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La noche cae, la ciudad se apaga —aunque solo a medias— y millones de personas se meten en la cama con la sensación de que el día siguiente llegará demasiado pronto.

Dormimos, sí. Cumplimos con las horas, incluso con las recomendaciones. Pero, sin embargo, nos levantamos agotados, desorientados, como si el descanso se nos hubiera escapado entre los dedos.

No es pereza ni falta de carácter. Es, según Till Roenneberg (Múnich, 1953), el síntoma de una sociedad que vive sistemáticamente en contra de su reloj interno.

Es biólogo y profesor de cronobiología en la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich. Ha dedicado su carrera a estudiar el conflicto entre los ritmos internos humanos y la organización temporal de la vida moderna.

Y, recientemente, ha participado en el simposio Sueño, envejecimiento y neurodegeneración, organizado por la Fundación Ramón Areces junto a la Fundación Instituto del Sueño y coordinado por el doctor Diego García-Borreguero, donde ENCLAVE ODS se ha adentrado tras bastidores para resolver algunas dudas sobre el funcionamiento del reloj interno.

Reloj biológico

Uno de los errores más frecuentes, explica, es equiparar el tiempo pasado en la cama con un descanso eficaz. Pues, señala, "puedes estar en la cama el tiempo suficiente, pero eso no es dormir". Tampoco le resulta fiable evaluar la calidad de la noche en función de cómo se siente una persona al despertar.

Lo que sí asegura es que, en los días libres, cuando no hay un despertador de por medio, el organismo tiende a prolongar el descanso para compensar la deuda acumulada durante la semana. Y, aunque esa recuperación pueda ir acompañada de una sensación inicial de aturdimiento, "ese sueño es de muy, muy alta calidad, en muchos sentidos".

El problema es que, pese a la evidencia científica, los horarios sociales siguen interpretándose como una cuestión de disciplina; un planteamiento que Roenneberg cuestiona desde la base.

Till Roenneberg ha participado en el simposio organizado por la Fundación Ramón Areces junto a la Fundación Instituto del Sueño. Fundación Ramón Areces

"¿Por qué ignoramos la biología? Porque Dios nos creó, y no la evolución", ironiza, antes de resumir una idea muy extendida: "Los humanos siguen diciendo: 'Oh, biología, todo lo que hay que tener es disciplina y con ello se puede hacer cualquier cosa'". Sin embargo, para el investigador, este planteamiento ignora la diversidad de cronotipos existente en la población.

Y es que los contrastes entre personas con tendencia a la actividad temprana y aquellas que rinden mejor en horarios tardíos son amplios y medibles. "Pensamos que una talla de bota es buena para todos, lo cual es incorrecto porque somos seres biológicos", explica.

De hecho, en las condiciones actuales, esas variaciones pueden alcanzar extremos significativos. "Las alondras más tempranas y las lechuzas más jóvenes tienen 12 horas de diferencia. Eso es enorme", asegura.

'Jet lag' social

El impacto de este desajuste se manifiesta con claridad al inicio de la semana laboral. Por ello, dice, ha acuñado el término "jet lag social".

Tal y como explica, la dependencia generalizada del despertador implica interrumpir el descanso antes de que finalice de forma biológica. Y eso, indica, hace que durante el fin de semana el organismo intente compensar ese déficit; un problema que se reactiva con el regreso a los horarios laborales.

Además, vivir en contra del propio reloj interno tiene consecuencias acumulativas. Entre ellas, según advierte Roenneberg, la aparición de enfermedades asociadas al envejecimiento antes de lo previsto. Y lo explica: "En vez de volverte demente a los 85, puede que ya lo seas a los 80 o 79".

En ese sentido, uno de los factores clave de este desajuste es el entorno lumínico actual, dado que "vivimos con una luz tenue y constante". Esto, sumado a una exposición insuficiente a la luz natural durante el día y el exceso de iluminación artificial por la noche, ha alterado la sincronización del reloj interno.

Por eso, ante este escenario, su recomendación es directa. "¡Ve a acampar!", insiste, en referencia a la necesidad de aumentar la exposición solar diurna y reducir la iluminación artificial tras la puesta de sol. La idea, subraya, es lograr "mucha luz durante el día y nada por la noche".

Y es que, advierte, "no descansar en tu propia ventana siempre significa no dormir lo suficiente", lo que se relaciona directamente con efectos inmediatos sobre el estado de ánimo, la capacidad cognitiva y el metabolismo.