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A sus 39 años, y con la perspectiva que otorga el tiempo tras firmar una de las carreras más legendarias de la historia del deporte, Novak Djokovic no olvida sus raíces ni a quienes cimentaron su éxito.

En una reciente y profunda entrevista concedida al diario italiano Corriere della Sera, el tenista balcánico ha echado la vista atrás para rendir un sentido homenaje a la figura más trascendental de sus inicios: Jelena Gencic.

Para entender la magnitud del fenómeno Djokovic, es imprescindible comprender el contexto de quién fue Gencic. Destacada tenista y entrenadora serbia -quien ya había participado previamente en la formación de talentos de la talla de Monica Seles o Goran Ivanisevic-, fue la auténtica descubridora de 'Nole'.

Ambos se cruzaron por primera vez cuando el jugador tenía apenas seis años en un campamento de verano en la montaña de Kopaonik, al sur de Serbia. Desde aquel instante, ella supo que estaba ante un talento generacional y tomó las riendas de su futuro.

En la entrevista, el serbio rememora aquellos primeros años y el papel fundamental que jugó el apoyo de su familia, quienes no dudaron en confiar ciegamente en la entrenadora: "Jelena falleció en 2013. Era una persona increíble y estuvimos muy unidos. Mis padres me pusieron en sus manos cuando yo era un niño pequeño, sensible y muy moldeable".

Djokovic de niño. REDES SOCIALES

Esa responsabilidad otorgada por la familia Djokovic iba mucho más allá de enseñarle la técnica de la raqueta. "Confiaron en que Jelena me formara como ser humano antes incluso que como tenista. Pasé incontables horas con ella en la pista y en su casa, viendo cintas en blanco y negro de partidos antiguos", detalla el jugador.

El método de Gencic distaba mucho del de una academia deportiva tradicional. Su enfoque se basaba en el desarrollo integral del niño, enseñándole a escuchar música clásica, a leer poesía y a cultivar la mente tanto como el físico.

Esa educación cultural y mental dejó una huella imborrable en el actual campeón: "La influencia de Jelena sobre mí fue enorme. Jelena fue mucho más que una entrenadora: fue mi guía espiritual hacia una forma multidisciplinar y holística de entender la vida que nunca olvidaría".

Todo ese trabajo formativo e invisible dio sus frutos en 2011, cuando Djokovic se coronó por primera vez en Wimbledon. Un triunfo que el serbio quiso compartir físicamente con su mentora, cumpliendo una promesa forjada en la infancia.

"Sin ella yo no sería Novak Djokovic. Por eso ir a verla a su casa de Belgrado con mi primer trofeo de Wimbledon fue uno de los momentos más bonitos y valiosos de toda mi carrera", confiesa.

Hoy, consagrado como uno de los grandes mitos del deporte mundial, Djokovic deja claro que, detrás de sus innumerables récords y títulos, permanece intacto el legado de la mujer que le enseñó a ser un campeón de la vida antes incluso de pisar la pista.