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Alejandro Davidovich firmó en Shanghái una de las páginas más brillantes y emotivas de su carrera deportiva. El malagueño doblegó a Alexander Zverev (5-7, 6-4, 6-3) en una batalla épica y logró el ansiado billete para la gran final del penúltimo Masters 1.000 de la temporada. Ya espera a Rafa Jódar o Medvedev. [Narración del partido]

Cuando el muro alemán parecía infranqueable y el guion amenazaba con un desenlace cruel, el tenista español se rebeló contra la lógica y culminó una remontada memorable.

Cuatro largos años después de aquella mágica semana en la que alcanzó su única final de esta categoría en Montecarlo 2022, Davidovich dejó atrás su particular travesía por el desierto y se ganó el derecho a volver a pelear por un título de los grandes.

El mérito de la gesta asiática de Davidovich fue superlativo porque enfrente no tenía a un rival cualquiera, sino al indiscutible monarca de la temporada. Zverev llegaba a la penúltima ronda del torneo en estado de gracia, convertido en el mejor tenista de este 2026.

Tras dejar definitivamente atrás cualquier fantasma del pasado y coronarse campeón en Roland Garros y en el US Open, el teutón, que terminará el año sentado en el trono como número 1 del mundo, jugaba con una confianza altísima.

Consciente del coloso que tenía al otro lado de la red, Davidovich salió a la pista central con una evidente declaración de intenciones. En el primer juego del partido, el español se vio obligado a caminar sobre el alambre y salvar una bola de break, superando el apuro inicial para mandar un mensaje claro: estaba allí para ir a la guerra.

A partir de ese momento, se impuso la dictadura del servicio. Ambos tenistas se mostraron rocosos y letales con su saque, conectando un altísimo porcentaje de primeros que les permitían dominar los puntos con comodidad. Sin conceder un solo resquicio, el marcador avanzó con paso firme hasta el 5-5.

Fue en ese preciso instante, en la cornisa del primer set, cuando Zverev sacó su varita. Con 0-30 en el marcador y Davidovich subiendo a la red para intentar asfixiar a su rival, el alemán se inventó un passing de revés antológico que enmudeció a la grada y colocó el 0-40.

Esa genialidad trasladó toneladas de presión a los hombros del malagueño, que, contra las cuerdas, falló con una bola muy mal pegada que se marchó larga, cediendo el fatal quiebre.

Con 6-5 a su favor, el teutón asestó el golpe sobre la mesa y cerró la primera manga (7-5) sin titubeos y con un juego impecable. No hubo celebración; apenas un rictus serio y concentrado que imponía respeto y recordaba que su trabajo aún no había terminado.

Rebelión

En la segunda manga, el guion le guiñó un ojo a Davidovich, ofreciéndole una oportunidad de oro para cambiar la inercia del choque. Con 2-1 a su favor, el español se fabricó dos valiosísimas bolas de rotura para ponerse 3-1 y saque.

Era el momento de agitar el árbol, pero Zverev sacó el colmillo. Fiel a su jerarquía, al número uno no le tembló la muñeca: encadenó una serie de buenos primeros saques y neutralizó el peligro para igualar el set a dos.

La frustración podría haber hundido a cualquiera, y de hecho los saques volvieron a imponer su tiranía hasta el 4-4, pero el partido pedía a gritos un héroe. Y ahí emergió la mejor versión de Davidovich.

Lejos de venirse abajo, el español se aseguró el 5-4 y, al resto, desató la tormenta. Con un punto magistral que quedará en los resúmenes del torneo, logró quebrar por fin el servicio del alemán, selló el 6-4 y empató el encuentro, levantando al público asiático de sus asientos.

Ese desenlace de set fue un mazazo psicológico para el muro teutón y una inyección de adrenalina pura para Davidovich, que salió a la manga definitiva convertido en un vendaval. A las primeras de cambio, el andaluz acorraló a Zverev al resto.

El español forzó una inoportuna doble falta del alemán en la bola de rotura que ponía el pase a la final muy de cara para sus intereses. Volando sobre la pista, Davidovich respaldó el quiebre con un espectacular juego en blanco al saque para colocar un contundente 3-0 en el luminoso.

Aunque Zverev tiró de orgullo y logró estrenarse en el set definitivo con un juego sólido para intentar recortar distancias, la losa ya era demasiado pesada ante un rival desatado. Davidovich se mostró infalible con su servicio, apoyado en una confianza arrolladora que le permitió colocar el 4-1 sin sufrir.

Lejos de sentir vértigo al asomarse a la victoria, el malagueño gestionó su ventaja con una madurez absoluta. Sin conceder ningún sobresalto con su servicio en el tramo final, Davidovich mantuvo la solidez y cerró la manga definitiva con un incontestable 6-3 que certificaba la gesta.

Zverev se lamenta durante el partido contra Davidovich. REUTERS

El triunfo, rubricado con un grito liberador, no solo interrumpió la racha triunfal del indiscutible número uno del mundo, sino que devolvió a Alejandro al lugar que por talento le corresponde.

Cuatro años después de Montecarlo, el español vuelve a la gran final de un Masters 1.000, dispuesto a poner el broche de oro a una semana inolvidable en Shanghái. Ya espera a su compatriota Jódar, quien deberá vencer a Medvedev.