Diego Hartfield había sido mucho más que "un extenista que jugó con Federer": había llegado al puesto 73 del ranking mundial antes de retirarse a los 30 años y reinventarse como agente de Bolsa en su Misiones natal.
Desde la selva misionera, lejos del polvo de ladrillo de Roland Garros, manejaba una cartera de inversiones que rondaba los 20 millones de dólares para alrededor de cien clientes, entre argentinos, uruguayos y estadounidenses.
"Soy agente productor de Bolsa, me dedicaba a abrir cuentas en sociedades de Bolsa y a ayudar a administrar las finanzas a través del mercado de capitales", explicaba, convertido ya en un referente de educación financiera en la región.
Su relación con el dinero había nacido, paradójicamente, de la escasez. Hartfield recordaba una infancia en una familia de clase media "luchadora" en la Argentina de la crisis de 2001, donde el tenis apareció más como una salida laboral que como un sueño romántico.
"No sé si usar la palabra pobreza, pero supe vivir en la escasez. En las malas supe estar y no me pasó nada", contaba, reivindicando esa escuela de resistencia.
Diego Hartfield.
Desde ahí, se animaba a asumir riesgos: "He perdido dinero, he ganado. En los partidos de tenis he perdido guita y he ganado. Entonces, me gustaba mucho el dinero, pero no me volvía loco", decía, marcando una distancia clara con la obsesión por acumular.
Tras dejar el circuito, Hartfield se había volcado de lleno al mercado de capitales, primero como socio de NetFinance y luego trabajando por su cuenta.
El mercado de capitales
Instalado de nuevo en Oberá, definía la zona como "desierta a nivel mercado de capitales y con mucha informalidad", y allí se propuso acercar herramientas de inversión a pymes y familias que nunca habían mirado más allá del banco o del efectivo.
"Tenía unos 20 millones de dólares en cartera para unos cien clientes. Mayoritariamente argentinos, pero abría cuentas también en Uruguay y Estados Unidos", detallaba, orgulloso de haber trasladado la disciplina del tenis al manejo del patrimonio ajeno.
Más que un buscador de pelotazos, se presentaba como un estratega prudente. "El mercado es igual que el deporte, por eso siempre recomendaba empezar con poco e ir viendo", sostenía, convencido de que cada inversor necesitaba una estrategia alineada con su personalidad.
Su trabajo consistía en escuchar primero y decidir después: "Lo primero que hacía era hablar de los riesgos y de los plazos. Había que saber qué quería el cliente y después analizar el día a día", explicaba, al tiempo que impulsaba la apertura de cuentas de inversión sin costo para que más personas se animaran a salir del efectivo y la cuenta corriente.
Una apuesta peligrosa
Con los años, Hartfield había afinado una idea simple pero contundente: el dinero era una herramienta, no un fin. "Me gustaba mucho el dinero, pero no me volvía loco", repetía, incluso cuando su cartera gestionada ya alcanzaba cifras de dos dígitos en millones de dólares.
Quizá por venir "de las malas", como él decía, entendía que el verdadero juego no estaba en presumir de montos, sino en usarlos para construir estabilidad en un país acostumbrado a la volatilidad.
Y en ese tablero, el extenista que un día soñó con ganar puntos ATP había terminado ganando algo más duradero: la confianza de quienes le entregaban sus ahorros para que el dinero, por fin, trabajara por ellos.
