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La estampa rozó lo dramático. Novak Djokovic, exhausto, encorvado sobre la pista y luchando contra su propio cuerpo entre vómitos, náuseas y calambres en su debut en el US Open.

La escena del balcánico encendió de inmediato todas las alarmas en el mundo del tenis. No se trataba solo de una mala tarde de calor; era la confirmación en público de una tortura recurrente.

Sus declaraciones tras el encuentro resonaron con la crudeza de quien atisba un final complicado: el serbio reconoció que este sufrimiento digestivo y el posterior colapso muscular es algo que viene arrastrando "prácticamente en cada partido".

Abierta la vía de la incertidumbre, la duda ya no es únicamente si podrá volver a ganar un torneo de esta magnitud, sino cómo es posible que una máquina física perfecta se desmorone por el estómago.

Para entender qué le ocurre realmente al cuerpo de un deportista de élite cuando la máquina digestiva falla en pleno esfuerzo, EL ESPAÑOL ha hablado con el Doctor Pedro de María Pallarés, gastroenterólogo experto en el aparato digestivo.

Su primera conclusión desmonta la idea de una fragilidad repentina y apunta directamente a la propia supervivencia del organismo bajo estrés extremo: "El intestino es el primer órgano que el cuerpo sacrifica cuando hay que elegir".

Según explica el Dr. De María, cuando un atleta compite al límite, la sangre no aumenta, simplemente se reparte. Y en ese reparto, el tubo digestivo es el gran olvidado.

"En los primeros diez minutos de un esfuerzo intenso, el flujo de sangre que llega al aparato digestivo ya ha caído alrededor de un 20 %. En esfuerzo máximo puede reducirse hasta un 80 %. El intestino se queda, literalmente, sin riego suficiente mientras dura el esfuerzo", detalla el especialista.

La trampa del estómago

Esa falta de riego, sumada a las altísimas temperaturas corporales que se alcanzan en pista, desencadena una espiral inevitable. "El estómago, mal irrigado y con el sistema nervioso del estrés a plena potencia, deja de vaciarse. Lo que el jugador bebe se queda dentro", explica.

Cuando la temperatura interna cruza el umbral crítico de los 39 grados, "la barrera intestinal se abre de forma constante" y la náusea se apodera del deportista.

Existe, sin embargo, un malentendido muy extendido sobre la relación entre las náuseas y el colapso muscular posterior. Popularmente se asume que el acto de vomitar provoca los calambres por una pérdida masiva e inmediata de sales, pero el doctor lo desmiente de forma tajante.

Djokovic, abatido durante su debut en el US Open. REUTERS

"Un vómito expulsa entre 100 y 300 mililitros de contenido del estómago. Comparado con el sudor, lo que se pierde vomitando es una gota en un cubo. El vómito no provoca los calambres. Pero cierra la puerta: a partir de ahí ya no se puede reponer nada", confiesa.

"El vómito y los calambres no son causa y efecto, sino dos síntomas del mismo incendio: calor, falta de riego, deshidratación y fatiga acumulada", añade. La tragedia en pista es que, una vez que el estómago se bloquea, "el jugador ya no puede reponer agua, sales ni azúcar. Y sin eso, la fatiga muscular se acelera".

La prueba que falta

Al buscar explicaciones a estos episodios, la mirada suele dirigirse a la edad del tenista. Sin embargo, la ciencia rechaza la teoría de un aparato digestivo "caducado".

"A los 39 años no hay ninguna base para hablar de un aparato digestivo envejecido. Lo que cambia es la reserva -la capacidad de regar músculo, piel e intestino a la vez- y sobre todo la recuperación entre partidos", señala el gastroenterólogo.

El gran desafío clínico en estos casos es que los diagnósticos tradicionales en clínica suelen dar falsos normales, ya que una persona con síntomas muy reales puede someterse a pruebas convencionales y no reflejar nada.

Djokovic, durante su debut en el US Open. REUTERS

"No es que no tenga nada. Es que su problema solo se manifiesta en unas condiciones que la prueba, hecha tumbado en una camilla, no reproduce. La primera prueba no se hace tumbado en una camilla. Se hace corriendo", insiste el Dr. De María, apostando por llevar al deportista a una cámara climática que replique el esfuerzo real.

Lo que no es admisible desde la perspectiva médica es asumir este sufrimiento como parte del peaje habitual de la élite. "Que un síntoma se repita en todos los partidos no significa que sea normal. Significa que no se ha estudiado bien", advierte el experto, añadiendo que "la imprudencia no está en competir, está en normalizarlo".

Futuro incierto

Afrontar esta pesadilla en mitad de un partido tampoco admite soluciones mágicas. De hecho, el gastroenterólogo alerta sobre prácticas muy extendidas que empeoran el cuadro, como el consumo de analgesia previa.

"Tomar ibuprofeno antes del esfuerzo casi duplica el marcador de daño intestinal. Es exactamente el fármaco equivocado para alguien con la espalda cargada y el estómago sin riego", apunta a EL ESPAÑOL.

A largo plazo, la buena noticia es que el intestino es un órgano noble y "todo esto es reversible; los marcadores de daño vuelven a la normalidad en menos de una hora después de parar", dice. El verdadero peligro es el agotamiento sistémico por no poder alimentarse durante horas de exigencia máxima.

En este punto, la ciencia médica ofrece una respuesta clara a la pregunta que el propio tenista lanzó al aire sobre su viabilidad en la élite. "El techo no lo pone el intestino, lo pone la alimentación. Alguien que no consigue comer ni beber durante cuatro horas de competición no está limitado por una enfermedad digestiva, sino por un balance imposible de sostener", afirma al doctor.

El veredicto final no emite una sentencia de retirada definitiva, pero sí exige una transformación radical. Si el tenista insiste en ignorar las señales de su organismo, "lo que se agota no es el intestino: es el jugador".

Sin embargo, abordando el problema con ciencia y adaptación, hay margen de sobra. Como concluye Pedro De María tras analizar el colapso del campeón: "Un cuadro así no marca el final de una carrera. Marca el final de una forma de competir".