Europa ha dejado de tratar la sostenibilidad como una declaración de intenciones para convertirla en un sistema de obligaciones medibles. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible ya no son un marco aspiracional, sino el nuevo contrato productivo que condiciona cómo se cultiva, se cría y se transforma.
El sector agroalimentario avanza ahora por una nueva senda consistente en producir más y mejor, pero con menos impacto. La presión regulatoria europea, unida a la exigencia social, ha convertido la eficiencia ambiental en un factor tan determinante como los costes o la calidad.
Reducir emisiones ya no es suficiente; ahora hay que demostrarlo con datos verificables. Medir la huella de carbono se ha convertido en la puerta de entrada a los mercados, a la financiación y a las propias políticas públicas. Sin medición, sencillamente, no hay transición creíble.
En este contexto, algunas cooperativas agroganaderas españolas, como COVAP, han comenzado a interiorizar esta lógica como parte de su gestión estructural. No como una acción puntual, sino como un sistema continuo de evaluación, mitigación y mejora que abarca desde el origen hasta la industria.
Desde 2020, una de estas experiencias se apoya en herramientas de análisis ambiental desarrolladas junto a socios tecnológicos internacionales, capaces de evaluar de forma anual y exhaustiva el impacto de cientos de ganaderías representativas de su producción real.
Los resultados muestran que no todas las emisiones se reparten por igual. Alimentación, emisiones entéricas y gestión de purines concentran la mayor parte de la huella en la ganadería de vacuno de leche, lo que confirma que las decisiones técnicas en el campo son hoy decisivas.
Por eso, la transición no se articula desde los despachos, sino desde el acompañamiento técnico al ganadero. Nutrición avanzada, manejo eficiente, energías renovables, bienestar animal y eficiencia energética aparecen ahora como piezas de un mismo sistema productivo interconectado.
La industria, lejos de quedar al margen, es otro de los frentes clave. Nuevos modelos energéticos, tratamientos térmicos más eficientes y reducción del consumo de agua demuestran que la sostenibilidad ya no es un departamento aislado, sino un factor transversal de competitividad.
Algunas de estas estrategias, ya las ha aplicado la Cooperativa Ganadera del Valle de Los Pedroches, lo que ha permitido reducciones superiores al 18% en la huella de carbono por litro en su leche de vaca, una cifra que, traducida a impacto social, equivale a retirar decenas de miles de coches de combustión de las carreteras en un solo año.
Europa no solo exige reducir, también exige verificar. Por eso, la certificación independiente por entidades acreditadas se ha consolidado como el único lenguaje de confianza frente al aluvión de promesas ambientales que inundan el mercado sin respaldo técnico real.
También es significativo que esta medición no se limita a un solo producto. Lácteos, vacuno de carne y ovino comienzan a integrarse bajo una misma lógica ambiental, adelantando el escenario que previsiblemente impondrá la regulación comunitaria de forma generalizada.
La digitalización añade, además, una nueva capa de transformación. Que el propio productor pueda consultar el impacto ambiental de su ganadería, compararlo y mejorarlo convierte la sostenibilidad en una herramienta de gestión cotidiana.
Por tanto, la transición agroambiental se construye con datos, inversión, acompañamiento técnico y cooperación entre todos los eslabones. No hay atajos, pero sí recorridos sólidos que demuestran que sostenibilidad y competitividad ya no avanzan por caminos separados.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible indican cómo competir mejor en un entorno cada vez más exigente, por eso, su integración supone una oportunidad para construir un sector más eficiente, más transparente y con mayor capacidad de adaptación de cara a los próximos años.
*** María Dolores López Ramírez es directora de Asuntos Corporativos y Sostenibilidad de COVAP.