La imagen de Jannik Sinner este sábado, prácticamente inmóvil en la Rod Laver Arena mientras su rival Eliot Spizzirri consolidaba una ventaja de 3-1 en el tercer set, parecía anunciar una de las grandes sorpresas del Open de Australia 2026.
El bicampeón defensor sufría calambres severos en piernas y brazos bajo un sol abrasador que había elevado la temperatura a 36 grados. No podía correr, apenas mantenía la raqueta firme. La eliminación era inminente. Entonces, justo en ese momento crítico, la 'Escala de Estrés por Calor' del torneo alcanzó el nivel 5 y todo cambió.
El protocolo activó automáticamente la suspensión del juego. El techo se cerró durante ocho minutos, seguido de una pausa adicional de diez minutos que transformó las condiciones: de 36 grados con sol directo a aproximadamente 26 grados climatizados.
Sinner, revitalizado, recuperó inmediatamente el break y terminó imponiéndose por 4-6, 6-3, 6-4 y 6-4. "Tuve suerte con la regla del calor y el cierre del techo", admitió sin tapujos el italiano, consciente de que sin esa intervención providencial su torneo habría terminado.
El episodio no es una anécdota aislada, sino el último capítulo de una historia que el Open de Australia lleva escribiendo durante décadas: la batalla imposible contra un enemigo que el cambio climático vuelve cada vez más poderoso.
La tragedia anunciada de 2014
Hace doce años, el torneo australiano vivió su momento más oscuro. En enero de 2014, con temperaturas superiores a 42 grados en pista, el tenista canadiense Frank Dancevic colapsó en pleno partido, perdió el conocimiento durante casi un minuto y, al despertar, vio alucinaciones de Snoopy.
"Es inhumano", declaró tras ser atendido. "Hasta que alguien muera, van a seguir poniendo partidos en este calor". Dancevic no fue el único.
Nueve jugadores abandonaron en primera ronda por problemas relacionados con el calor. Peng Shuai vomitó en pista durante su partido. Las botellas de agua de Caroline Wozniacki se derritieron sobre la superficie. Un recogepelotas se desplomó durante el encuentro entre Milos Raonic y Daniel Gimeno Traver.
Dancevic colapsó durante el Open de Australia de 2014 por el calor extremo
La controversia alcanzó su cenit cuando el árbitro Wayne McKewen se negó a activar el entonces rudimentario protocolo de calor, argumentando que la humedad era "demasiado baja", a pesar de que las temperaturas superaban los 40 grados. Craig Tiley, director del torneo, defendió la decisión.
Andy Murray expresó lo que muchos pensaban: "Solo hace falta que pase una cosa mala. No luce bien para el deporte cuando la gente está colapsando".
Paradójicamente, en 2015 el torneo respondió subiendo los umbrales de activación del protocolo de 35 a 40 grados, generando más indignación.
No fue hasta 2019 cuando implementaron el sistema actual: la 'Escala de Estrés por Calor' de Australia (AO-HSS), que evalúa temperatura del aire, calor radiante del sol, humedad relativa y velocidad del viento para generar una lectura del 1 al 5.
Un protocolo sofisticado pero asimétrico
El sistema actual representa un avance significativo. Al alcanzar el nivel 4, se permite un descanso adicional de 10 minutos entre sets.
Al llegar al 5, se suspende automáticamente el inicio de nuevos partidos en canchas exteriores y se cierran los techos de las tres arenas principales: Rod Laver, Margaret Court y John Cain.
Los partidos en curso continúan hasta completar un número par de juegos o un tie-break, momento en que los jugadores reciben al menos 30 minutos de respiro antes de reanudar bajo condiciones climatizadas.
Jannik Sinner abandonando la pista tras pararse su partido en Australia por el calor extremo
El problema, como evidenció el caso Sinner-Spizzirri, es que aunque las reglas son neutrales en papel, su implementación puede tener efectos profundamente asimétricos.
Spizzirri manejaba el calor significativamente mejor que su rival -admitió sentirse "bastante fresco" y que "podría haber continuado mucho más tiempo"- mientras Sinner estaba al borde del colapso.
El cambio abrupto de condiciones alteró fundamentalmente la dinámica competitiva de un partido que el estadounidense parecía dominar.
Este no es el primer episodio de vulnerabilidad física de Sinner bajo calor extremo. El año pasado en este mismo torneo sufrió calambres severos en cuarta ronda contra Holger Rune, requiriendo atención médica mientras su mano derecha temblaba incontrolablemente.
