Edificio de El Corte Inglés e Hipercor en una imagen de archivo.

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Empresas TELECOMUNICACIONES

El día en que El Corte Inglés y Prisa estuvieron a punto de ser Vodafone

Se cumplen ya 24 años del proceso del que salió el ganador del concurso para convertirse en el segundo operador móvil en España. Venció la antigua Airtel, entonces presidida por Eduardo Serra, y que después sería adquirida por Vodafone. Pero no tenía la mejor oferta económica.  

La historia es enmarañada, pero merece la pena recordarla. Es el relato de la guerra que enfrentó en el año 1994 a Santander y al BBV para crear una “segunda Telefónica”, y de quiénes fueron los perdedores. 

El bando ganador, Airtel, reunió el apoyo de distintos consorcios y contaba con el apoyo de la británica BT, la estadounidense Airtouch, los bancos Santander y Central Hispano (aún separados), las empresas que luego formarían Acciona y otras entidades como BBK, Kutxa, Cajasturias, Caixa Catalunya, Unicaja, así como las eléctricas Unión Fenosa, Fecsa (después adquirida por Endesa), Inversiones Fersango (controlada por la Torreal de Juan Abelló) y la Corporación Alba. 

Era una suma poderosa y, hasta que Vodafone completó el control de la compañía, contó con varios primeras espadas del mundo corporativo español como Juan Abelló (Torreal), José Manuel Entrecanales (Acciona) o Ignacio Sánchez-Galán (Iberdrola).

El bando perdedor ofreció más

La mejor oferta, como decíamos, procedió del bando perdedor, liderado por el antiguo BBV, que había presentado una propuesta astronómica de 89.000 millones de las antiguas pesetas (535 millones de euros).

En dicho consorcio participaban, paradójicamente, la antigua Vodafone, que controlaba un 23%, y un grupo de empresas que aportaban diferentes capacidades a la jugada.

En ese grupo, el BBV contó hasta el final con eléctricas como Iberdrola y Endesa, con la filial de móvil de Deutsche Telekom, que entonces se llamaba DeTeMobil, y con La Caixa. Pero había tenido otros socios, que se bajaron del concurso pocos días antes de que se resolviese y que no estaban satisfechos con el precio que iba a ofrecerse. 

Este grupo de empresas eran importantes por su peso financiero (Bankinter y la antigua Caja Madrid), porque tenían la pata de construcción (FCC) y porque podían haber supuesto un fuerte impacto en comunicación (Prisa) y comercialización (El Corte Inglés). 

Estos socios no tenían claro si compensaba ofrecer casi 30.000 millones de las antiguas pesetas más de lo que se había pagado en Italia, con 20 millones de habitantes más, por la segunda licencia. Eran 180 millones de euros más. Así que se bajaron y no miraron atrás. 

¿Por qué ganó Airtel a pesar de que ofrecía menos dinero? En parte, porque la diferencia económica no era tan grande. Ofrecía 84.000 millones, que también estaban cerca de los 100.000 millones que se había propuesto públicamente recaudar Josep Borrell, en aquel momento ministro socialista de Obras Públicas y Transportes.

Pero también ganó porque presentó la mejor oferta técnica. Esto se debió en parte a las capacidades que ofrecían los americanos de AirTouch, y en parte porque sus rivales se confiaron al ver la diferencia económica, descuidaron la última fase del proceso -la de consultas de la administración- dándola por ganada.

No imaginaban que Borrell, quizá presionado por los escándalos de corrupción que apretaban al PSOE de la época, tendría los redaños para apostar por la oferta menos rentable a corto plazo, sino por la que le garantizaría al Gobierno tranquilidad mental y que nadie podría chistar. 

Nunca estuvo claro hasta qué punto la retirada de estas empresas del consorcio perjudicó sus opciones y terminó provocando el cambio de rumbo.

Fábrica de multimillonarios

Todos los que ganaron se hicieron millonarios y quedó claro que era una apuesta rentabilísima. Cuando Vodafone compró a los socios iniciales -salvo a BT- buena parte de sus participaciones, multiplicó por 30 la inversión que habían realizado y valoró la compañía en 7.000 millones de libras. 

Santander Central Hispano ya vendió en 2001 buena parte de los títulos y consiguió plusvalías récord. Para colmo, volvió a dar un pelotazo porque estaba entre el grupo de accionistas que vendió Ono a Vodafone. Hoy, Vodafone España factura cerca de 5.000 millones de euros al año. Más de 800.000 millones de las antiguas pesetas. 

Curiosamente, luego muchas de las partes terminaron sumándose. Vodafone compró Airtouch y luego cerró su entrada en España. Endesa compró la catalana Fecsa. Del mismo modo, Ignacio Sánchez Galán, que fue nombrado consejero delegado de Airtel al poco de conseguirse la licencia, terminó liderando Iberdrola, que estaba en el consorcio perdedor. 

El Corte Inglés volvió a meter el pie en las procelosas aguas de las telecomunicaciones cuando se abrió el camino a los operadores móviles virtuales y preparó un proyecto, Sweno, que nunca llegó a la fase comercial. Pero en general, su papel en este siglo ha sido siempre el de proveedor neutro que ha vendido por igual a todos los operadores del mercado. Y no le ha ido mal.

Por otro lado, si Prisa estuvo a punto de tener una participación importante en Vodafone, ahora se ha convertido en una participación residual y casi molesta para Telefónica, que no la considera un activo esencial. 

¿Qué habría pasado con una Vodafone comercializada a dolor en unos grandes almacenes dispuestos a apoyar sin fisuras a una de las partes? ¿O con una en la que El País o La Ser hubieran apoyado sin fisuras a los rojos? No deja de ser economía-ficción, pero en 1994 se pusieron las bases de las telecomunicaciones que hoy conocemos. Y a veces de las guerras del pasado se pueden extraer lecciones para el futuro.