Los bosques boreales dominados por especies caducifolias liberan menos de la mitad de carbono por superficie quemada que los bosques de coníferas históricamente predominantes.
Esta es la principal conclusión de una investigación publicada en Nature Climate Change, que sugiere que la progresiva expansión de abedules y álamos tras los incendios podría reducir las emisiones asociadas al fuego y moderar su impacto climático.
El trabajo, financiado por la Fundación Nacional de Ciencias y liderado por el Centro para la Ciencia y la Sociedad de los Ecosistemas (ECOSS) de la Universidad del Norte de Arizona, se ha centrado en analizar si los grandes bosques del norte continuarán funcionando como sumideros de carbono o pasarán a convertirse en fuentes netas de emisiones.
El problema es que los incendios forestales son cada vez más frecuentes e intensos en Alaska y el noroeste de Canadá debido al aumento de temperaturas, y estos ecosistemas almacenan una gran proporción del carbono terrestre mundial, gran parte acumulado durante siglos en suelos orgánicos profundos.
Históricamente, han actuado como reservorios climáticos, pero la recurrencia del fuego genera ahora preocupación por su posible transformación en emisores.
"Este trabajo demuestra que no todos los bosques boreales se queman de la misma manera", afirmó Betsy Black, autora principal del estudio. Y es que, según explica, el incremento de especies caducifolias tras los incendios "puede cambiar radicalmente la cantidad de carbono que se pierde en la atmósfera durante futuros incendios forestales".
Vista aérea de la naturaleza Bosque Boreal en otoño, Quebec, Canadá.
Para cuantificarlo, el equipo examinó depósitos de carbono y pérdidas por combustión en parcelas situadas en casi una docena de grandes zonas quemadas en Alaska y Yukón. Los investigadores compararon rodales dominados por pícea negra —una conífera típica— con áreas donde, tras incendios previos, proliferaron especies de hoja caduca.
El secreto de los incendios
Los resultados muestran que la diferencia está tanto en la ubicación del carbono como en la intensidad de la combustión. Pues, tal y como muestra el estudio, los bosques caducifolios acumulan más carbono en troncos aéreos relativamente resistentes al fuego y menos en suelos orgánicos profundos, altamente combustibles. Por ello, cuando arden, liberan menos CO₂ total.
"Nuestras investigaciones previas demuestran que los bosques caducifolios pueden acumular mucho más carbono tras un incendio que los bosques de abetos", señaló Michelle Mack, profesora de ECOSS y autora principal. "Pero teníamos curiosidad por saber qué ocurre con ese carbono cuando estos bosques se queman. Nadie lo había medido antes".
El estudio también detectó diferencias en los factores que controlan las emisiones. En ese sentido, en los bosques de coníferas, la pérdida de carbono depende principalmente de la disponibilidad de combustible y de la humedad del suelo. En cambio, en los caducifolios y mixtos, la variable dominante es la meteorología favorable al fuego.
"Fue sorprendente ver que el clima juega un papel tan importante en los bosques caducifolios", explicó la investigadora Xanthe Walker. Y es que este hallazgo implica que, aunque actualmente emiten menos carbono, estos ecosistemas podrían volverse más vulnerables si el cambio climático intensifica las condiciones extremas.
En cualquier caso, los autores consideran que la expansión ya observada de especies caducifolias en el noroeste de Norteamérica podría amortiguar la retroalimentación positiva entre incendios y calentamiento global.
Además, la investigación aporta datos para mejorar los modelos del ciclo del carbono y de comportamiento del fuego, fundamentales para prever la evolución climática.
