A cinco años del vencimiento de la Agenda 2030, el balance de la sostenibilidad empresarial es, según la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), ambivalente.
El informe resultante del I Encuentro Iberoamericano de Empresas con Impacto, celebrado el 29 de septiembre de 2025 en Madrid, advierte que "la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible está lejos de cumplirse".
La cita reunió a 30 representantes del mundo empresarial, institucional, académico, financiero y mediático con un objetivo común: replantear el papel de la empresa en la economía posterior a 2030.
El documento parte de una constatación, y es que el concepto de sostenibilidad atraviesa un momento de cuestionamiento social y político, mientras los datos científicos siguen mostrando tensiones ambientales y sociales persistentes.
Ante esta situación, la SEGIB propone "un modelo económico que vaya más allá de la sostenibilidad y persiga restaurar activamente ecosistemas y comunidades". La clave es sustituir la lógica de minimizar daños por la de generar impacto positivo.
El encuentro plantea así un cambio conceptual profundo. Las compañías ya no deberían limitarse a responder ante sus accionistas, sino también ante sus grupos de interés. El objetivo es "concebir la actividad empresarial como generadora de valor no solo para los accionistas, sino también para sus grupos de interés".
Socios comerciales que se dan la mano en una oficina.
Bajo esta perspectiva, la empresa pasa a tener un papel social ampliado: "Las compañías dejan de ser meros agentes económicos para convertirse en infraestructuras sociales: espacios donde se produce valor, pero también confianza, cohesión y conocimiento".
Reconstruir la confianza
El informe describe un cambio cultural incipiente. Hace una década, muchas organizaciones adoptaban políticas sostenibles por presión externa; ahora algunas "nacen sostenibles", integrando la responsabilidad social y ambiental desde su origen.
Sin embargo, la transición sigue siendo incompleta. La proliferación de normativas, certificaciones y métricas ha institucionalizado el discurso, pero también ha generado costes y confusión, especialmente entre las pequeñas y medianas empresas.
La desigualdad empresarial es un factor central. Más del 90% del tejido productivo iberoamericano está formado por micro, pequeñas y medianas empresas, que encuentran mayores dificultades para aplicar criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG).
Mientras las grandes corporaciones los adoptan impulsadas por regulaciones y mercados financieros, muchas pymes apenas comprenden la terminología. La brecha, señala el documento, es "más cultural que técnica".
El problema no es solo económico, sino también de confianza. Durante el encuentro se identificó "la erosión de la confianza" entre sector público, empresas y ciudadanía como obstáculo estructural para una economía de impacto. Sin ella, las métricas pierden sentido y la cooperación se debilita.
Otra dificultad reside en la medición. Aunque el ecosistema de indicadores se ha sofisticado, su abundancia no siempre genera claridad.
El informe recuerda que "medir el impacto no consiste únicamente en cuantificar resultados, sino en capturar transformaciones reales en la vida de las personas, en los territorios y en los ecosistemas". El objetivo debería ser gestionar y mejorar, no solo comunicar.
Medir para gestionar
El documento también analiza el papel de la regulación. España ha aprobado la figura de las Sociedades de Beneficio e Interés Común (SBIC), considerada un avance, pero aún incompleto por falta de desarrollo reglamentario.
En el ámbito regional, la fragmentación normativa dificulta un mercado común de impacto y limita los incentivos. Los participantes proponen ventajas fiscales, compras públicas sostenibles y financiación específica para empresas con propósito.
En última instancia, el informe plantea redefinir el éxito empresarial. El paradigma tradicional basado en crecimiento y rentabilidad "ya no basta para describir el papel de la empresa en la sociedad contemporánea".
La competitividad futura, concluye, dependerá menos de la acumulación de capital y más de la generación de valor compartido. El horizonte es una economía en la que el progreso se mida no por el beneficio, sino por la "profundidad de su impacto".
