Publicada

El complejo de Flushing Meadows siempre ha presumido de su atmósfera eléctrica, de ser el torneo más bullicioso y nocturno del calendario internacional. Sin embargo, este año la ambición por modernizar el evento ha cruzado una línea roja innegociable para los protagonistas del US Open.

La Asociación de Tenis de Estados Unidos (USTA) diseñó una agresiva estrategia de marketing para convertir el último Grand Slam del año en un festival de entretenimiento masivo. Buscaban rejuvenecer la audiencia y maximizar los ingresos a toda costa, pero el resultado final ha sido un choque frontal con la élite del circuito.

Los tenistas, agotados y frustrados por las constantes interrupciones, se niegan a ser el simple telón de fondo de un espectáculo que no respeta las normas básicas del deporte.

El primer síntoma evidente de este colapso ambiental llegó, curiosamente, a través del olfato. Desde que el estado de Nueva York legalizó el consumo recreativo de marihuana en el año 2021 para mayores de 21 años, el humo es arrastrado de forma natural por el viento, penetrando directamente hacia las pistas exteriores del complejo deportivo.

Influencers en el US Open Guillermo Echeverría

La Pista 17 se ha llevado la peor parte de este fenómeno meteorológico y social, siendo bautizada irónicamente por gran parte de la prensa especializada como la "pista del hachís".

El alemán Alexander Zverev fue muy tajante al describir la insólita situación ante los micrófonos, asegurando sin rodeos que la cancha olía "exactamente como el salón de Snoop Dogg".

Por su parte, el noruego Casper Ruud confesó que el intenso aroma a cannabis dificulta enormemente la respiración en los partidos de máxima exigencia física.

No es un problema del todo nuevo; ya en ediciones anteriores figuras como Nick Kyrgios se quejaron amargamente al juez de silla argumentando que su asma empeoraba al tener que correr largas distancias rodeado de ese humo tan denso y persistente.

La era del 'like'

Pero el humo es, en realidad, solo la punta del iceberg de un problema mucho más profundo. En su afán desesperado por conectar de forma inmediata con la Generación Z y abrir nuevos mercados publicitarios, la organización acreditó a cerca de un centenar de creadores de contenido de TikTok e Instagram, otorgándoles pases VIP a pie de pista.

La idea comercial era viralizar el evento a nivel global; la realidad deportiva ha sido una interrupción sistemática de la competición profesional.

El punto de inflexión definitivo ocurrió durante un tenso partido de Naomi Osaka. Un grupo de influencers, situados en uno de los palcos más exclusivos y pegados a la pista, comenzó a grabar videos promocionales y a hacerse fotografías grupales utilizando potentes aros de luz artificial mientras la pelota estaba en pleno juego.

El juez de silla, Kader Nouni, se vio obligado a detener el encuentro, tomar su micrófono y pedir por la megafonía de todo el estadio: "Chicos, por favor, en el palco detrás de mí... tomen asiento y apaguen las luces". Las imágenes evidenciaron la inmensa fractura existente entre los perfiles de los nuevos invitados y las exigencias del deporte de élite.

La número 3 del mundo, Jessica Pegula, no ocultó su indignación: "Entiendo perfectamente que la USTA quiera promocionar el tenis y traer a gente nueva, pero usar focos de grabación y levantarse en medio de un punto decisivo es un poco irrespetuoso. Al final del día, nosotros estamos intentando hacer nuestro trabajo".

Medvedev, siempre analítico con el estado del circuito, aportó un matiz interesante, admitiendo que el crecimiento comercial es vital para la supervivencia económica del tenis, pero advirtiendo que la ceguera provocada por los flashes arruina por completo la calidad del partido.

Por su parte, el tenista francés Adrian Mannarino verbalizó el sentir general al denunciar abiertamente que el torneo se está transformando en "un auténtico zoológico".

El límite del espectáculo

El último gran detonante de esta crisis instituciona ha sido la polémica implementación de la política de "libertad de movimiento" en las gradas.

Rompiendo con décadas de férrea tradición y protocolo en el mundo de la raqueta, el US Open ha permitido que los aficionados caminen, entren, salgan y compren comida durante la disputa de los puntos en varias zonas de la Arthur Ashe.

Esta "norteamericanización" del tenis busca emular deliberadamente el ambiente constante, festivo y ruidoso de un partido de la NBA o de la liga de béisbol, pero ha desquiciado por completo a los profesionales.

Aficionados sacan fotos durante un partido del US Open. REUTERS

Están acostumbrados al silencio sepulcral que exigen torneos como Wimbledon o Roland Garros. En Londres, un simple murmullo es silenciado de inmediato; en Nueva York, los gritos, el choque de los vasos de cerveza y el constante ir y venir de gente por los pasillos se han convertido en la banda sonora oficial de cada juego.

Ante este panorama tan hostil, cada vez es más habitual ver a jugadores negándose en rotundo a sacar hasta que el público se detiene por completo. Es un rechazo silencioso pero contundente: una auténtica huelga de brazos caídos en medio de la pista central.

El mensaje del vestuario a la organización es claro, unánime y no admite negociaciones. Las estrellas están dispuestas a dejarse la piel para ganar el torneo, pero se niegan a ser los títeres de un show mediático que ha olvidado que esto sigue siendo deporte.