El deporte ha sufrido una profunda transformación en los últimos meses. Como en muchos sectores laborales, los deportistas se han convertido en unos supervivientes de su nuevo mundo, y en especial aquellos que se han visto obligados a tener que realizar continuos viajes por todo el mundo a merced de una situación que les genera miedo e incertidumbre.

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El es caso de los tenistas, uno de los sectores que más ha sufrido el azote de la pandemia, que más casos positivos ha registrado en el último año y que más dificultades ha vivido para intentar salir adelante, especialmente en su versión más modesta. Sin embargo, la ATP ha capeado como ha podido el temporal para intentar garantizar la sostenibilidad de su mundo, el cual se ha terminado convirtiendo en un trasiego de dinero y depresiones.

El nuevo tenis

Todos o casi todos los tenistas se han puesto de acuerdo en un punto y es que su vida ha cambiado por completo y casi para siempre. Ha sufrido un cambio tan drástico y brusco que han pasado prácticamente de amar su vida y el deporte que llevan practicando desde niños a odiarlo, porque ahora mismo su rutina es de todo menos tenis y disfrute.

Todos están sumidos en una importante carga de estrés extra que no habían experimentado antes, ya que sus giras ya no van solo de perder y ganar, sino que llevan implícita una carga necesaria de supervivencia. Su rutina se basa ahora en la realización de viajes eternos casi en solitario, ya que las expediciones y los equipos se han reducido casi en su mayoría.

Benoit Paire durante la ATP Cup Reuters

En casi todos los torneos, los tenistas tienen que padecer las restricciones del número de personas que pueden viajar con ellos y algunos como Benoit Paire, que ha hecho saltar el tenis por los aires hace unos días, reconocen que incluso ha tenido que prescindir de los servicios de sus asistentes. Si no pueden viajar con ellos constantemente, para qué seguir pagándoles.

En estos viajes se ven obligados a estar pasando diferentes tipos de pruebas para saber si se han contagiado de la Covid-19 casi cada día, especialmente cuando circulan por las burbujas que forman los torneos. Y todo ello, con la obligación de tener que hacer eternas cuarentenas a casi todos los sitios a los que van, tanto para a la ida como a su regreso. Ir a un torneo supone para muchos de ellos tener que pasar una semana, 10 días o 14 encerrado en una habitación sin poder salir más que a un balcón, cuando lo tienen, y perder todo su ritmo de entrenamientos y competición. Antes de jugar un torneo y jugarse dinero, prestigio, puntos y su posición en el ránking, un encierro de varios días que les mata por dentro. No parece esta la situación ideal.

Fantasmas y depresión

Algunos tenistas están teniendo verdaderos problemas para poder sobrellevar esta situación y para poder seguir adelante con sus carreras en momentos complicados. Especialmente, aquellos que necesitan jugar muchos torneos por motivos de ránking o motivos económicos y aquellos que ya están en una fase avanzada y necesitan estímulos potentes para no abandonar después de una vida dedicada al tenis.

Debido a esta nueva situación, muchos han perdido la ilusión por jugar, por entrenar y por prepararse para seguir participando de un circuito que ya no les motiva y que lo viven como si fuera una tortura semanal. Han entrado en una rueda de viajes en solitario, estancias en una habitación, mala preparación y derrotas prematuras de la que solo ven salida mediante la retirada o mediante la ausencia de los torneos.

Monfils, durante el partido con Bautista en Montreal. Jean-Yves Ahern Reuters

Esta triste situación está provocando que algunos empiecen a coquetear con los trastornos y con los bajones anímicos hasta el punto de empezar a ver tras ellos al fantasma de la depresión, y todo por participar de un mundo que les ha robado las ganas y la ilusión y en el que solo ven peligros, dejándose llevar al lado más oscuro del tenis actual. Este es el caso, por ejemplo, de Gael Monfils, un tenista francés que llegó a ser número seis del mundo y que ahora mismo se encuentra en la decimocuarta posición del ránking ATP. Monfils viene de pasar un verdadero tormento en Australia por esta misma situación que están padeciendo otros tenistas con menos nombre, pero que han estallado igual ante una nueva vida que detestan y odian. Lágrimas que no curan.

Muchos no soportan ya el hecho de pasarse el año viajando para vivir encerrados en una habitación, sin poder salir ni tan siquiera a un restaurante o a dar un paseo por las ciudades en las que se encuentran concentrados y todo para no romper las herméticas ‘burbujas’ en las que viven y de las cuales depende su seguridad.

