Londres

Todo termina, hasta el ciclo de los jugadores invencibles. Tras disparar 31 saques directos, Sam Querrey celebró con un salto la mayor victoria de su carrera. El estadounidense derrotó 7-6, 6-1, 3-6 y 7-6 a Novak Djokovic en la tercera ronda de Wimbledon, donde el número uno defendía el título de 2015, y despedazó todas las marcas estelares que el serbio había ido tejiendo con paciencia y mucho esfuerzo: Nole no caía tan pronto en un Grand Slam desde Roland Garros 2009 (contra el alemán Kohslchreiber), sumaba 28 grandes seguidos llegando al menos a cuartos de final y había estado presente en las últimas seis finales, ganando las cuatro últimas (30 victorias seguidas). A partir de hoy, empieza un torneo nuevo en el que Andy Murray se frota las manos y Roger Federer sonríe irremediablemente.

“Solo puedo darle la enhorabuena a Sam”, dijo el campeón de 11 grandes tras la derrota, la cuarta de 2016. “Ha jugado un partido fantástico y ha merecido ganar. Su juego fue increíble”, prosiguió el número uno, que no quiso refugiarse en todos los parones por lluvia que sufrió el encuentro. “No es necesario hablar de eso. Es obvio que todas las personas que han venido a vernos jugar también se han sentido frustradas”, insistió. “Perder un Grand Slam duele más que perder en cualquier otro torneo. Estoy decepcionado”.

El partido fue extraño de principio a fin. En algo más de una hora, Querrey ganaba 7-6 y 6-1 y el serbio estaba desquiciado, sin saber muy bien cómo había llegado a esa situación límite. La aparición de lluvia, que obligó a cancelar la jornada a última hora del viernes, le dio a Djokovic un tiempo precioso para pensar y dejó al estadounidense ante una noche difícil de gestionar, como una digestión pesada: no es fácil dormir cuando estás a un set de eliminar al número uno del mundo en Wimbledon.

Sam Querrey celebra su victoria ante el número uno. Reuters

El número 41, un jugador peculiar que se apuntó el año pasado a un programa de televisión (The Millionaire Matchmaker) para buscar pareja, aceptó sorprendentemente bien el marcador, pese a la reacción de su contrario. Como se esperaba, la reanudación del sábado despertó a un Djokovic incisivo y decidido a darle la vuelta al partido. El serbio ganó el tercer parcial volviendo a ser un jugador reconocible y se colocó 5-4 y saque en el cuarto, cerca de empatar el cruce y acelerar hacia la victoria. Atormentado por los demonios que la acompañaron siempre, el número uno malgastó esa ventaja y se encontró jugando un tie-break en el que dilapidó otra brecha (3-1) para despedirse con la mirada perdida y una mano en el hombro izquierdo, que pareció molestarle durante el encuentro, algo que nunca reconoció.

Para Querrey, que ahora buscará el pase a cuartos ante Nicolas Mahut (7-6, 6-4, 3-6 y 6-3 a Pierre-Hugues Herbert), fue una tarde inolvidable. Aunque Djokovic estuvo lejos de ser Djokovic, haciendo aguas al saque y también por la zona del revés, el estadounidense coronó el partido dejando su sello de gigantón (1,98m): salvó con su servicio 14 de las 17 bolas de rotura a las que se enfrentó y conectó 56 golpes ganadores para abrir una herida en el corazón del número uno, que por primera vez desde el Abierto de los Estados Unidos de 2014 no estará en la pelea por el título de un Grand Slam.

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