En Sudán, la guerra no solo mata personas. Está desmantelando las bases mismas que permiten a una sociedad vivir. Y lo más inquietante no es únicamente la magnitud del sufrimiento, sino cómo ese sufrimiento empieza a asumirse como algo normal, casi inevitable. Las ciudades se vacían, los mercados se paralizan, las escuelas cierran, los hospitales dejan de funcionar. Las familias se adaptan a sobrevivir día a día, mientras el mundo observa con distancia.
Desde hace tres años, Sudán se hunde en un conflicto que no puede entenderse únicamente como una emergencia humanitaria prolongada. Un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNDP) lo plantea con claridad: la guerra en Sudán ha hecho retroceder al país más de 30 años en términos de desarrollo.
No estamos ante una crisis "reversible" que se solucionará automáticamente cuando termine la violencia. Cuanto más dura la guerra, más se fijan los daños y más estrecha se vuelve la ventana de recuperación. El impacto deja de ser lineal y se vuelve exponencial: cada año de conflicto no solo añade sufrimiento, sino que multiplica el coste humano, social y económico del futuro.
En este contexto, las organizaciones humanitarias seguimos haciendo lo que sabemos hacer: proteger la vida y sostener las bases de la supervivencia. Solo este mes, Acción contra el Hambre ha tratado en Sudán a más de 6.000 niños desnutridos. Cada uno de esos tratamientos es una infancia que no se pierde del todo.
Pero la pregunta incómoda es inevitable: ¿es suficiente?
La respuesta honesta es no. Porque en Sudán, el hambre no es simplemente consecuencia de la escasez. Es el resultado directo de decisiones humanas.
Hay hambre, incluso cuando hay comida. En muchas regiones de Sudán se sigue cultivando, se siguen produciendo alimentos. Sin embargo, la gente pasa hambre igual porque la comida no puede moverse. No llega. O llega demasiado tarde. O llega a un precio imposible.
Las carreteras están bloqueadas. Las ciudades, sitiadas. Los mercados, atacados. Cada saco de grano debe atravesar controles armados, pagar impuestos ilegales, esquivar la violencia. Una madre desplazada nos lo contaba así: "Ya no nos preguntamos qué vamos a comer. Nos preguntamos quién va a comer". Este es el rostro concreto del hambre en Sudán. No es una desgracia abstracta: es una decisión que se repite cada día.
Y aun así, el sistema no ha colapsado del todo. Funciona, precariamente, porque hay personas que sostienen ese hilo mínimo de supervivencia. Agricultores que siembran sabiendo que pueden morir antes de cosechar, comerciantes que cruzan puestos de control armados, o transportistas que aceptan riesgos extremos aun sabiendo que quizá no ganen nada: "En cada puesto de control nos quitan dinero o comida. Cuando llegamos, ya no queda nada que vender".
El sistema alimentario sigue funcionando, pero lo hace a costa de vidas humanas.
UNDP advierte de algo esencial: incluso si la guerra terminara mañana, sin decisiones políticas y económicas claras, Sudán no volvería simplemente a ponerse en pie. Quedaría suspendido en una recuperación imposible, atrapado durante años en la dependencia de la ayuda.
Esto no es un fallo técnico. Es una economía de guerra. El hambre no es un accidente del conflicto, sino el efecto directo de decisiones tomadas —y de decisiones evitadas.
Sudán no es una tragedia inevitable.
El hambre que vemos hoy no es una fatalidad climática ni un destino escrito de antemano.
Es el resultado de decisiones humanas:
No decidir proteger a la población civil.
No decidir garantizar que la ayuda llegue a quienes la necesitan.
No decidir invertir en estabilización y recuperación donde es posible hacerlo.
Todo eso también son decisiones.
Y hoy, en Sudán, no decidir es aceptar que millones de personas sigan pagando el precio de nuestra pasividad.
***Paloma Martín de Miguel es la responsable de operaciones de Acción contra el Hambre en África.