“Camarero, oye esclavo, ¿qué tiene para cenar?” “Todo lo que usted quiera, señor. Puede usted tomar jugo de tomate, jugo de naranja, jugo de uva, jugo de piña…” “Está bien, le sacaremos el jugo a la compañía. Trae uno de cada clase. Y dos huevos fritos, dos revueltos, dos pasados por agua y dos en tortilla”. “Y también dos huevos duros”. “¡HONK!” “En lugar de dos, pon tres”.

El consejo de Prisa recuerda al camarote de los Hermanos Marx, aquella famosa escena de la película Una noche en la Ópera. Sólo que en lugar de la manicura, las camareras, el plomero, el ayudante del plomero y los ocupantes originales, nos encontramos con un batiburrillo de consejeros independientes más o menos dependientes, candidatos y candidatas a presidente caídos en desgracia, accionistas que oscilan entre lo ambicioso y lo veleta, arribistas que quieren el poder, políticos meticones, traiciones, amistades de 40 años rotas en pedazos, reuniones de última hora o a deshoras y más testosterona que en un pulso entre Cristiano Ronaldo y Chuck Norris.

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