Además, muchos de ellos confiesan que el hecho de jugar sin público tampoco les está ayudando porque es otra forma de perder el contacto humano, de que todo sea más frío y estéril y de que todo esté todavía más mecanizado y deshumanizado. El deporte está viviendo una situación de total desagravio con respecto a otras disciplinas en las que público ya ha hecho acto de presencia. Pocas instituciones valoran las posibilidades que permiten muchos recintos deportivos de ser espaciosos para que los asistentes guarden la distancia y que además permanezcan al aire libre.

La compensación económica

Ha sido la gran bomba que ha destapado Benoit Paire en las últimas horas, la compensación económica que le supone perder en las primeras rondas de torneos ATP250, los cuales le suponen un beneficio muy similar a ganarlo. Sin embargo, el dinero en este punto solo es una consecuencia más dentro de una rueda de beneficios, un punto más que les empuja a perder para seguir viviendo.

Partido entre Novak Djokovic y Daniil Medvedev

La realidad es que los tenistas juegan, primero por dinero, y después por ambición deportiva, especialmente aquellos que no están instalados en la élite más absoluta. Es su sustento económico y dependen de ello para vivir. Sin embargo, el tenis actual, un deporte que mueve millones y millones de euros, está montado de tal forma que casi todos, hasta los que pierden, vive sobradamente bien. Eso implica que ganar ya no tenga un aliciente económico, por lo que muchos se conforman a pesar de la derrota. Así lo confirmaba Paire, que para aquellos que han perdido la ilusión de jugar y de competir porque ya no lo es todo en su vida, el dinero sigue sin ser problema porque cobran bien aún perdiendo.

Sin embargo, al problema del dinero se le añade otro, el de la libertad. La realidad es que en el sistema actual de vida que tienen de viajes solitarios, cuarentenas, entrenamientos carcelarios y vidas en la clandestinidad de una habitación, perder a las primeras de cambio supone una liberación, permite poder salir a ver el mundo con las precauciones básicas de cualquier persona. Es romper la barrera y la coraza que les aísla hasta el próximo torneo. Y, además, les sigue saliendo rentable la derrota para su cuenta corriente.

Paire llevaba al extremo un problema que es real, ganar 10.000 euros por perder el primer día y tener otros seis de libertad, o perder una semana de su vida, encerrado y sin poder hacer nada más que entrenar en solitario y mirar por una ventana para intentar ganar 30.000 euros. Pocos podrían mantener su cabeza fría semana tras semana y escoger la segunda opción. Por ello, muchos eligen la derrota o incluso las lesiones, para bajarse de este tren casi claustrofóbico y tener algo de vida entre torneo y torneo.

Benoit Paire, en Acapulco EFE

Incertidumbre en el tenis

Nadie sabe qué va a deparar la pandemia ni cuantas olas quedan hasta poder superarse. Solo se sabe que las vacunas ya han llegado, aunque no exentas de polémica. En el mundo del tenis saben que el antídoto contra el coronavirus podría ser una medida que les ayudara y mucho a relajar sus vidas, pero de momento la ATP no tiene potestad para acceder a ella. Tampoco han recibido grandes ofrecimientos como ha pasado con otros deportes como MotoGP o la Fórmula 1, que han encontrado en la Liga Árabe su salvación para ir regresando poco a poco a su vida normal.

Muchos tendrán que esperar a las colas del proceso de vacunación de sus respectivos países, aunque otros encontrarán su salvación en los próximos Juegos Olímpicos, donde todos los deportistas que quieran podrán vacunarse para acudir a la cita olímpica de Tokio de este verano. El COI en su gran acuerdo con China va a suministrar vacunas a todos los que se desplacen y los tenistas entrarían en ese gran cupo de vacunados, los cuales irán siendo llamados por sus respectivos comités olímpicos nacionales dependientes de sus gobiernos.

Sin embargo, hasta que eso ocurra, el tenis seguirá sumido en un túnel oscuro y sombrío, difícil de atravesar para muchos, esos que se están dejando llevar por las derrotas bien pagadas para poder escapar cuanto antes de sus encierros y de esos viajes que están poniendo sus nervios y su paciencia al límite. Para algunos puede que sea tarde, especialmente si abandonan su profesión, su condición física y se entregan a los vicios de la mente en lugar de seguir trabajando, aunque sea a distancia, con sus entrenadores, fisios y preparadores físicos. El tenis anhela la vacuna como posible fin a este círculo vicioso que amenaza con la autodestrucción del tenis tal y como se conocía.

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