rodeos de "peligro de extinción". Pues, la supervivencia de estas variedades depende de iniciativas muy concretas: pequeños bancos de semillas, colaboración institucional y proyectos como el suyo.
En este proceso, ha sido clave el trabajo conjunto con organismos públicos como la Estación Experimental Agraria de Carcaixent (Valencia), que conserva variedades tradicionales. Gracias a esa colaboración, CA Climent ha ampliado su catálogo.
Recogida manual de la cosecha en los campos de Climent.
De dos variedades iniciales —Collaret y Cacau del Collaret— han pasado a recuperar hasta siete tipos distintos de cacahuete valenciano. Y es que variedades como el Morell de Quart de Poblet ni siquiera las conservaban. Sin embargo, hoy todas ellas están volviendo a la tierra.
Cultivo del futuro
La recuperación del cacahuete no es solo una cuestión de memoria agrícola. También apunta al futuro. En un contexto de cambio climático, este cultivo presenta ventajas claras pues necesita poca agua y se adapta bien a climas cálidos y secos.
"Lo consideramos un cultivo del futuro", asegura Climent. Pero su potencial va más allá de la resistencia climática. Como leguminosa, el cacahuete fija nitrógeno en el suelo, mejorando su fertilidad y convirtiéndose en un aliado para la rotación de cultivos.
Además, su aprovechamiento es integral. "De cada cosecha obtenemos residuo cero", subraya. Las plantas sirven de alimento para ganado, las cáscaras se reutilizan en cerámica o en la creación de biomateriales, y las semillas se reservan para futuras plantaciones.
Si recuperar el cultivo ha sido posible, hacerlo viable económicamente sigue siendo el gran desafío. El principal problema es técnico: tras décadas sin producción, no existe maquinaria adaptada.
"Todo está por mecanizar", explica Climent. La siembra, la recolección, el secado o la selección siguen realizándose de forma manual, lo que implica largas jornadas de trabajo y encarece el producto final.
Ese factor explica por qué tantos agricultores abandonaron el cacahuete. Y es que Climent reconoce que "requiere mucha mano de obra y eso hace que el precio sea más alto".
La solución pasa por desarrollar tecnología a pequeña escala. Pues, no se trata de industrializar el proceso, sino de encontrar herramientas que reduzcan el esfuerzo sin perder el carácter artesanal. "Queremos mecanizar ciertas partes, pero seguir siendo artesanos", aclara.
¿Relevo generacional?
Más allá del producto, el proyecto tiene una ambición territorial. Climent ve en el cacahuete una posible palanca para revitalizar el campo y atraer nuevos agricultores.
"Sería una grandiosa noticia que volviera a ser un motor económico", afirma. Su planteamiento es claro, se trata de generar un modelo en el que otros productores puedan sumarse con garantías.
En un sector marcado por la incertidumbre, la clave está en la seguridad. "Muchos agricultores necesitan tener las cosechas vendidas antes de plantarlas", explica. Y CA Climent quiere ofrecer precisamente eso: colaboración, semillas, conocimiento técnico y un mercado asegurado.
Ana Climent con los cacahuetes de su marca.
El objetivo es doble. Por un lado, aumentar la producción para responder a una demanda que ya supera su capacidad —"se nos agota en apenas meses"—. Por otro, facilitar que más agricultores puedan mantenerse en el oficio.
En ese camino, el reconocimiento como finalista del programa TalentA, impulsado por la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (FADEMUR) y Corteva Agriscience, ha supuesto un respaldo importante. Más de 100 proyectos se presentaron a nivel nacional.
"Ya solo quedar como finalistas fue un superlogro", afirma Climent, que destaca el nivel de innovación de las iniciativas participantes. "Son pura inspiración".
Además, el apoyo económico tiene un impacto directo. "Cada aportación es de inmensa ayuda", explica. En este caso, la inversión se destina íntegramente a innovación: maquinaria, procesos y desarrollo técnico que permitan hacer el proyecto más competitivo y sostenible.
En el fondo, todo vuelve al punto de partida: el sabor. Aquel que Ana Climent echó en falta en un paquete de supermercado y que hoy intenta devolver al consumidor.
Porque la historia del cacahuete valenciano no es solo agrícola. Es también cultural, gastronómica y económica. Y su recuperación demuestra que, incluso frente a décadas de abandono, todavía es posible reconstruir un cultivo desde sus raíces.
"Tenemos ese tesoro", insiste Climent. La diferencia ahora es que ya no está solo en manos de unas pocas familias. Empieza, poco a poco, a volver al campo.
