París (enviado especial)

Rafael Nadal debuta este lunes en el torneo de sus amores rodeado por un puñado de extrañas sensaciones. El español, que se mide a Egor Gerasimov para abrir su camino hacia la decimotercera Copa de los Mosqueteros, tiene un el gigantesco reto de ganar el torneo más importante de su carrera en la era de la covid-19.

¿Hay muchas diferencias? Sí, muchas. Se juega sobre tierra batida, pero eso es casi lo único reconocible: Roland Garros no se parece en nada a Roland Garros.

DE MAYO A SEPTIEMBRE

Hasta hoy, nunca se había visto a los tenistas luciendo calentadores en sus partidos. Después de ser aplazado en sus fechas originales (del 24 mayo al 7 de junio), la organización de Roland Garros movió el Grand Slam a un lugar inédito del calendario (del 27 de septiembre al 11 de octubre) para sobrevivir a lo peor de la pandemia de la covid-19 y poder así celebrar el torneo.

Las consecuencias son evidentes: los jugadores han pasado de jugar con un calor agradable, a las puertas del verano, a hacerlo en unas condiciones extremas: por debajo de los 10 grados de temperatura, con fuertes rachas de viento y muchísima lluvia. Al margen del frío, las condiciones cambian por completo porque la tierra batida se pone pesada y provoca un juego mucho más lento de lo habitual. 

LA BURBUJA

Como en la mayoría de los torneos de la era de la covid-19, la organización de Roland Garros obliga a los jugadores a quedarse en dos hoteles: los primeros 60 de la clasificación se alojan en Pullman Paris Tour Eiffel y el resto en el Novotel Tour Eiffel. Los tenistas pueden ir al torneo con dos acompañantes como máximo (entrenador y fisioterapeuta en la mayoría de los casos) y tienen prohibido moverse por la ciudad, incluso para salir a cenar. 

Además, no pueden entrenar en las instalaciones de Roland Garros salvo el día que juegan, teniendo a su disposición el centro Jean Bouin para practicar. Lógicamente, están en permanente seguimiento vía PCR, jugándose la descalificación en caso de dar positivo.

CAMBIO DE PELOTA

Desde 2011, Roland Garros llevaba apostando por Babolat como pelota oficial del torneo. El pasado mes de noviembre, sin embargo, los organizadores anunciaron que Wilson pasaba a ser la nueva bola de competición para los próximos cinco años (2020-2024). El cambio no es cualquier cosa, es todo un desafío. 

“Es la primera vez que esta marca hace pelotas para Roland Garros y hay mucha cosas que mejorar”, dijo Nadal, claramente perjudicado con la decisión. “El torneo lo revisará después de este año. La salud va por delante: para hombros y codos puede ser peligrosa. Es muy lenta, es difícil moverla y darle efecto. Cuesta mucho ganar puntos. La pelota es una piedra”.

Más allá fue Dan Evans, derrotado en su estreno ante Kei Nishikori. “No le daría las bolas que estamos usando ni a un perro para que las mordiese”, aseguro el británico. 

TECHO EN LA CENTRAL

Después de casi tres años de instalación, la Philippe Chatrier, pista central de Roland Garros, estrena un techo retráctil que ha costado 350 millones de euros para impedir que la lluvia detenga la competición. Fabricado en un taller de Venecia, la cubierta está compuesta por 11 láminas y necesita 15 minutos para cerrarse. La llegada del techo ha provocado también la bienvenida a la luz artificial, que a partir de 2021 cobrará protagonismo cuando se disputen las sesiones nocturnas. 

En 2020, y dado que en esta época del año anochece mucho antes que en junio (a partir de las siete de la tarde), los organizadores han puesto iluminación en otras 11 pistas, además de la central, para permitir que las jornadas no se suspendan por falta de luz.

1.000 ESPECTADORES

Para sorpresa de la mayoría, Roland Garros confirmó el jueves 2 de julio que tendría 20.000 espectadores en sus instalaciones, casi el 60% de su aforo habitual. Esos planes se desbarataron muy pronto: a principios de septiembre, y como consecuencia del repunte de los casos de covid-19 en París, el torneo tuvo que reducir a 11.500 la cifra de aficionados con acceso al torneo. 

No sería el último golpe, ni mucho menos: después de volver a bajar hasta las 5.000 personas por día, el Gobierno francés limitó el pasado jueves a 1.000 ese número, dejando al torneo al borde de la celebración a puerta cerrada. Ese millar por jornada sabe a poquísimo para una cita que reunió a 520.000 aficionados (en total) el año pasado.