"La posibilidad de decodificar el lenguaje interno utilizando cascos de EEG con inteligencia artificial generativa ya no es ciencia ficción y se une a la lista de avances en la descodificación de la actividad mental de personas con aparatos no invasivos", escribe Rafael Yuste (Madrid, 1963).
El neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Columbia (EEUU) deja claro en su último libro, Neuroderechos (Paidós, 2025), que la realidad ha superado al cine y la literatura al imaginar cómo la tecnología y el cerebro humano podrían relacionarse.
El también director del Centro de Neurotecnología de Columbia, fue el hombre tras la iniciativa BRAIN, que impulsó la Administración de Barack Obama allá en 2013 con el objetivo de trazar un mapa de la actividad neuronal humana y, por ello, uno de los nombres más reconocidos y respetados de la neurociencia. No es de extrañar, por tanto, que su defensa de los neuroderechos haya llegado incluso a la ONU.
Su tesis dice que, ahora que el desarrollo tecnológico está dando pasos de gigante, es de vital importancia proteger a nivel legal y ético la privacidad de la mente humana frente a dispositivos que son ya capaces de decodificarnos y almacenar nuestros pensamientos.
Y no, no es ciencia ficción. La famosa Neuralink, empresa neurotecnológica de Elon Musk, por ejemplo, lleva años queriendo instalarse en nuestros cerebros y promete ya "restaurar la funcionalidad de todo el cuerpo", además de toda una serie de funciones que buscan, como indica Yuste, "aumentar a los seres humanos con IA".
Sin embargo, en su libro Yuste se muestra rotundo: "Quiera Musk o no, sus chips solo se podrán implantar bajo una estricta supervisión médica y para casos clínicos que los necesiten, no para fabricar superhumanos a su antojo". Él aplaude este tipo de iniciativas que "estarán, necesariamente, en manos de los neurocirujanos". Y por eso, precisamente, "podemos dormir tranquilos, nadie nos va a poner uno".
Eso sí, recalca que "hay muchas ideas paranoicas sobre chips cerebrales para leer la mente de las personas, pero no tienen ningún atisbo de realidad y no ocurrirán, ya que serán procedimientos médicos". Aunque, matiza, que sí "hay que preocuparse de los problemas éticos y sociales de la neurotecnología".
Cinco neuroderechos
Para asegurar los límites éticos de la neurotecnología, Yuste propone en su libro cinco neuroderechos que se han debatido, incluso, en varias comisiones de Naciones Unidas.
A la privacidad mental. Como los datos cerebrales aún no están protegidos por ley, el científico propone blindar el contenido de la actividad cerebral, para que "no pueda ser descifrado sin el consentimiento explícito del ciudadano".
A la identidad personal. Para que los neuroimplantes no puedan influir en la personalidad de quien los lleva, Yuste pide reconocer como derecho" la continuidad psicológica de la persona, el que tú sepas quién eres".
Al libre albedrío. Se trata de "un problema que vemos venir", a pesar de que aún no "tengamos constancia de casos con pacientes humanos que hayan tenido alteraciones en su libre albedrío, como consecuencia de la utilización de neurotecnología".
A la neuroaumentación. Yuste da por seguro que esa capacidad de "incrementar la percepción sensorial o la memoria ocurrirá" y, por ello, propone "que sea introducida en la sociedad bajo el principio universal de justicia".
A la protección contra sesgos y discriminaciones. La tecnología siempre los tiene, y se ve cada vez más con las aplicaciones de inteligencia artificial. Yuste propone que se dote a la "actividad cerebral de protecciones especiales que prevengan la introducción de información que pueda tener algún sesgo, que influya en el comportamiento de las personas o que invoque tendencias o ideas discriminatorias".
El cerebro, en pañales
Los neuroderechos que propone Yuste llegan en un momento en el que la investigación y aplicación de la neurotecnología aún está en pañales. Y es que, como indica en una conversación con The Conversation, "nos hallamos al comienzo de una revolución darwiniana en la neurociencia".
En concreto, indica el experto, el ser humano lleva un siglo, desde "los tiempos de Santiago Ramón y Cajal, destripando cerebros y estudiándolos neurona a neurona". Y si bien "hemos aprendido mucho" y "acumulado un conocimiento bastante grande a nivel molecular y celular", falta una pieza clave: "saber qué ocurre cuando esas neuronas se conectan entre sí en redes neuronales".
Yuste asegura que se están dando pasos de gigante en neurociencia, y el mapa de la mente humana está cada vez menos difuso. Su teoría —bastante kantiana— se basa en una paradoja un tanto vertiginosa: "Lo que percibimos no es lo que existe, sino lo que nuestro cerebro piensa que existe".
Su hipótesis, bautizada como el teatro del mundo, sugiere que generamos modelos mentales en nuestras cabezas donde cada persona y cada elemento que conocemos existe también mentalmente y está representado por un grupo de neuronas. Así, la realidad existiría más en nuestro cerebro que en el mundo que nos rodea.
Con esto en mente, Yuste asegura ser "absolutamente optimista" en lo que al futuro de la neurociencia se refiere: "Nos llevará a un nuevo mundo con enorme progreso científico, médico, económico y también social". Aunque no da "por sentado que esto ocurrirá automáticamente".
Él, escribe, tiene la "responsabilidad de trabajar para conseguir un mundo mejor, donde se respete la dignidad y los derechos humanos". Para ello, insiste, la legislación es clave, especialmente ahora que aún no se ha desarrollado esta tecnología en todo su potencial.
