Arantza García
Publicada

Sequías más largas, golpes de calor inesperados y una creciente incertidumbre climática están obligando a la agricultura española a replantearse sus bases.

Frente a este escenario, cooperativas, centros de investigación y agricultores están recuperando una idea tan sencilla como poderosa: muchas de las respuestas para adaptarse al cambio climático están guardadas en semillas antiguas, seleccionadas durante generaciones para sobrevivir en condiciones difíciles.

Desde hace más de dos décadas, AGROVEGETAL trabaja precisamente en ese cruce entre conocimiento científico y realidad agraria. La empresa nació en 1998 a partir de un convenio con el Centro Internacional de Mejora del Maíz y el Trigo, y con una estructura mayoritariamente cooperativa. Hoy, las cooperativas andaluzas siguen controlando el 85% de su capital social.

Su director técnico, Ignacio Solís Martel, explica que su trabajo se centra en cultivos extensivos de secano, como trigo duro, trigo harinero, cebada o triticale, donde "la adaptación a condiciones adversas es primordial".

En estos sistemas, el reto no es solo la sequía: un mismo cultivo puede enfrentarse en pocos años a heladas tardías, encharcamientos o golpes de calor extremos.

Por eso, el proceso de mejora no se limita a buscar más productividad. "Partimos de un fondo genético con alta calidad y rendimiento, pero seleccionamos las variedades con mejor tolerancia a estreses bióticos, como enfermedades y plagas, y abióticos, como la sequía o el calor", resume Solís Martel.

Para ello, AGROVEGETAL realiza ensayos en colaboración directa con cooperativas de Andalucía y también en Castilla-La Mancha y el valle del Ebro, adaptando las variedades a distintos territorios.

Valor oculto de las semillas

En este trabajo, las variedades tradicionales cumplen un papel clave. "Las semillas locales son como el baúl de la abuela", dice Solís Martel. "Ahí encontramos los genes que nos pueden ayudar a resolver los problemas que trae el cambio climático".

Esta idea conecta directamente con el trabajo que se realiza en los bancos de germoplasma, auténticas bibliotecas vivas de biodiversidad agrícola.

Cristina Mallor Giménez, investigadora responsable del Banco de Germoplasma Hortícola del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA), explica que su labor se basa en dos pilares: conservar y promover el uso de variedades locales.

"Garantizamos unas condiciones óptimas de almacenamiento para que las semillas se mantengan con calidad y cantidad suficiente", señala. Al mismo tiempo, el banco trabaja para que ese material no se quede congelado en cámaras, sino que vuelva al campo a través de proyectos de investigación y colaboración con el sector agrario.

IA y drones

Uno de los proyectos más representativos es CUCURABIOT, coordinado por la Universidad de Valencia y en el que han participado varios bancos de germoplasma españoles, incluido el del CITA. En él se han ensayado variedades locales de melón, sandía, calabaza, calabacín y pepino en diferentes territorios —Valencia, Murcia y Zaragoza— sometiéndolas a dos condiciones: riego completo y riego reducido al 50%.

"El objetivo era estudiar cómo respondían estas variedades al déficit hídrico", explica Mallor. Además, el proyecto incorporó una metodología innovadora: el uso de drones e inteligencia artificial para evaluar el estrés hídrico mediante imágenes aéreas.

Aunque los resultados todavía están en fase de análisis, el enfoque demuestra cómo la tecnología puede ponerse al servicio de la recuperación de semillas tradicionales.

El CITA también trabaja en devolver a la vida cultivos históricamente resistentes a la sequía, como la almorta o guija. En estos casos, el traslado del conocimiento al agricultor es directo. "Colaboramos con la Cooperativa Cereales Teruel y organizamos jornadas en campo para mostrar el cultivo y resolver dudas", explica la investigadora.

Una visión muy similar defienden los responsables del Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (IMIDRA), con una larga trayectoria en la recuperación de variedades tradicionales.

La entidad ha trabajado especialmente con tomates —con más de 40 variedades recuperadas—, pero también con otras hortícolas, garbanzos y leguminosas "olvidadas" como la almorta, la alholva o la algarroba, que habían desaparecido del cultivo local durante más de medio siglo.

También han desarrollado proyectos de recuperación de variedades tradicionales y desaparecidas de vid.

Desde el IMIDRA explican que el criterio principal para identificar variedades con mayor tolerancia a la sequía es su adaptación al clima local. En sus bancos de semillas se conservan recursos fitogenéticos de gran valor por su resistencia a plagas y enfermedades, sus características organolépticas —como el sabor o el aroma tradicional— y, cada vez más relevante, su capacidad de adaptación a las nuevas condiciones climáticas.

Investigación en terreno

Una de las claves del enfoque del IMIDRA es cómo se traslada ese conocimiento al sector. Lo hacen a través de su servicio de Agroasesor, un equipo de técnicos que trabaja a pie de campo con agricultores, ganaderos y emprendedores del sector primario para ayudarles a mantener y mejorar sus explotaciones.

A ello se suma el Área de Transferencia, desde donde el instituto impulsa la colaboración público-privada y la aplicación práctica de la I+D agraria.

Este enfoque práctico es clave para que la recuperación de semillas no se quede en el ámbito académico. Tanto desde AGROVEGETAL como desde el CITA coinciden en que la adaptación al cambio climático solo funciona si se prueba en condiciones reales y con la implicación directa de agricultores.

Cristina Mallor defiende que la Administración tiene un papel fundamental en este proceso. "Debe impulsar una investigación que responda a problemas reales del agricultor y del territorio", afirma.

Una de las herramientas más prometedoras son los llamados Living Labs, espacios donde agricultores, técnicos, empresas y centros de investigación codiseñan y validan soluciones directamente en el campo.

Falta de personal

Mallor advierte de un riesgo menos visible: la fragilidad de las infraestructuras que conservan este patrimonio genético. "Los bancos de germoplasma albergan la materia prima que permitirá dar soluciones a futuros retos", subraya.

Sin financiación estable y recursos humanos suficientes, ese capital estratégico puede perderse. De hecho, el Banco de Germoplasma Hortícola del CITA ha tenido que suspender temporalmente la atención de peticiones de semillas por falta de personal.

Más allá de la investigación, la recuperación de variedades locales está teniendo efectos claros en el territorio. Para muchas cooperativas y pequeñas explotaciones, estos cultivos abren nichos de mercado donde se valora el sabor, la calidad y la historia del producto.

Esto permite acceder a precios más justos y reducir la dependencia de fertilizantes o riegos intensivos.

También existe una dimensión cultural y social. La recuperación de semillas implica recuperar saberes, prácticas agrícolas y vínculos con el territorio. Cada vez más agricultores jóvenes se implican en estos proyectos como una forma de construir un modelo agrícola viable, sostenible y con sentido.

Mirar al pasado para adaptarse al futuro no es una contradicción, sino una estrategia. Como resume Cristina Mallor, "sin una conservación adecuada de los recursos fitogenéticos, estamos perdiendo herramientas clave para responder a la sequía y al cambio climático". Y como apunta Ignacio Solís Martel, la mejora vegetal solo avanza si mantiene viva esa diversidad genética.