Melbourne

Ocurrirá en 2017, pero bien podría ser 1998. Después de una rivalidad prolongada durante dos décadas y 27 partidos, Serena Williams (6-2 y 6-1 a la croata Lucic-Baroni) y Venus Williams (6-7, 6-2 y 6-3 a Coco Vandeweghe) lucharán el próximo sábado por el título de campeona del Abierto de Australia en la novena final de Grand Slam entre ambas (8-2 domina la número dos mundial), 19 años después de jugar por primera vez en este mismo torneo (segunda ronda). Entonces, Google no se había fundado, pero Serena y Venus ya habían inaugurado una serie de enfrentamientos que todavía no se han acabado.

“Sentía que estaba en mis manos forzar esta final de las Williams”, confesó Serena tras su encuentro de semifinales. “Tenía un poco de presión, pero también me encontraba preparada para conseguir la victoria”, siguió la estadounidense. “Nunca perdí la esperanza de que pudiéramos jugar otra final, aunque supongo que es un viejo sentimiento familiar que claramente olvidé”, reconoció la número dos del mundo.

“¿Quieres venganza?”, le preguntó a Venus un periodista después de que la estadounidense llegase a su primera final grande desde Wimbledon 2009, que precisamente perdió con Serena. “Esa es una palabra que nunca utilizo”, respondió la número 17 mundial, antes de aparcar la idea de cambiar sus rutinas de absoluta normalidad para preparar los partidos contra su hermana.

“No creo que hagamos algo demasiado diferente a lo que hemos venido haciendo en estos últimos 20 años. No hay por qué cambiar lo que funciona”, prosiguió. “Sería fantástico ganar el sábado, pero mi hermana no tiene debilidades. Voy a hacer lo que pueda para llevarme el trofeo, aunque no estoy pensando en cómo sería ganar, pienso en lo que tengo que hacer para conseguirlo. Esa es mi mentalidad ahora mismo”.

Serena Williams sirve contra Lucic-Baroni. Edgar Su Reuters

Venus está en una posición complicada. Por una parte, su poderoso gen competitivo le grita que a los 36 años tiene una oportunidad increíble para volver a conquistar un Grand Slam, llegar hasta ocho y hacerlo además en un torneo que no ha ganado nunca (seis títulos en Wimbledon y dos en el Abierto de los Estados Unidos), derrotada a manos de Serena en la única final (2003) que ha jugado en Melbourne. Por la otra, la estadounidense sabe que su hermana está a un sólo grande de romper la legendaria marca de Steffi Graf, con la que empata ahora mismo (22) después de sufrir horrores para igualarla (Wimbledon 2016) en un año de claroscuros.

A Serena, que por números es la favorita (16-11 en el cara a cara), no le vale esta vez con perseguir la victoria fiándose sólo de su destructivo juego de ataque, una constante en sus partidos importantes. La número dos, que recuperará el trono del circuito si gana el título (desplazará a Angelique Kerber), debe lidiar con la presión de medirse a su hermana mayor, por muchas veces que lo haya hecho antes y pese a que la relación entre las dos sea excelente, inmejorable desde cualquier punto de vista.

“Por eso es incómodo”, dijo Serena sobre la final. “Aunque después de todo lo que ha pasado Venus con su enfermedad… No puedo dejar de pensar que es una situación en la que puedo salir ganando o ganando. He estado siempre con ella. Vivimos juntas. Sé por lo que pasó”, siguió la campeona de 22 grandes. “Es la única vez en la que realmente no me importa lo que pase. No puedo perder, ella tampoco puede perder. Va a ser un gran momento, el mejor escenario que podría haber soñado”, insistió. “No necesito ninguna motivación: sólo salir a la pista y jugar”.

Noticias relacionadas