William Kikanae Ole Pere lo tiene claro. Sabe que el futuro de su comunidad pasa por la educación, pero con un matiz; sin perder su cultura. "Es la clave para el desarrollo de nuestros niños y de las nuevas generaciones", afirma.
Nacido en Masái Mara, en "un pueblo muy pequeño, en medio de la nada", su visión cambió al entrar en contacto con otras formas de vida. "Veíamos a los que venían de safari y pensábamos que lo tenían todo. Ahora les digo a los nuestros que ese estilo de vida también implica trabajar muy duro", explica.
De un modo u otro, ese contraste llevó al keniano a replantearse el futuro de su comunidad mientras todo cambiaba a su alrededor. Menos tierra disponible, crecimiento de la población y nuevas necesidades donde su ritmo de vida adoptado hasta la fecha parecía que ya no era suficiente para su subsistencia.
Con los años, William Kikanae terminó por convertirse en el líder de su comunidad, pero no fue una decisión al azar. Pues, en la cultura masái, el liderazgo no se impone, se reconoce con el tiempo. "Te eligen porque ven en ti confianza, valentía, inteligencia y carácter", señala.
A partir de ahí, su papel ha sido impulsar soluciones a largo plazo, con especial énfasis en la educación. "Antes no utilizábamos medicina moderna ni teníamos acceso a muchas cosas. Ahora queremos que nuestros hijos tengan oportunidades, pero sin cambiar nuestra cultura", resume.
Y precisamente ese equilibrio entre tradición y modernidad es la base de su discurso: "Vamos a la escuela, pero volvemos a la comunidad para aprender nuestra cultura. No nos alejamos de ella".
Niños en la escuela de de ADCAM en la región de Masái Mara.
En 2005, junto a la española Rosa Escandell, fundó ADCAM, una asociación sin ánimo de lucro que articula varios proyectos: una escuela-residencia con más de 350 niños (Mara Vison School), un eco lodge sostenible (Sawa Mara), un coworking (Nómadas) y una cooperativa que agrupa a más de mil mujeres masái.
Por la comunidad
La escuela es el eje del proyecto. Y es que, tal y como defiende el propio William Kikanae, quieren que "los jóvenes puedan acceder a trabajos que cambien sus vidas", pero manteniendo siempre su identidad.
Más allá de la educación, el proyecto se apoya en una idea de autosuficiencia. El eco lodge Sawa Mara, gestionado por miembros de la comunidad, nace precisamente con ese objetivo: generar ingresos que permitan sostener el resto de iniciativas.
"Estamos en un área donde el turismo es la fuente más importante del país", explica Escandell, "y pensamos que debíamos crear un modelo propio que financiara el proyecto y ofreciera empleo digno".
Y es que, hasta su llegada, muchos jóvenes masáis apenas accedían a puestos cualificados: "No hablan inglés mayoritariamente y terminaban en empleos muy básicos".
A ello se suma el coworking Nómadas, concebido como un punto de encuentro entre culturas, y una apuesta por formar a las nuevas generaciones para que sean ellas quienes continúen el proyecto. "Queremos que sea algo que permanezca", apunta la española.
Las mujeres, en el centro
La implicación de Escandell comenzó tras años de trabajo en programas internacionales de microcréditos. Su encuentro con el keniano marcó un punto de inflexión. "Había conocido a muchas personas con proyectos educativos, pero cuando vi que él estaba impulsando el empoderamiento de la mujer masái, entendí que era diferente", señala.
"Hace 20 años, encontrar a un hombre en una tribu africana promoviendo esto fue decisivo", asegura. Por eso, para la española el proyecto tiene una vocación clara de continuidad: "Está pensado en generaciones, no en nosotros". Y, quizás, por ese motivo uno de los pilares de ADCAM es la cooperativa femenina.
William Kikanae Ole Pere, líder de los masáis, junto con Rosa Escandell, con quien ha creado en 2005 ADCAM.
Reúne a más de 1.400 mujeres y, a través de ella, genera ingresos mediante artesanía y pequeños negocios. Ahora, algún que otro año después de su puesta en marcha, Escandell explica que, pese a que "la situación de la mujer no es igual en todas las zonas, sí hay progreso".
Y es que asegura que, actualmente, "tienen más capacidad económica y más presencia en la comunidad". Sin embargo, el cambio no fue inmediato. "Al principio hubo rechazo, pero cuando se vio que podían generar ingresos, la percepción cambió".
Abrirse al mundo
Para William Kikanae, abrirse al mundo no implica renunciar a sus raíces. "Sabemos que nuestra cultura tiene valor. Los visitantes no solo quieren ver la naturaleza, también quieren conocernos". afirma.
Y ese, dice, es el mensaje que traslada a los jóvenes: formación en tres idiomas —masái, inglés y suajili— sin perder el vínculo con la comunidad. "Quiero que tengan oportunidades, pero que no se olviden de dónde vienen", señala. "Yo cumplí mi sueño de viajar, pero siempre vuelvo".
Escandell, en su caso, destaca dos aprendizajes de la cultura masáis: "La presencia y la aceptación. Viven el momento y aceptan lo que no pueden controlar". "Cuando siento el ritmo acelerado de nuestra sociedad, recuerdo esa forma de vida", añade. "Es una manera distinta de entender la felicidad".
Por ese motivo, William Kikanae insiste en resumir su visión en una idea: avanzar sin perder la identidad. "La vida cambia con cada generación, pero no debemos cambiar completamente nuestra cultura", concluye. "Queremos mejorar, pero siendo quienes somos".
