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Acaba de amanecer, son las seis de la mañana, y ya hay gente corriendo en las calles de Madrid, Sevilla o Valencia. Será una de las horas más concurridas, porque después si no es estrictamente necesario, todo el mundo se refugiará allí donde haya aire acondicionado hasta que a última hora del día el sol dé un respiro.

No es solo que haga más calor. Es que las ciudades, tal como están construidas, lo multiplican. El asfalto, el hormigón, la escasez de árboles y la densidad de edificios convierten los centros urbanos en trampas térmicas. La ciencia lo llama "isla de calor urbana", y sus efectos son cada vez más visibles.

La vegetación urbana juega un papel fundamental. Según un estudio de Nature Communications, los árboles reducen entre un 41% y un 49% el calor máximo que podría alcanzar una ciudad sin sombra alguna. El problema es que esa barrera natural se distribuye de manera desigual.

Los barrios de bajos ingresos tienen mucha menos cobertura arbórea. Mientras que en los países ricos cuatro de cada diez habitantes se benefician de una bajada de al menos 0,25 grados, en los países pobres esa ventaja apenas alcanza al 8,9% de la población. La desigualdad climática también se mide en grados.

La Comisión Europea lo ha reconocido en su foro de resiliencia urbana de 2025: "El calor extremo es más que una preocupación ambiental: es una emergencia de salud pública, una cuestión de justicia social y un desafío para la estabilidad económica".

El precio emocional del calor

El calor no quema solo la piel, también quema el ánimo. Un estudio del MIT Sustainable Urbanization Lab analizó 1.200 millones de publicaciones en redes sociales de 157 países y descubrió que cuando la temperatura supera los 35 grados, el tono emocional se vuelve más negativo.

También aquí hay diferencias en función del país. En los más ricos el empeoramiento ronda el 8%, mientras que en los países de bajos ingresos alcanza el 25%. La diferencia refleja algo más que una cuestión climática: refleja la capacidad de adaptación, el acceso al aire acondicionado, la posibilidad de quedarse en casa.

La fatiga cognitiva, la irritabilidad, la sensación de que el tiempo se alarga sin avanzar, todo eso tiene un correlato fisiológico. Diversos estudios han demostrado que por encima de 24-26 grados, la productividad empieza a caer. A 35 grados, el esfuerzo mental para la misma tarea se dispara, y la sensación de que el reloj avanza más despacio es una respuesta real del cerebro bajo estrés térmico.

Hay trabajos que se pueden hacer desde casa o en un espacio con aire acondicionado. Y hay trabajos que no. Quienes trabajan al aire libre —construcción, reparto, agricultura, vigilancia— son los más expuestos.

“La sobrecarga calórica ya está perjudicando la salud y los medios de subsistencia de miles de millones de trabajadores, especialmente en las comunidades más vulnerables”, declaró Jeremy Farrar, Subdirector General de la OMS para la Promoción de la Salud, la Prevención de Enfermedades y los Cuidados.

El estrés por calor ocupacional tiene efectos acumulativos: no solo aumenta el riesgo de golpes de calor, deshidratación y agotamiento, sino que contribuye a enfermedades crónicas como las cardiovasculares o renales. Y, sin embargo, en muchos países no existen regulaciones efectivas para proteger a estos profesionales. El trabajador precario es también el más vulnerable al calor. No puede permitirse no trabajar, aunque trabajar le ponga en riesgo.

Horarios, ocio y nuevas rutinas

Las ciudades están empezando a adaptarse, aunque a trompicones. París ha desarrollado un mapa de vulnerabilidad al calor para identificar los barrios más expuestos y ha creado "islas de frescor", parques, bibliotecas y piscinas que permanecen abiertas durante las olas de calor para ofrecer refugio a quienes no tienen aire acondicionado.

En nuestro país los horarios de trabajo se han flexibilizado en verano, y muchas empresas permiten jornadas intensivas o teletrabajo. Pero no todo el mundo puede permitirse cambiar su rutina. Quien trabaja en hostelería, en comercio o en limpieza sigue teniendo que desplazarse, seguir horarios y, a menudo, soportar temperaturas extremas en transportes públicos masificados.

El ocio también se transforma. Las terrazas se quedan vacías en las horas centrales del día, y la vida social se desplaza al anochecer. El calor reconfigura la ciudad, la vuelve más nocturna, más lenta.

Las soluciones existen, pero requieren inversión y voluntad política. Por ejemplo: más árboles en los barrios desfavorecidos, materiales reflectantes en calles y tejados o proteger a los trabajadores expuestos. También son necesarias las ayudas para climatizar viviendas vulnerables o sistemas de alerta temprana que lleguen a quien más lo necesita.

En la cumbre de la Misión de Adaptación de la UE de 2025, se presentaron varias herramientas de evaluación de riesgo por olas de calor, desarrolladas en colaboración con ciudades como Atenas, Milán o Bilbao. El problema, reconocieron los propios expertos, no es solo técnico: es de conciencia social y de prioridades políticas.

El calor extremo no es solo un fenómeno meteorológico. Es un espejo que refleja las fracturas de nuestras sociedades: quién puede protegerse y quién no, quién puede quedarse en casa y quién tiene que salir a trabajar aunque el asfalto queme, quién vive rodeado de árboles y quién en un desierto de hormigón. Los 45 grados no son iguales para todos.