"Crecer aquí es extremadamente difícil para nosotros, los jóvenes. Las oportunidades son escasas y no hay igualdad". Israa tenía siete años cuando cruzó la frontera siria y llegó al campamento de refugiados de Azraq, en el este de Jordania.
Hoy, con 18, ese lugar sigue siendo el escenario central de su vida. Su recuerdo inicial —las caravanas alineadas, la moneda desconocida, un entorno ajeno— resume el desconcierto de una infancia que comenzó en el exilio y se prolongó sin fecha de caducidad.
Mohammed Qasim Hamid, de 16 años, llegó aún más pequeño. No conserva imágenes claras de aquel momento, pero sí una sensación persistente de pérdida. "¿Dónde están mis padres? ¿Dónde están mis tíos? ¿Dónde está mi familia?", se preguntaba.
Y es que, para ambos, Azraq no fue un refugio temporal, sino el espacio donde han crecido, estudiado y comenzado a imaginar —con cautela— su futuro.
Ahora, sus testimonios ponen rostro a una realidad que afecta a cientos de miles de jóvenes sirios refugiados en la región.
De hecho, en Jordania viven más de 1,3 millones de personas sirias desplazadas y aproximadamente una quinta parte son adolescentes y jóvenes que han pasado su infancia o adolescencia fuera de su país.
Un hogar (a medias)
El campamento de Azraq fue concebido como una instalación de emergencia para unas 40.000 personas. Sin embargo, 12 años después, se ha consolidado como el principal entorno vital para miles de niñas, niños y adolescentes.
En un paisaje desértico y aislado, las familias enfrentan dificultades crecientes para cubrir necesidades básicas, lo que incrementa los riesgos de exclusión social y deterioro del bienestar psicológico, especialmente entre la población joven.
La experiencia de crecer en este contexto dista de favorecer el desarrollo personal. Motivo por el que Mohammed no duda en definirlo como una situación "negativa e inútil", porque no ayuda a que la juventud alcance sus ambiciones o muestre "lo que puede ofrecer".
Mohammed Qasim Hamid (16) en las instalaciones de Plan Internacional.
El informe de Plan International confirma, además, esta percepción. El 97,9% de los jóvenes refugiados sirios en Jordania no tiene acceso a empleo formal y más de la mitad sitúa el trabajo y la independencia económica como su principal aspiración.
La falta de oportunidades educativas iniciales agravó esta situación. De hecho, Israa recuerda que, al llegar, no había escuelas disponibles en el campamento. Aunque con el tiempo se habilitaron servicios educativos, la sensación de desigualdad frente a quienes viven fuera de los campamentos sigue siendo constante.
Apoyo sostenido
En este contexto, los programas de apoyo psicosocial y desarrollo de habilidades han funcionado como un espacio de contención y crecimiento. Tanto Israa como Mohammed han participado en formaciones impulsadas por Plan International dentro del proyecto Protection for Empowerment, financiado por la Comisión Europea. Estas iniciativas combinan protección, liderazgo juvenil y habilidades para la vida.
Israa destaca el impacto personal de estas experiencias. "Me sacaron del círculo del miedo y del aislamiento", explica. Tanto es así que, gracias a la labor de la entidad, la joven refugiada aprendió a comunicarse con personas de distintas edades, a hablar en público y a confiar en sus capacidades.
Por su parte, Mohammed describe un proceso similar: "Al principio estaba nervioso y confundido, pero con el tiempo mis habilidades mejoraron y descubrí nuevas capacidades en mí mismo".
En este tiempo, tal y como indica el informe, cerca de 2.000 niñas, niños y adolescentes de entre 6 y 17 años han participado en estos programas en Azraq, y 80 adolescentes han sido formados como Protection Champions, con un rol activo en la sensibilización comunitaria.
Sin embargo, ambos jóvenes coinciden en señalar una frontera clara, pues aseguran que la formación no siempre se traduce en oportunidades sostenidas. Cuando los programas concluyen, los espacios de participación y proyección se reducen drásticamente.
El dilema del retorno
Un año después de la caída del régimen de Bashar al-Asad, la posibilidad de regresar a Siria ha reactivado expectativas, pero también temores. El 80% de los refugiados sirios expresa su esperanza de volver a largo plazo, aunque solo el 27% contempla hacerlo en el corto plazo. Entre los jóvenes, la indecisión es la norma.
Israa imagina su futuro en Siria y aspira a estudiar Odontología, pero condiciona su regreso a la seguridad y a una mejora económica. Le preocupa, además, el desajuste entre el sistema educativo jordano y el sirio.
Israa (18 años) lleva más de 10 años en el campamento de refugiados de Azraq (Jordania).
Mohammed también se ve regresando, aunque enumera requisitos básicos: seguridad, empleo y estabilidad emocional. "No quiero quedarme confinado en este rincón después de diez años", resume.
En cualquier caso, lo que está claro es que persisten las barreras al retorno, entre las que Plan Internacional identifica la inseguridad (78%), la falta de oportunidades económicas (75%) y la destrucción de viviendas (58%). A ello se suma que el 62% de los jóvenes no se siente preparado psicológicamente para volver, citando el impacto del trauma y el estrés de la reintegración.
Presiones arraigadas
El exilio prolongado amplifica desigualdades previas. Como joven mujer, Israa señala que las normas sociales en Siria pueden limitar el acceso de las chicas a determinadas carreras y reforzar expectativas domésticas.
Tanto es así que el estudio confirma que las mujeres jóvenes se muestran más cautelosas ante el retorno, preocupadas por la seguridad y por la posible pérdida de logros educativos y profesionales.
En el caso de los chicos, la presión adopta otra forma. Mohammed se siente responsable del sustento familiar, pese a que su edad le impide trabajar legalmente. "Mis padres están desempleados y me pregunto qué debo hacer", explica.
Y es que, tal y como se refleja en los datos, los hombres jóvenes cargan con una mayor expectativa de provisión económica, lo que incrementa la presión psicológica en un contexto de oportunidades limitadas.
Mientras el debate político y humanitario se centra en el retorno, en Azraq la vida continúa marcada por la espera. Porque, como señaló la directora de Plan International en Jordania durante la presentación del informe, "no se niegan a regresar; esperan a que sea seguro y digno".