En Shanghái 2025 se retiró por calambres contra Tallon Griekspoor en condiciones similares. "Este es el deporte, sé que esta es un área donde necesito mejorar", reconoció el italiano tras vencer a Spizzirri, evidenciando que incluso los mejores del mundo tienen límites fisiológicos.
El futuro es más caliente
La inversión de Tennis Australia para combatir el problema ha sido masiva. Melbourne Park es el único Grand Slam con tres canchas techadas, tras inversiones superiores a mil millones de dólares desde los años 90.
La Margaret Court Arena, renovada en 2015 por 366 millones de dólares, presume de tener el techo retráctil más rápido de Australia, capaz de cerrarse en menos de cinco minutos.
El techo de la pista Rod Laver cerrándose ante el calor extremo en el Open de Australia 2026
El torneo ha instalado 46 estaciones de recarga de agua, 56 ventiladores con nebulización y 9.000 metros cuadrados adicionales de áreas sombreadas.
Sensores en cinco ubicaciones del recinto alimentan algoritmos que generan lecturas precisas de la 'Escala de Estrés por Calor'. Cuando se pronostican temperaturas superiores a 35 grados, como ocurrió este sábado, el inicio de las sesiones se adelanta entre 30 y 60 minutos.
Pero toda esta sofisticación tecnológica choca contra una realidad implacable: el cambio climático está convirtiendo el verano australiano en un entorno cada vez más hostil. Melbourne promedia actualmente 11 días de verano por encima de 35 grados.
Las proyecciones científicas indican que para 2050 ese número se habrá duplicado a 22 días. Este verano ya ha registrado 15 días sobre 30 grados, con cuatro superando los 35.
En 2009, durante el torneo, Melbourne sufrió diez de catorce días por encima de 30 grados, con un pico de 45.1 grados. En 2022, la ciudad experimentó 17 días consecutivos sobre 30 grados, récord en 48 años. Las olas de calor son más frecuentes, más largas y más intensas.
Y el Open de Australia está programado para coincidir con el pico del verano austral, anclado al Australia Day del 26 de enero por razones de tradición, asistencia y calendario festivo nacional.
Una paradoja sin solución
El debate sobre trasladar el torneo a febrero o marzo, cuando las temperaturas son entre cinco y ocho grados más frescas, resurge cada vez que se produce un episodio como el de Sinner. Roger Federer y Rafa Nadal lo sugirieron en el pasado.
Aficionados en el Open de Australia 2026 protegiéndose del calor extremo
Pero Tennis Australia lo ha rechazado consistentemente: perdería el vínculo con el día nacional, afectaría el calendario escolar de febrero y colisionaría potencialmente con los Masters 1.000 de Indian Wells y Miami en marzo.
La opción de programar más partidos nocturnos -cuando las temperaturas bajan de 10 a 15 grados- choca con las limitaciones logísticas de organizar más de 250 partidos en dos semanas y las necesidades televisivas globales. Construir más canchas techadas es prohibitivamente caro y alteraría la identidad tradicional del tenis al aire libre.
En esta misma edición, apenas unos días atrás, una joven recogepelotas colapsó durante un partido a temperaturas de solo 28 grados, recordando que la vulnerabilidad no es exclusiva de los jugadores de élite.
El torneo ha reducido los turnos de los recogepelotas de 60 a 45 minutos, con 90 minutos de descanso entre ellos, pero la exposición continúa siendo significativa.
El Open de Australia enfrenta así una paradoja irresoluble entre tres fuerzas contradictorias: preservar su identidad como el Happy Slam de verano vinculado al día nacional, proteger la salud de jugadores y personal de apoyo en condiciones cada vez más extremas, y mantener un espectáculo deportivo de mil millones de dólares que no puede permitirse cancelaciones masivas ni perder su atractivo global.
Por ahora, como demostró el caso Sinner este sábado, el torneo ha optado por gestionar el síntoma mediante protocolos cada vez más sofisticados en vez de curar la enfermedad cambiando la fecha.
Pero con Melbourne proyectando el doble de días extremos para 2050, la pregunta no es si el Open de Australia cambiará, sino cuándo el calor forzará un cambio que la institución se niega a hacer voluntariamente.
Hasta entonces, los jugadores seguirán dependiendo de la suerte del timing, como Jannik Sinner, salvado por ocho minutos de techo cerrado y aire acondicionado que transformaron una derrota inminente en una victoria providencial.
